La flor

La florDicen que al perder la cabeza quiso repartir su riqueza entre los desheredados de la ciudad, y claro, para que no pudiera liquidar las inversiones y vaciar sus cuentas tuvieron que incapacitarlo. Dicen que el artista pasó los últimos meses de vida en su taller y que solo lo abandonaba a la caída de la tarde para dar un paseo diario. Aseguran que sería entonces cuando realizó la serie de “las flores”, esa colección hasta hoy desconocida que dibujó en pequeños trozos de papel convenientemente firmados. Sospechan que aprovecharía sus paseos para repartir los dibujos entre las persona que a esas horas suelen poblar los bancos de los parques para apurar su melancolía en soledad; eso es al menos lo que cabe deducir de las declaraciones que vienen realizando dichas personas: se acercaba sonriendo, nos tendía el dibujo y luego se iba sin haber dicho ni media palabra. Dicen que se han pagado más de diez mil euros por uno de esos dibujos y que, a medida que vayan saliendo a la luz, su precio irá en aumento. No obstante, ¿quién puede estimar el valor que alcanzará el próximo ejemplar sin saber si aún quedan veinte, diez o ninguno por salir a la venta? De manera que la cotización de la última creación del artista, la de su obra póstuma, se ha convertido en la comidilla entre marchantes, corredores y consultores de arte. Incluso hay quien ha llegado a sugerir, medio en broma y medio en serio, que la serie de las “flores” bien podría formar parte de algún producto derivado, esos instrumentos financieros cuyo valor depende de la evolución de los precios de otro activo.

Mi flor, un clavel rojo, de tallo verde y muy largo, evoca una bailarina estilizada con los brazos en jarras o una mantis religiosa encrestada. Recuerdo aquella tarde. Hacía calor y yo intentaba, sin conseguirlo, seguir las andanzas de Martin, el protagonista de Sobre Héroes y Tumbas. Y sí, sucedió tal y como lo vienen contando. El viejo se acercó y me tendió un pedazo de papel que al principio rehusé, pues supuse que se trataba de una de esas tretas que ciertos pedigüeños utilizan para obtener algún dinero. Él insistió. Toma, me dijo, es para ti. Cuando por fin cogí la hoja, el viejo me lanzó una sonrisa cansada, se giró y desapareció. El dibujo me gustó al instante, y como ya por entonces tenía la costumbre de utilizar marcadores para los libros que yo llamo “referenciales” (un billete de autobús, una entrada de cine, la cita del dentista, etc.), guardé la hoja entre las páginas del libro que estaba leyendo. Y en él continúa, en concreto entre la página 232 y la 233 de la edición de bolsillo, febrero 1984, de Seix Barral, allí donde se sostiene que el hombre, por suerte, no es un ser razonable y que por eso la esperanza renace una y otra vez en medio de las calamidades. La hojita con la flor ha amarilleado junto a las páginas del libro. Y salvo imponderables, así valga menos de cien o más de cien mil, en ellas continuará.

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La montaña y la espera

La montaña y la espera

Por fin me decido, abandono el saco y salgo de la tienda. Fuera, el frío traspasa la ropa y se pega a la piel como un lodo gélido y seco. Y bajo la mirada y sobresaliendo del doble techo de la tienda advierto la cascara del plátano que comí antes de dormir; la recojo y se me quiebra entre los dedos como una rama seca, tanto frío hace.

Los primeros rayos iluminan ya las crestas más altas y han comenzado a resbalar por los ventisqueros que se precipitan montaña abajo. Llevo un buen rato observando el lento progreso del sol por esas canales heladas, sin perderme ni un solo instante de ese avance. Lo cierto es que me tiene hechizado.

De pronto, la luz explosiona sobre las paredes de la montaña. Y sus crestas, las salidas de los corredores y chimeneas, las cúspides de los más altos espolones son un puro incendio ahora. Tanta intensidad, esta súbita explosión…; diríase que la luz irradia del interior de la propia montaña y no del sol que sin duda habrá ya superado los picos que se alzan a mi espalda. Y me giro, y los rayos del sol me deslumbran.

Me vuelvo y busco la línea de luz que venía siguiendo. Ahí va, montaña abajo. Pronto alcanzará la morrena y, cuando lo haga, continuará su descenso de peña en peña, como una cabra montesa. Definitivamente, estoy fascinado. Y también aterido por este frío glacial que no hace sino acentuarse en contraste con la promesa que se aproxima, lenta e imparable.

E imagino el roce del sol sobre la montaña. A su paso, los líquenes que cubren las rocas se van liberando del hielo que los aprisiona, y los tallos de las plantas repuntan hacia la luz y se enderezan, y los hilillos de agua comienzan a entonar su canción matutina, y hasta las marmotas asoman sus hocicos para olisquear el aire que habrá comenzado a caldear. La vida renace y se despereza.

Junto a la tienda. De cara a la montaña. A cada segundo. El sol renueva su promesa de vida y calor y la vuelve más y más deseable.

Es tan dulce la espera que por nada del mundo la acortaría.

Mes de vida

Mes de vidaEl aire tenía la viscosidad de los aceites pesados y las cosas la densidad de los meteoritos, y claro, el tiempo se estancaba y uno podía encontrárselo recogido sobre sí mismo, abismado en cualquier esquina de la casa. De manera que todo era tedio y pesadez del tiempo, instantes que se alargaban y se alargaban como despedidas interminables: una mano que se extiende para coger el periódico que reposa en la mesa baja del salón, un pensamiento que no termina de alumbrar, el transcurrir de las sombras tras los cristales, la hora de la merienda que se demora, el tictac del reloj. Sin embargo, un día al mes, desde hace meses –los primeros martes de cada mes, un jueves alguna vez–, el tiempo se vuelve aire y vela, mar y barco, y las cosas suceden a una velocidad desacostumbrada. Sigue leyendo

La montaña desconocida

La montaña desconocida

Foto obtenida del blog “Al filo de lo impresentable”

Habla en un idioma que desconozco. Pongamos que dice árbol, que dice siesta, que dice suelo, escafandra o invernadero. Aunque no las entiendo, las palabras me buscan la intención, tiran de mí, me interpelan. Pongamos que dice camino… Sí, eso dice. De mil formas diferentes está diciendo camino. Y yo me abro a ese camino y dejo que me penetre, que venga a mí y me colme con todo su polvo y sus recuerdos. Cierro los ojos y, por un instante, me reconozco. Soy quien fui. Estoy de vuelta en casa.

Así ocurre con las montañas que jamás conoceré. No puedes imaginar como las añoro.

Ni loco doblo yo esa esquina

Ni loco doblo yo esa esquina

Ni loco doblo yo esa esquina. Ni por cien euros, ni por mil tampoco. Pues he oído decir que andas trazando escenas bélicas y

A lo peor me encuentro con un hombre inclinado sobre sí mismo, despanzurrado,

O ante una columna de humo ascendiendo hacia el cielo desde un autobús de línea que cualquiera hubiera podido tomar,

O frente a un niño que llora su desamparo ante una multitud apresurada y ciega,

O junto a las vías del tren convertidas de nuevo en la más pura imagen de la ignominia,

O en una de esas marchas del odio hacia el otro que tanto calor y amor comunitario proporciona a quienes participan en ellas,

O en una plaza de Milán aguardando impaciente a que cuelguen por los pies los cadáveres de Benito Mussolini, Clara Petacci, Bombacci, Pavolini y Starace,

O al lado de Barack Obama y Hillary Clinton contemplando en una pantalla HD de ultimísima generación la operación que terminará con Osama Bin Laden,

O en una de esas playas del Mediterráneo que la marea va sembrando de cadáveres, a uno y otro lado de la frontera,

O…

Ya digo. Ni loco doblo yo esa esquina

La montaña y lo efímero

La montaña y lo efimero

Los ciclos de las estaciones sobre los árboles. Las distintas texturas del musgo que recubre las piedras en lo profundo del bosque. Las delicadas obras de las incansables arañas. La muerte diaria de las flores y su diaria resurrección.

Los caminos hasta entonces inexistentes y el fugaz rastro que dejamos al pasar. El efímero y decisivo sentido que una mano le confiere a una grieta. Cada una de las piedras del camino. El caudal de los torrentes en los días del verano.

Las mutaciones de las nubes. La veleta del viento. La azarosa caída de la nieve y su mudable disposición sobre las cosas. Las distintas fases de la luna.

El vertiginoso vuelo de las aves y su inmóvil planear. La vigilancia de las marmotas y su veloz retirada. La insondable mirada de una vaca.

El reflejo del lado oculto de la montaña en los ibones de ese mismo lado.

El principio y el fin de la jornada.

Hablo de la quietud y del lento paso del tiempo. Hablo de las cosas en permanente transformación.

Detrás de las líneas

Detrás de las líneas

Foto obtenida del blog “Calseca: territorio pasiego”

En la aldea se decía que no iban a venir, «para qué, si esto es todo monte». Sin embargo, aparecieron hace tres días, los mismos que mi amiga y yo llevamos escondidas en esta covacha. Y es que se han oído tantas cosas malas de esa gente… Pero mi madre y la madre de mi amiga nos tranquilizan. Ocurre que se han quedado aislados detrás de las líneas enemigas y solo quieren descansar y luego pasar al otro lado, a través de las montañas. Así que no hay porque preocuparse. Sigue leyendo