La montaña y los detalles

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Abandono el vendaval que me arrastra y pongo pie a tierra y la siento firme bajo mis pies y me sonrío. Y aunque no sepa si huyo o persevero (en realidad, eso me importa un bledo), sé muy bien a lo que vengo.

Vengo a reencontrarme con el paso lento del tiempo (Tiempo mineral, meteoro; viejo amigo).

Vengo a desnudarme y a recorrer desnudo los detalles de las cosas, su concisa circunstancia. Pues aquí, en la montaña, hasta el más mínimo detalle cuenta.

Cuenta el vuelo de las aves y la hierba cobriza que mece el viento del otoño.

Cuenta la curvatura de una arista y cada palmo de su laberinto encantado.

Cuentan el color de cada nube y sus contornos.

Cuenta el olor del viento.

Cuenta cada esquirla de silencio.

Vengo porque nada de lo que haga o deje de hacer resulta aquí intrascendente.

Vengo para ver lo que veo y para no ver lo que no veo, ni más ni menos.

Vengo para sentir la sencilla y escueta realidad de las cosas que me rodean.

Para eso vengo.

La historia de mi padre

LaHistoriademiPadrePara adentrarse en este rincón del norte es preciso hacerlo por valles encajonados entre montañas, y para ensanchar la mirada es necesario ascender hasta lo alto de una de ellas, pues aquí, en este rincón del norte, no cabe ni un monte más. Por eso, se convencieron de que la línea defensiva que iban a construir sería inexpugnable: ochenta kilómetros de acero, cemento y hormigón, innumerables trincheras y túneles, una gran obra de ingeniería, el orgullo de todo un pueblo, banderas al viento y todo eso…

A la Compañía de mi padre la destinaron a una apartada sección de aquel cinturón aún en construcción, únicamente cielo sobre sus cabezas y el mar a sus pies. ¿A quién se le podía ocurrir atacar por allí?, se preguntaban mientras la rutina de las guardias, el rancho y las partidas de cartas se instalaba en el lugar. Si no fuera por el dolor de huesos y los piojos…

Pero uno de esos días, al atardecer, aparecieron unos puntitos en el cielo que se fueron haciendo más y más grandes a medida que se acercaban. Eran aviones. Y los aviones descendieron, soltaron sus bombas y sus granizadas de ametralladora y, seguido, remontaron los aires con la gracia de un halcón peregrino y desaparecieron. Así una y otra y otra vez durante dos largos días en los que el dolor de huesos y los picotazos de los piojos pasarían a un segundo plano. La tierra temblaba, el aire temblaba, los hombres temblaban…

Y aquella línea supuestamente inexpugnable, ochenta kilómetros de acero, cemento y hormigón, con sus innumerables trincheras y túneles, el orgullo de todo un pueblo, se desmoronó al segundo día como si de una hilera de fichas de dominó se tratara. Y se dieron las órdenes de retirada. La Compañía de mi padre aún no había llegado al pie de la montaña, cuando sonaron los primeros disparos. Entonces fue la desbandaba. Mi padre tiró el fusil –¿importa saber si lo hizo antes de toparse con los moros o si lo arrojó al suelo al verse encañonado por uno de ellos?–, levantó las manos y se preparó para lo peor. Pero el moro que le encañonaba sería un moro bueno –¿importa saber si también era un buen mahometano?–, pues, en lugar de disparar, condujo a mi padre hasta la carretera: «Aquí, tú», le dijo señalando el grupo de soldados que se iba formando en una de las cunetas.

Mi padre acababa de convertirse en prisionero de guerra.

***

Formando una larga fila carretera adelante, arrastrando los pies y el alma… Así llegaron al campo de prisioneros.

Del campo mi padre recordaba dos cosas. Una era el miedo. Se trataba de un miedo diferente al de las trincheras, menos fiero, menos intenso, pero más íntimo, más suyo y, por lo tanto, inconfesable. Era el miedo a ser señalado y castigado, era el miedo a que las faltas de los demás cayeran sobre su cabeza, era la temible certeza de estar a merced de la fatalidad. Es cierto, en el campo de prisioneros el castigo podía suponer la muerte, pero en esencia se trataba del mismo miedo que conoció en la escuela. Por eso sabía cómo entenderse con él. Desempeñaría su viejo papel y sería ese tipo despistado y retraído que vagaba por el campo sumido en sus pensamientos. De este modo, a ojos de sus compañeros de infortunio, la angustia de su miedo, sordo y profundo, su mansedumbre, serían simples contornos de su vasto mundo interior, ojala ellos dispusieran de semejante refugio, quién pudiera… La segunda cosa que mi padre nunca pudo olvidar d fue el hambre. En aquel lugar, el hambre era la lata de sardinas y el chusco de pan que les repartían para todo el día, era la administración de ese chusco –unos lo devoraban y otros, entre ellos mi padre, le daban un mordisco y guardaban el resto en el bolsillo para ir comiéndolo poco a poco, proporcionándose, de esta manera, la tortura de la desesperante espera–, era la búsqueda obsesiva de cualquier cosa que pudiera servir para aplacar el hambre insaciable. El hambre era el vacío interior y era el todo interior. El hambre era el perpetuo presente, era cada rincón del campo, era cada paso, cada palabra, cada respiración. Todo lo que hacían y decían (aunque nadie hablara allí del hambre) venía dictado por él. El hambre suponía, a la postre, la pérdida de cualquier atisbo de dignidad –curiosa palabra esta de la dignidad cuando el hambre se enrosca en las entrañas y las aprieta con todas sus fuerzas, que son muchas, que son todas–. Miedo y hambre: la argamasa de los días y de las noches, la de sus recuerdos en aquel lugar de pesadilla…

¿Cómo olvidar aquel incidente? ¿Cómo recordarlo sin sentir la dentellada del animal que todos llevamos dentro, el escalofrío de saberse animal? Ocurrió al mes de su llegada –para entonces mi padre ya era aquel tipo reconcentrado y solitario en el que nadie reparaba.

Aquella mañana, el encargado de repartir la lata de sardinas y el chusco de cada día denunció el robo de varias barras de pan y de otras tantas latas de sardinas. Al anochecer, tras el toque de retreta, el suboficial que pasaba revista paseo su miraba por encima de las filas, en silencio, para que el nerviosismo fuera creciendo entre los prisioneros -aquello no pintaba bien: estaba claro que algo había ocurrido y, fuera lo que fuese, ellos pagarían las consecuencias-. Un largo tiempo después, hizo su aparición el capitán del campo. No se anduvo por las ramas y, tras dar a conocer el motivo que le llevaba a dirigirse a ellos, les hizo saber que, en tanto en cuanto no saliera el culpable o los culpables del hurto, allí se quedarían, «hasta el juicio final si es necesario», puntualizó sin modificar el tono neutro de voz que había empleado a lo largo de su breve alocución. La noche cayó sobre el campo y las filas se cubrieron de oscuridad, al tiempo que los murmullos crecían entre ellas. «Ni una puta palabra, no quiero oír ni una puta palabra», tronaba el suboficial exigiendo silencio. Los murmullos se apagaban, pero, al rato, volvían a reavivarse. Y mi padre temblaba en la noche, más por miedo que por frío. Antes de que saliera el sol, el nombre del supuesto culpable ya corría de boca en boca: «Lucio. Ha sido Lucio». Y a pesar de que muchos, entre ellos mi padre, sabían que Lucio era inocente -pues se había pasado todo el día junto a las letrinas por haber comido desperdicios de la basura-, guardaron silencio. Y Lucio fue sacado de las filas y, al rato, se ordenó el rompan filas.

Así se las gasta el miedo. Así se las gasta el hambre. Así se las gasta la memoria (dicen que solo recordamos las condenaciones).

Mientras tanto, la guerra continuaba y los campos de prisioneros no daban más de sí. Había que hacer sitio a los nuevos vencidos y, para ello, se aceleraron los procesos de clasificación. Los presos considerados “desafectos” eran juzgados y aquellos que no habían tenido mando o no habían militado en ningún partido político o agrupación sindical se incorporaban a los batallones de trabajo.

Mi padre fue destinado a un batallón con base en un campo cercano al frente de Teruel.

***

Mi padre cargó con su miedo y con su hambre y puso su vida en manos de Dios (que sería su manera de conjurarse en el afán de sobrevivir). ¿Le alcanzarían las fuerzas, le alcanzaría el valor y la inconsciencia para resistir en aquel mundo de pesadilla? Mi padre rezaba…

Pero resulta que el mundo es un enigma, una caja de sorpresas. A veces es así, en ocasiones ocurre. Más o menos sucedió de esta manera:

La compañía a la que pertenecía mi padre regresaba al campo tras haber realizado diversos trabajos de fortificación en el frente, cuando la noticia empezaba a correr por los barracones: la comandancia del campo requería los servicios de un oficinista que dominara el oficio y los necesitaba de marera urgente; «Absténganse quienes carezcan de capacidades, pues serán enviados a cavar trincheras», rezaba la amenaza que remataba el anuncio. Y como mi padre había cursado estudios de comercio en los Maristas de su pueblo, no dudó en presentarse. La prueba se celebró en uno de los barracones que servían de comedor y se presentaron doce aspirantes -«una docena de lechuguinos», en palabras del cabo furriel encargado de supervisar el traslado e instalación del mobiliario y el material necesarios para la prueba-. En primer lugar, los doce aspirantes, sentados en mesas corridas, realizaron dos dictados. Con el primero se evaluaría la ortografía y la caligrafía de cada candidato y, para ello, el propio comandante leyó con voz de barítono el contenido de un breve oficio al uso: «En contestación a su escrito número 252 de fecha 18 del corriente, le manifiesto que Fernando Ramírez Andel no figura en el fichero de este campo». El segundo de los dictados tenía como finalidad valorar la rapidez de cada escribiente; y aquí fue donde mi padre, ducho en la técnica de la taquigrafía, destacó sobre sus rivales. El tercer y último ejercicio consistía en una prueba de mecanografía en la que se tomarían tiempos y se valoraría la limpieza de los escritos y el número de los errores cometidos. Para realizarla, los aspirantes fueron pasando de uno en uno ante la máquina de escribir para copiar el contenido de una hoja que se encontraba al lado de la máquina -mi padre recordaba perfectamente que lo hizo en cuarto lugar-. Cuando terminó de escribir, el comandante no tenía dudas: había encontrado a su hombre.

Y así fue como mi padre dejó atrás el traqueteo de los cañones y las ametralladoras e ingresó en el selecto y arcano universo de la burocracia militar donde reinaba el de las máquinas de escribir con sus: “Dios guarde a usted muchos años”, y sus: “Años de la Victoria”, y sus: “Por la presente”, y sus: “Excmo. Sr.”, y su larguísimo y altisonante etcétera. Y dio gracias a Dios. Y también a los Hermanos Maristas que le habían educado, regla en mano, en el esfuerzo y el amor al trabajo.

***

La vida en la oficina transcurría entre cartas, oficios, circulares, minutas, acuses de recibo, comunicados varios, autorizaciones, agradecimientos, felicitaciones y memorándums, ocupándole toda la mañana y buena parte de la tarde. Después salía al patio, hablaba con este o con aquel o con ninguno, más tarde se acercaba al comedor a por el plato de sopa aguada y ya, por fin, tras la retreta y el pase de lista, esperaba el toque de silencio para abandonarse al sueño. Así, día tras día. La guerra pasaba a su lado casi sin sentir…

Fue en uno de esos días cuando conoció a Jaime –hasta entonces era una cara anónima, uno de tantos rostros consumidos por el hambre y la fatiga–. Lo encontró sentado en su banco (por estar expuesto a las miradas de la gente, aparte de mi padre, nadie solía ocuparlo). Mi padre lo saludó y se sentó a su lado. Jaime rompió el silencio: «¿Puedo pedirte un favor?», le preguntó sin mirarle. Y como mi padre asentiría o guardaría silencio, continuó: «Si llegara una orden de traslado a mi nombre…, cuando llegue… ¿Podrías avisarme? Me llamo Jaime. Jaime Ruiz Berrocal». Mi padre no vería inconveniente y accedió. Luego, cuando leyó en su ficha que el tal Jaime Ruiz Berrocal figuraba como “desafecto” por haber estado afiliado a la CNT y que le habían incluido en el grupo “C” de los individuos responsables de delitos de traición, rebelión y actos de hostilidad contra las tropas sublevadas, posiblemente se arrepentiría; pero había dado su palabra y no tendría valor para romperla. Eso sí, mi padre calificaba a Jaime como un tipo prudente, pues no volvió a sentarse en el banco y evitó en todo momento cruzar palabra con él.

Por fin llegó a la oficina la orden de traslado a la prisión provincial del recluso Jaime Ruiz Berrocal para ser sometido a juicio, “Dios salve a España y guarde a Vd. muchos años”, finalizaba la misiva. Tal y como había prometido, esa misma tarde mi padre se lo comunicó a Jaime: «Será el próximo lunes, de aquí en cuatro días». Jaime palideció: «Esos hijos de puta me fusilan, seguro. Tengo que escapar», dijo. Mi padre le miró espantado: «¿Te has vuelto loco, o qué? En cuanto te acerques a la alambrada los moros te pegan un tiro». Pero Jaime estaba decidido: «Abandonar el campo no es difícil, con este frío los moros se arrebujan en sus mantas y se hacen los dormidos para no sentirlo, me he estado fijando. No, lo difícil es burlar las patrullas de ahí fuera. En cuanto comprueben mi falta, se lanzaran detrás de mí como perros… Pero debo intentarlo: no puedo quedarme aquí». Si pudiera ayudarle, si estuviera en mi mano, pensaría mi padre… Dice que se le ocurrió en ese mismo instante: eliminaría su nombre de la lista de reclusos, y así, no le echarían en falta durante los recuentos. «¿Cuántos días necesitas para cruzar las líneas y llegar al otro lado?», le preguntó. «Dos días. En dos días cruzo el páramo y ya me han visto».

Y lo hizo. Mi padre retuvo la orden y quitó el nombre de su amigo de la lista. Tres días después puso la orden en el casillero y volvió a incluir el nombre de Jaime en la lista de prisioneros. Esa misma noche se descubría su falta. Pero, cuando salieron en su busca, Jaime ya se habría puesto a salvo.

Dicen que solo recordamos las condenaciones, que la absolución no tiene memoria. Pero no siempre es así.

***

La vida en la oficina continuó hasta el fin de la guerra –mi padre aseguraba que no pegó ni un solo tiro en toda la contienda y a mí no me cuesta ningún esfuerzo creerlo–. Al terminar la guerra, tuvo que repetir el servicio militar –así de cruel se mostró la Victoria, así de miserable– donde volvió a desempeñar su oficio de oficinista. Se licenció y entró a trabajar en el ferrocarril como oficinista –¿de qué si no?–. Luego se casó y nací yo.

Esta es la historia de mi padre. La que jamás me contó.

Mañana me largo

manana-me-largoHace días que no salimos de este lodazal inmundo y créeme si te digo que la flora de mis pies nada tiene que envidiar a la del mejor intestino grueso. Pero se acabó. Mañana mismo cojo uno de esos aviones biplaza y me largo de aquí. Me tientan los desiertos de la tierra. El Sahara sin ir más lejos. Dios, me muero por cruzar el desierto del Sahara y alcanzar la presa de Asuan. ¿Puedes imaginarlo?: sentarte sobre uno de sus enormes aliviaderos con las piernas bien estiradas para que el sol de la justicia divina caliente tus pies. Sueño con el ronroneo del aire acondicionado y con bebidas frías, con sombreros de ala ancha y con la sombra de los parasoles. Sí, no pongas esa cara. Mañana mismo abandono esta trinchera. Alquilaré una jaima, la plantaré al pie de un mar de dunas y saldré todos los días a pasear descalzo sobre la arena incandescente, las partículas doradas rodando entre los dedos de mis pies, su áspera y ardiente caricia, el calor, el fuego, el aire seco y abrasador, litros y litros de té azucarado y caliente corriendo por mis venas… Dios. Me lo imagino y siento como se me eriza el vello de los brazos bajo las mangas mugrientas y húmedas del capote. Me voy. No aguanto ni un día más en esta apestosa trinchera. Embarcaré en uno de esos cruceros que navegan los mares, ya sabes: camarotes espaciosos y luminosos, todos equipadísimos y muy limpios, piscinas, jacuzzis, gimnasios, espectáculos de todo tipo, combinados multicolores a toda pastilla, cenas de gala, pistas de baile, amaneceres dorados y puestas de sol resplandecientes, la suave brisa marina, la hostia en verso… O mejor. Cogeré un avión transatlántico y me plantaré en la Argentina. Una vez allí, echaré a andar entre el polvo y las piedras desnudas, entre arbustos y matas espinosas, siempre hacia el oeste, sin perder el rumbo, a cada paso más y más lejos de la Pampa húmeda, y cuando me encuentre frente a los Andes, los cruzaré en uno de esos aviones que flirtean con las cimas de los nevados. Dios del cielo, ¿te lo imaginas?: el norte grande de Chile, su gran desierto de Atacama, tierra de promisión, sin un puto charco a la vista, siempre en camino, siempre en busca del amor ardiente, recolectando a manos llenas la felicidad cálida y dorada que pende de las ramas de los árboles de secano. Puedes jurarlo. Las balas que silben mañana ya no lo harán para mí. Mañana mismo me largo.

Desertores de todos los ejércitos. Desertores de todas las contiendas.

Desertores de la obediencia ciega y de la única verdad. Desertores de la mentira por montera y del cinismo por montera. Desertores de la superioridad moral y de la relatividad moral. Desertores de cualquier religión. Desertores de cualquier patria.

Desertores por amor. Desertores por vocación. Desertores por cobardía manifiesta. Desertores por hambre, frío o calor. Desertores por tierra, mar y aire. Desertores porque sí y porque no. Desertores por error. Desertores por sistema.

Desertores compulsivos. Desertores ilustrados. Desertores sin estudios. Desertores extraordinarios. Simples desertores…

Yo os celebro y os abro el corazón (Solo quien piensa, deserta).

La huella y la pisada

Esta es mi cuarta novela. Se titula “La huella y la pisada” y es la crónica de un viaje hacia el pasado. Todo comienza con la vuelta de Pablo -un hombre de mediana edad, cínico y descreído- al pueblo que abandonó con trece años para irse a vivir con sus padres a Madrid. Él no lo sabe, pero allí le aguarda, agazapada, la sombra de dos traiciones: la que cometió su bisabuelo contra un amigo durante la guerra civil española y esa otra que, años después, perpetraría su propio padre al dar la espalda al patrimonio familiar para establecerse en la ciudad.

La novela habla, entonces, del pasado. De ese pasado familiar que nos señala y encasilla: es la huella de una culpa heredada, es la voz de los muertos que nos interpelan, es los silencios y las miradas esquivas que nos salen al paso. Y habla también de ese otro pasado íntimo que nos habita: se trata del niño que fuimos y seguimos siendo, es ese pequeño gran tirano que sigue nuestros pasos y nos señala el camino.

Los montañeros sabemos que las huellas que encontramos en la nieve facilitan nuestra ascensión. Pero también sabemos que esas mismas huellas condicionan la ruta a seguir. ¿Nos gusta la ruta? ¿Nos gustaría trazar una propia? Posiblemente podamos hacerlo. Y aunque será más emocionante, también resultará más trabajoso… En cualquier caso, decidamos lo que decidamos, somos responsables de nuestras pisadas -para no “romper” la huella que encontramos tallada en la nieve, para trazar una nueva ruta que resulte adecuada-. Dejar una buena huella a nuestra espalda: esa es la cuestión (que diría el otro).
Y ahora, después de este “interludio montañero”, volvamos a la novela.

En la novela hay lugar para la culpa y la piedad, para la soberbia y la generosidad. Y también para el amor. Además, encontraremos paisaje a raudales (por sus páginas se despliega el maestrazgo turolense, con sus montes y ríos, y sopla el aire y corretean los animales, y podremos sentir el calor, el frío, la lluvia y el viento en nuestro rostro). Y hay una casa que ha cobijado a varias generaciones de hidalgos rurales, la misma que vio nacer a Pablo. Esa casa es, en gran medida, el epicentro de la novela, el vórtice de un pasado que se alza en historias que entran, salen y reaparecen dialogando con los hechos que Pablo irá protagonizando a lo largo del mes de julio de 2017.

«Sucede que Pablo ha hecho sonar la trompeta y ahora el vendaval de sus antepasados sopla en su cabeza. ¿Acaso no nos ves?, ruge el vendaval de sus antepasados: venimos a habitarte, venimos a vivir tu vida contigo, a ser de nuevo en ti».

Puedes hacerte con un ejemplar a través de la página de la editorial “Punto Rojo Libros“.

Ojala te guste.

Memorial

MemorialComo todos los días, Salvador se sienta ante la pantalla del ordenador. Y las noticias comienzan a pasar a la velocidad acostumbrada. Suenan viejas melodías. La mañana inicia su curso a través de sus meandros.

Sin embargo, ese día: lunes, 15 de enero de 2029, la mañana se detiene a las ocho menos dos minutos. Salvador ha clavado sus pupilas en una breve reseña: “El Consorcio europeo para la reconciliación en la Franja anuncia la inmediata inauguración del Centro Memorial en recuerdo a las víctimas de la contienda”. La mente de Salvador se recoge sobre sí misma y da un salto sideral.

Ha saltado hasta marzo de 1998, o puede que fuera abril, Salvador se encuentra en el patio del instituto jugando un partido de baloncesto, José se le acerca en el descanso y aunque apenas han hablado un par de veces le invita a una salida de fin de semana, vamos a sacar fotos y he pensado que a lo mejor te apetece venir, le dice (suele ocurrir así: sus viajes siderales comienzan por el principio y luego continúan a través del espacio temporal donde dormitan los recuerdos). Recuerda fines de semana en la montaña o en el mar: José dispara su cámara digital sobre todo lo que se mueve o permanece quieto, recuerda aquella larga etapa en la que dejaron de verse: él cursa la carrera de Traducción e Interpretación en la capital y José trabaja de fotógrafo para periódicos, revistas y agencias de publicidad, recuerda su vuelta a casa y el rencuentro con su amigo: él llega con un título bajo el brazo, José tiene una cartera repleta de clientes exigentes, recuerda su matrimonio y su posterior divorcio, recuerda los años de intenso trabajo, ahora es todo un referente en el mundo de los audiovisuales, recuerda que José siempre estuvo allí, en la distancia, a su lado, recuerda aquella llamada de teléfono: ¿te has enterado?, le pregunta José, han entrado en la Franja y la Alianza acaba de comunicar su inmediata intervención, me mandan a cubrir el conflicto, Salvador le pide que tenga cuidado, José le dice que siempre lo tiene, ya sabes que a miedoso pocos me ganan, bromea, recuerda que cuatro días después, el 8 de abril de 2018, asesinaron a su amigo… Y entonces (suele ocurrirle) el viaje se adentra en la nada blanca de su mente y finaliza de manera abrupta.

La noticia de la pronta inauguración del Centro Memorial de la Franja continúa en la pantalla del ordenador, Salvador permanece con la mirada clavada en ella. Sin embargo, mira sin ver. Es posible que le ciegue la ira, al fin y al cabo aquellos que han echado y siguen echando paletadas de olvido sobre el asesinato de su amigo son los mismos que ahora anuncian memoriales del recuerdo. O puede que la noticia le haya recordado lo poco que ha hecho él durante todos estos años en favor de la justicia debida y se avergüence por ello. ¿Qué ha hecho él a parte de dar el pésame a la familia? Nada. No ha hecho nada. Ni una sola vez les acompañó en las concentraciones mensuales que durante años realizaron ante la sede de los partidos que han sustentado los sucesivos gobiernos, ni ha estado a su lado en las manifestaciones que reclamaban responsabilidades por el asesinato. Tampoco se ha sumado a la plataforma ciudadana que sigue exigiendo justicia, ni mucho menos ha encabezado una, y mira que hubiera podido… Rabia ciega. Culpa ciega. La mente de Salvador es un puño cerrado sobre sí mismo.

Entonces da un fuerte golpe en la mesa con la palma abierta y se pone en pie. Se acerca a la ventana de la habitación que le sirve de estudio. El sol despunta por detrás de los rascacielos. Y comprende que la muerte de su amigo seguirá ocurriendo una y otra y otra vez.

Vuelve a su mesa, se conecta al servidor de la Agencia de la que es socio y accede al gestor de proyectos. Efectivamente, tal y como ha supuesto han presentado una oferta para hacerse con el servicio de apoyo a la visita del Centro Memorial de la Franja. Despliega el móvil y habla con la directora gerente de la Agencia: prestará su voz para los dispositivos de auto guía, ¿y eso?, pregunta la directora extrañada, razones personales, responde él, antes de colgar pregunta con quién habría que hablar para interesarse por la adjudicación del contrato, yo mismo me encargaré de la gestión, añade. Luego pliega el teléfono, pero vuelve a desplegarlo, entra en la “Plataforma José C” y se da de alta. Mira el reloj. Son las ocho y siete minutos. Quién sabe, a lo mejor se toma el día libre.

***

El autobús se ha detenido en la explanada, frente al edificio. Como hace frío y ha comenzado a llover, nadie parece tener prisa en abandonar sus asientos. Sin embargo, poco a poco van descendiendo del vehículo y cruzan la explanada a buen paso. Al entrar en el edificio resoplan. Dentro hace calor, pero no demasiado. Dejan los abrigos y los paraguas en el guardarropa y se encaminan hacia una de las esquinas del hall donde les aguarda el guía que se encuentra a su cargo. Este reparte las entradas y les indica cómo pueden descargar el plano del recorrido y el audio guía. Todos lo hacen. Muy bien, ahora ya pueden iniciar la visita.

Les recibe una tenue oscuridad remarcada por un haz de luz que desciende de lo alto de la bóveda. Una voz calmada, profunda y expresiva les da la bienvenida a través de los auriculares de sus dispositivos móviles:

Bienvenido al Centro Memorial de la Franja, un edificio diseñado para dialogar con la conciencia y el entendimiento de las personas que nos visitan. Ahora es usted parte del edificio. Acaba usted de penetrar en su propio interior…

El grupo pasa a una sala de paredes curvas que van desde el suelo hasta el techo iluminadas por un espejo de agua que refleja el cielo. Mientras la voz desgrana las distintas circunstancias que rodearon la contienda conocida con el nombre de “Guerra de la Franja” se van desplegando diversos hologramas que ilustran los acontecimientos. Después el grupo abandona la sala por un lateral y continúa por un pasillo iluminado por unos amplios ventanales que se abren a la derecha. La voz surge de nuevo, ha cambiado de registro, se ha vuelto cercana y franca, es la voz con la que nos confesaríamos a un amigo:

Antes de continuar quisiera que se asomara conmigo por los ventanales que tiene a su derecha. Cuidado con el escalón. Eso es, perfecto. Ahora, si la niebla no lo impide, tendremos ante nosotros una buena vista de la ciudad. Mire hacia su izquierda. ¿Ve ese gran espacio al lado de aquellos grandes edificios?  Es el río que cruza la urbe. Pues bien, desde uno de sus puentes, el 8 de abril de 2018, un tanque de la Alianza disparó contra el hotel Capitol. El proyectil impactó en el piso quince, donde se encontraban varios periodistas que cubrían el conflicto. A consecuencia del impacto murió en el acto Yure G., cámara de la agencia Reuters, y resultaron heridos otros cuatro periodistas. Uno de ellos, José C., cámara de televisión, murió horas después en el hospital mientras era operado. Quienes ordenaron disparar sabían lo que hacían. La guerra estaba siendo retransmitida en directo y no convenía que periodistas “neutrales” tomaran imágenes. Es decir, aquel disparo fue lo que vulgarmente conocemos como un “un aviso a navegantes”. Pero fue y es mucho más. Aquella acción constituyó un crimen de guerra. Un crimen que ha sido durante todos estos años silenciado y que aún hoy continúa impune. Ahora usted ya sabe lo que ocurrió aquel 8 de abril de 2018. Era necesario que lo supiera. Pues sin los dos muertos que le hemos confiado (sí, ahora también son suyos) la visita al Memorial sería una pura pantomima. Sigamos…

El grupo entra en una sala circular. Caminan un poco más despacio. Cualquiera diría que llevan dos muertos sobre sus espaldas.

A la memoria de José Couso, asesinado el 8 de abril de 2003 por el disparo de un tanque de EE.UU. contra el hotel Palestine en Bagdad. A fecha de hoy, 12 de noviembre de 2019, el crimen continúa impune.

JoseCouso_Asesinado

Un muchacho somalí

Un muchacho somaliYaya es un muchacho somalí de 17 años. Con 15 años, huérfano de madre y con su padre en un campo de refugiados, abandonó su casa de Mogadisquio para escapar de la guerra. Todo el mundo que abandona su casa escapa de algo, nadie lo hace sin una buena razón.

En compañía de otros tres amigos, Yaya cruzó Etiopia y Sudan. Y llegó a Libia. “Libia muy malo”, dice Yaya. E imitando el sonido de una descarga de metralleta: “tatatata”, añade que  en Libia mataron a uno de sus amigos. Luego te enseña una gran cicatriz en la muñeca: “machete”, dice.

En diciembre de 2018 Yaya subió (embarcar es un término improcedente) a una patera con rumbo a Italia. La patera zozobró en alta mar y fue rescatada por el Open Arms. La Italia de Salvini negó una vez más el desembarco en sus costas y, tras largos días de incertidumbre, recibieron autorización del gobierno español para arribar al puerto de Algeciras.

Yaya es menor de edad. Yaya es un niño de ojos expresivos. Allí donde no llegan sus palabras, llegan sus ojos. Muy dentro.

Como era menor de edad ingresó en un centro de menores en Jerez de la Frontera y, según le entendí, pasó luego a otro centro de menores en Sevilla. Pero llegó el verano. Y Yaya se marchó a París. “Francia no bueno. Muchos negros en la calle”, dice. “Alemania no bueno, mucho somalí en Alemania, no quieren más somalí”, añade. Así que regresó a España.

Yaya entró en contacto con la gente de la red de acogida de Irún (Irungo Harrera Sarea, en euskera), le ayudaron y le llevaron al centro de menores de Amorebieta (Bizkaia). El viernes, una compañera de la red de Irún nos llama y nos pide que salgamos a recibir a Yaya cuando llegue a Bilbao, pues tiene que ir a un centro de menores de Andalucía (las fotos que le sacó la policía, la ficha de ingreso en el centro de menores…, todos sus papeles se encuentran allí).

El domingo a mediodía, Yaya llega en autobús a Bilbao. Le llevamos a Arrigorriaga y después de comer algo y descansar, nos acompaña al gaztetxe donde viven diez personas subsaharianas desde octubre de 2018. Le damos un poco de ropa, un poco de dinero y a las 21 horas Yaya coge el autobús para Sevilla.

Ayer llamó y dijo que estaba en Jerez de la Frontera. “¿Te esperan?, le pregunté. Me respondió que sí. “Todo bien”, me dice. También añade que está sorprendido de que tanta gente ayude a un muchacho somalí y me pide que dé las gracias a todos los amigos. ¡Ay!, Yaya, Yaya…

El rato que estuvo en mi casa antes de continuar viaje hacia Sevilla, Yaya miraba las fotos que cuelgan de las paredes o se apoyan en las estanterías. “¿Foto familia?”, preguntaba. Yo le decía que no: “Foto de monte”, “Foto de amigo”, “Foto de tren”. Sin embargo, todas las fotos eran fotos de familia para Yaya. Al final descubrió las de mis padres y las de los padres de mi mujer. “¿Foto de familia?”. “Sí Yaya, fotos de familia, son nuestros padres”. “¿Dónde padres?”. “Murieron. Eran muy mayores”. “Mi madre muerta también”. No dije nada. No me atreví.

El padre de Yaya espera desde hace años en el campo de refugiados a entrar en un programa de protección internacional para ir a Inglaterra. Yaya confía en que llegue ese día y pueda reunirse con él.

Ahora escucho la canción “Somalia” que cierra el último disco de Lagartija Nick: “Los cielos cabizbajos” (Montgrí, 2019). Habré escuchado este disco más de veinte veces. Me parece un disco estremecedor, bello y necesario, un poema sinfónico que recorre los perfiles de la guerra y la barbarie: Hiroshima, Gernika, Sarajevo, Somalia… Ahora “Somalia” tiene el rostro de YaYa.

La madre enlutada, sus brazos sin piel, los cielos añicos al anochecer. La madre sin hijos a la intemperie, una madre sin más.
El humo extranjero, el aire en Berlín, el mar atrapado en otro trozo de mar, la madre vaciada, la madre desecha en un desierto de horror.
La madre de fuego, la madre de pie, la madre en la tumba puesta del revés.
Esto es Somalia.

Somalia es el grito de todas las penas, con su amarga dignidad. Somalia es la madre ????? por la furia más letal.

Hay un cementerio en cada mujer que tiene un niño muerto rascado en la piel. Hay un cementerio en cada mujer que ?????
Quizá, de repente, la luna en su ardor. Un niño parado en unos pechos en flor. La madre en la sombra, cuchillo de rabia. La muerte ?????

La tierra está descuartizada por el odio de la piel. La tierra gime en carne viva rota de mercurio y sed.
Somalia es la madre ensangrentada que no acierta a comprender que quien te viola ????? no te puede ver morir. La madre es un clamor.

Somalia. Somalia. Somalia. Somalia…

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Jon Sistiaga pone voz al epilogo de la canción. Dice así:

En Somalia decir que uno es un muerto de hambre no es un insulto, es una obviedad. Y quizás repetir que casi un millón de personas está en riesgo inmediato de hambruna, o que tienen la mayor tasa de mortalidad infantil, sean ya una letanía. Aquí la vida no vale nada y se mata por muy poco.

Desde la ventana de mi hotel en Mogadisquio me acuerdo de este viejo poema somalí:

Yo y mi clan contra el mundo.
Yo y mi familia contra el clan.
Yo y  mi hermano contra la familia.
Yo contra mi hermano.
Así es el caos.

Presagio

Presagio

Escena de guerra. Francisco de Goya.

Veo un río de inmundicia corriendo calle abajo.

Veo un flamear de sábanas sobrevolando las callejas del barrio alto.

Veo un vacío gris de niebla entre los tejados.

Veo el olor a leña que esparcen las chimeneas por el cielo encapotado.

Veo el silencio de bronces y engranajes del campanario.

Veo el vuelo aparentemente errático de los pájaros.

Veo las corrientes de viento y su copiosa cosecha de plásticos y papeles, veo la marejada de los charcos, veo una flotilla de papeles y broza a punto de naufragar.

Veo el paso cansino de una vieja; dobla la esquina y se va.

Veo vidrios de botellas estampadas contra el suelo, veo regueros de meadas, veo el salpicón de un vómito incontenible.

Veo una paloma muerta y ya reseca.

Y pienso que estaba dormida (con un ojo abierto y con el otro cerrado), que ya ha despertado.

Y pienso que es una y es todas, que siempre es la misma.

Y digo que huele a mesa de operaciones y a letrina.

Y digo que duele a manos llenas.

Y digo que mata a manos llenas.

Y me acuerdo del poeta: “Veréis llanuras bélicas y páramos de asceta / ¿no fue por estos campos el bíblico jardín?: / son tierras para el águila, un trozo de planeta / por donde cruza errante la sombra de Caín“.

Y me quedo callado.