Día de campaña, 1977

Día de campaña, 1977

Salgo de la sala de juegos cuando los Sweet lanzan sus últimos «yeah, yeah, ballroom blitz». Fuera, la gente se agrupa a ambos lados de la carretera formando fila, igual que en las carreras ciclistas de fiestas de agosto, pero estamos a finales de mayo y no hay ninguna competición en marcha. Dudo si sumarme yo también a una de esas filas, pero acabo sentado en el capó de uno de los coches que se encuentran aparcados al pie de la plaza. Las palomas también han tomado posiciones. Me fijo en una de ellas, está coja y la imagino aficionada a hacer equilibrios sobre la punta de la espada del arcángel que decora la fachada de la iglesia. En esas estoy, cuando sucede.

Al principio es solo un eco que va creciendo: «ya vienen, ya vienen», y quienes aguardan a cada lado de la carretera giran la cabeza al unísono hacia el mismo lugar. Poco después, justo por ahí, asoma un vehículo –pongamos un Citroën 2CV– y, seguido, aparece la caravana al completo engalanada con pancartas y banderas de la patria vieja. Los altavoces que un Land Rover lleva en el techo escupen una música estridente: «hay que buscar la verdadera libertad, hay que encontrar la fuerza para caminar, hay que luchar por la única España de pueblos que se unieron al andar». La gente prorrumpe en silbidos e improperios: «fachas, cabrones, asesinos, hijos de puta». Las filas se agitan, amenazadoras. Entonces, un hombre desciende de uno de los coches de la caravana, eleva ambos brazos hacia el cielo, las manos juntas. Suenan dos o tres disparos. Desbandada general. Al rato se observa cierto reagrupamiento. «Las escopetas. Vayamos a por las escopetas», oigo gritar.

No sé, supongo que me habría gustado ser una de esas palomas que levantaron el vuelo con los estampidos de los disparos. Pero solo pude llorar.

Así lo recuerdo. Sucedió más o menos así.

La montaña y sus caminos (2)

La montaña y sus caminos (2)

De todos los caminos…

El que remonta la espalda de la montaña en suaves revueltas brindando la posibilidad de dejar volar la imaginación.

El que serpentea entre las rocas, los árboles y las profundas hoyas ofreciendo el deleite de su juego de luces y sombras.

El que permanece oculto entre esas mismas rocas, árboles y hoyas reservando el sortilegio de las revelaciones a quienes gusten de ellas.

El que apunta hacia sus altos y fieros escarpes para añadir, a cada paso, mayor inquietud e impaciencia a nuestro afán de escalada (luego, cuando el camino se diluya a los pies de los primeros farallones, nos habrá dejado a solas con nosotros mismos).

El que no tiene ni tuvo sentido ni destino y que, por ello, no es y nunca ha sido.

…de todos ellos, hoy escogeré este último: el camino inexistente. Pues, al tomarlo, tendrá el significado que yo le otorgue. Para desaparecer a mi espalda. Sencillamente.

Impasible el ademán

Impasible el ademanEl Teniente General en la reserva, digno continuador de una larga saga de hidalgos, héroe de la Patria y reputado estratega, está recostado a la sombra de una acacia con el sol en lo más alto y toda la tarde por delante, leyendo un libro que apoya en su voluminoso abdomen, los brazos en los costados, seguro de sus méritos y galardones, Gran Cruz con distintivo rojo y Gran Cruz con distintivo blanco, Cruz de Honor, incontables Medallas al Mérito militar, Medalla de las Naciones Unidas, Medalla de la OTAN, muchísimas Bandas, numerosísimas Encomiendas, presidente emérito de Patronatos y museos, le pica un huevo y se lo rasca con la mano derecha, reputado articulista, autor de numerosos escritos militares y de un par de libros, setenta y siete años de vida, uno setenta de estatura, ochenta y dos kilos de peso, ancho de espaldas y de caderas, de aspecto rebolludo y, sin embargo, gallardo, resoplando en el calor de la tarde bajo el lento viaje del sol por el cielo azul e inmenso, le sigue picando un huevo y se lo rasca de nuevo, daría cualquier cosa por una jarra de cerveza, pero ya no bebe, tiene la tensión por las nubes y el corazón no marcha como debiera, tiene tanta sed que se bebería la piscina que centellea a unos veinte metros de donde se encuentra reclinado, «que sede, ¿verdad hijo?», leyendo “Los pilares de la tierra”, si bien hace tiempo que ha perdido el hilo de la historia, le aturden tantos amoríos y conspiraciones, además le duele el brazo derecho de sostener el peso del libro y le escuecen los ojos a causa de las gotas de sudor que se multiplican en su frente y le resbalan por el rostro, el sol continúa ahí arriba, de haberse movido habrá sido apenas nada, las ensoñaciones le embargan: siempre le gustó escuchar la radio, siempre la llevó consigo en todas las misiones y en todas las campañas, bajo su almohada siempre, pero hace tiempo que perdió el oído, a decir verdad, lo único que lee con gusto son los periódicos de la mañana, dos y hasta tres periódicos, las mañanas pasan rápido, el desayuno, la lectura de los periódicos, el ir y venir del servicio por la casa, la correspondencia, el aroma de la comida, se le hace la boca agua.., en cambio las tardes se abisman y transcurren eternas, como ésta, la casa a su espalda, la piscina enfrente, la acacia a su lado, los setos que separan su propiedad de las propiedades adyacentes, insigne teniente general en la reserva, leyendo un libro indescifrable recostado en su tumbona frente a la piscina del jardín de su casa de campo.

El jardín luce lustroso y bien equilibrado, la envidia de toda la urbanización. Y lo suyo les cuesta, disponer de un jardinero titulado y ducho en preparar, abonar, plantar, recortar, podar, regar, limpiar, arreglar, conservar y mil cosas más. El resultado salta a la vista: el césped verde y mullido, los setos recortados y verdes, el esplendor verde de los árboles, sobre todo el esplendoroso verdor del limonero, y los parterres de flores malvas y blancas, y los juegos de sombras del madroño, las grandes rocas simulando islas en el centro del pequeño y coqueto estanque, el camino de graba que serpentea entre la casa y la piscina… Todo armoniza y, sin embargo, el Teniente General solo atiende al paso lento del tiempo, al paso de cada segundo, les ve venir y les ve alejarse, vacíos y perezosos. Si al menos soplara la brisa y moviera las hojas de los árboles… Tanta quietud. Este silencio. Es posible que venga esta misma tarde. O tal vez lo haga mañana, o uno de estos días. ¿Y si no viniera nunca? ¿Y si fuera inmortal? Pero vendrá. Si hay algo seguro es que acabará viniendo.

La montaña y su sentido

La montaña y su sentidoEran dos: el poli bueno y el poli malo; simple rutina de agencia de selección de personal. Por mi parte, me jugaba una beca en un centro de investigación de la capital, una de esas oportunidades que se presentan pocas veces en la vida y que no hay que dejar pasar. Estaba nervioso, asustado. El poli bueno se interesaba por las cuestiones personales, hablaba suave y de manera amable; supuse que sería psicólogo. En cambio, el poli malo se dedicaba a hurgar en los recovecos de mi expediente académico, en mis intereses profesionales, en lo que él llamó mi proyecto profesional. Brusco, autoritario; me recordó al brigada del cuartel en el que cumplía el servicio militar (había solicitado un permiso para acudir a la entrevista); y claro, le odié.

Las preguntas se iban sucediendo una tras otra -las del psicólogo, mecidas en suave conversación; las del experto, directas y descarnadas, como un punzón capaz de reventar cualquier secreto-. Y hacia el final de la entrevista, el poli malo, saliéndose del ámbito puramente profesional en el que se había mantenido hasta entonces, retomó el tema de la montaña.

    —  ¿Y dices que te gusta la montaña?

    —  Sí, así es.

    —  ¿Y por qué crees que te gusta tanto?

    —  Pues porque cuando tengo hambre como y cuando tengo sed bebo – Tal vez mi respuesta le resultara cortante, pero estaba siendo sincero, solamente eso. En cualquier caso, al poli malo no debido gustarle y empuñó su punzón-.

    —  Y en el mundo del trabajo, ¿crees que las cosas funcionan así? -Creí comprender que se refería a si pensaba que las cosas suceden con naturalidad, es decir, cada cual contribuye, ayuda y se deja ayudar; cosas de este tipo. Pero claro, ¿cómo iba yo a saberlo?-.

   —  No lo sé, nunca he trabajado -El argumento le desarmó. Y no debió gustarle que un mocoso imberbe le dejará en evidencia-.

    —  ¿Y no será que vas a la montaña para evadirte de la realidad? -me soltó con una punta de rabia en la voz-.

Estoy convencido de que no contesté a su pregunta; al fin y al cabo, por aquel entonces desconocía la respuesta. Incluso luego, a lo largo de los años, mientras el tiempo iba desvelando el proyecto de mi vida, yo mismo me la hice repetidas veces. «¿Qué le pides a la montaña? ¿No será que buscas su protección?». Siempre he odiado esta pregunta. La juzgaba pertinente y por eso la odiaba tanto.

Pero ya no. Ahora sé que la montaña como refugio es solo una idea. Una venda que cubre los ojos. Una sombra sin sentido.

Mi montaña se alza fuera de mí, es real. Real cada una de sus piedras, cada arroyo que desciende por sus laderas, cada árbol de sus bosques, cada cabaña. Real es el frío, la lluvia, el calor, la sed, el hambre, el viento… Beber cuando se tiene sed. Comer cuando se tiene hambre. Creo que siempre lo supe.

La caja

La caja

Imagen obtenida del Confidencial.com

Después de comer le gusta quedarse dormida con un libro entre las manos, lo hace siempre que puede. Y como hoy es domingo, esos dos golpes, rápidos y secos, la cogen dormitando, de manera que necesitará un tiempo para comprender que han llamado a la puerta y que deberá ir a abrir. «Quién será», piensa de forma maquinal mientras se compone la ropa y el pelo.

En el descansillo no ve a nadie. Y justo cuando está a punto de cerrar la puerta, baja los ojos y descubre una caja en el felpudo. La reconoce al instante. Y el corazón se le sube a la garganta, la asfixia, pero unos segundos después regresa al pecho y ahí se queda, botando como una pelota. No puede creerlo: tantos meses rogando y rogando, y por fin, cuando ya había perdido toda esperanza, él accede y le concede la libertad. Está a sus pies, tan solo ha de recogerla. Las lágrimas desbordan sus ojos al inclinarse y resbalan por su rostro. Son lágrimas de alivio, de pura felicidad.

 

Ha pedido un gin-tonic corto de ginebra y se ha sentado en una de las mesas con vistas a la calle. Pensativo, va dando pequeños tientos al gin-tonic. Tanto tiempo suplicando que le entregue la prueba que la exculparía…. Seguro que al ver la caja se ha puesto a llorar como una boba, y es que la conozco como si la hubiera parido. Desde luego, si cree que va a poder librarse de mí es que es más tonta de lo que yo creía, concluye.

Y entonces la imagina en la cocina. Lleva la llave colgada del cuello con un cordón de cuero negro, abre el candado con manos trémulas, dentro de la caja encuentra el sobre, saca el papel y, con solo abrirlo, ya sabe que no es lo que esperaba encontrar y comienza a hipar de puro miedo. E imagina su miedo y le brillan los ojos y sus labios esbozan una sonrisa aviesa. Pues ha destruido la prueba y, en su lugar, ha puesto una retahíla de amenazas que está dispuesto a cumplir una tras otra, sin ahorrarse ninguna.

Por favor, póngame otro gin-tonic corto de ginebra, dice levantando la mano para atraer la atención del camarero. Y se vuelve hacia la calle. La vista clavada en el portal de la casa de su exmujer.

La montaña y la felicidad (2)

La montaña y la felicidadLa salida de la fábrica de acero, su gran poder, toda la fuerza. La escena de la boda, excesiva, profunda. La salvaje belleza de las montañas y el crudo ritual de la caza: un disparo solamente, dos es ya una chapuza. El horror de la guerra, el azar de la muerte (la ruleta rusa), la espantosa espera. El regreso a casa, el desarraigo ante la marcha del mundo, la pura supervivencia… La historia de Michael, Nick y Steven me había dejado clavado en la butaca, casi sin respiración. El accidente tuvo lugar al día siguiente, a eso de las once de la mañana. Sigue leyendo

Una mañana en la oficina

Una mañana en la oficinaUna mañana en la oficina. El sol entra por las ventanas y va apagando, una tras otra, las lámparas de la iluminación inteligente del edificio, como las velas de una tarta de cumpleaños. Un rayo de ese mismo sol refleja en la pantalla del ordenador y le deslumbra sacándole de su ensimismamiento. Piensa que se hace tarde, y como en lo que va de mañana no es la primera vez que lo ha pensado, decide calmar su ansiedad con un rato de cháchara. En la máquina de café charla sobre aviones, del miedo a volar, de la muda que siempre hay que llevar en el equipaje de mano, ya sabes, por lo que pueda pasar. Ofrece, desde su experiencia, un par de opiniones sobre el impacto que tendrán las nuevas tecnologías en los procesos de creación de la opinión pública (la escena se desarrolla en la cúspide de la burbuja.com y ningún gurú ha sido aún capaz de anticipar la dimensión que alcanzarán las redes sociales en el futuro inmediato). De futbol no habla, no le interesa, le aburre una barbaridad. Masculla una despedida y regresa a su despacho. La pantalla del ordenador es un puro incendio, así que baja las persianas. Ya no es tarde, ahora es tardísimo, esa dimensión administrativa en la que solo los más veteranos y avezados de la casa logran desenvolverse con ciertas garantías de éxito. Por eso, antes de volver al ordenador realiza varios estiramientos de cuello y un par de respiraciones profundas. Ya está ante el teclado, aunque aún ha de reprimir unas repentinas ganas de orinar. «Vale ya», se dice, y abre el documento en el que viene trabajando, se trata de una tabla con cinco columnas: una titulada “fecha”, la segunda “nombre”, la tercera “profesión y cargo”, la cuarta “localidad y lugar” y la quinta “observaciones”. Revisa el contenido de la tabla con detenimiento, el rango de fechas (la primera corresponde al 24 de noviembre de 1975, la última es la del domingo anterior, 4 de junio de 2000), coteja los datos que incorporó ayer a última hora con la información que figura en una libreta que ha sacado del bolsillo interior de la chaqueta; se le ve dudar, traspira, modifica una fecha, añade un par de observaciones en la columna correspondiente, se lleva las manos a la cara, vuelve a la libreta… Por fin, da un respingo e imprime el documento.

El asesor de prensa sostiene entre sus manos un listado con 747 personas asesinadas.