Viaje en el tren de la Robla

La Robla. Si vieras con los ojosEsta es la crónica de un viaje en tren entre Bilbao y León que realicé en marzo de 2008 siguiendo el trazado que antaño recorriera el ferrocarril hullero de la Robla. Pero antes de comenzar, os proporcionaré algunos datos. Veamos.

Soy hijo de ferroviario –mi padre trabajó en la Robla desde 1944 hasta su jubilación, ya en la FEVE–, mi suegro fue maquinista de la RENFE y mi hijo jefe de estación –desde que pudo ponerse puso en pie y hasta que el maldito uso de razón barriera su inocencia, yo fui su ayudante, y puedo aseguraros que dimos la salida a cientos de trenes–. Te diré, además, que el paso de estos mismos trenes sirve de banda sonora a mis días y a mis noches –pues vivo junto a las vías y los telediarios son, en ocasiones, un puro sobresalto–. Por último, añadiré que por aquel entonces estaba escribiendo una novela–“Si viéramos con los ojos” se titula–, una de cuyas tramas transcurre durante la construcción, allá por 1891, del tramo de vía del ferrocarril de la Robla que va de Balmaseda a Espinosa de los Monteros. El viaje en tren formaba parte, entonces, del proceso de creación que estaba viviendo–. Esto es todo. Ahora ya puedo exclamar: ¡viajeros, al tren!

***

Tras varias jornadas de nieve, ha surgido un día radiante, lo cual contribuye a que nos dirijamos a la estación con el mejor de los ánimos –me acompaña mi hijo; tiene ya catorce años y, por supuesto, no ha querido perderse el viaje–. Compramos los billetes y nos acomodamos en nuestros asientos –si se cumple con el horario previsto, saldremos de Bilbao a las dos y media y llegaremos a León a eso de las diez de la noche–. Efectivamente, poco después, el tren se pone en marcha. Cruzamos el túnel de Amezola y la trinchera de Irala, dejamos atrás la estación de Basurto y la de Zorroza. Luego, embocamos el valle del Cadagua y, al rato, recortado contra el cielo azul, asoma totalmente blanco el Ganekogorta y luego el Galarraga también nevado. Entonces caigo en la cuenta de que llevamos un buen rato con el rostro pegado a los cristales y me digo que vamos a disfrutar del viaje. Sin embargo, cuando el tren sale de Balmaseda para adentrarse en el valle de Mena, pienso que el término disfrutar resulta demasiado tibio.

«Digamos que el camino se interna en el valle dejando a ambos lados vericuetos y bifurcaciones, son los meandros del valle menés. Digamos que el camino los ignora para continuar hacia poniente por un mar verde y blanco y resplandeciente».

Poco después, el tren se aparta del eje del valle y se pega a la peña para describir la portentosa curva ascendente que le permitirá encaramarse al puerto del Cabrio –precisamente, la novela habla de la construcción de este tramo de vía–. Y el paisaje despliega sus credenciales y las coloca delante de mis narices: seré tu protagonista, me dice.

«Mira las montañas del norte, sisea la culebra al oído de Marc, míralas cabalgar por todo lo ancho del cielo con sus mantos blancos al viento. Ahora gírate y contempla la peña alzarse por encima de tu cabeza;  ¿verdad que es hermosa?».

Al llegar a Berceo, me vuelvo hacia las montañas pasiegas –la vida en sus cabañas es otra de las tramas de mi novela– y doy con el Castro Valnera, airoso y geométrico, como un Nanga Parbat en miniatura. Y me dejo llevar…

Y el tren, por Sotoscueba, es el transiberiano. Y por Arija, es un barco que navega las aguas plateadas y heladas del pantano –en ellas se reflejan los montes Carabeos incendiados por el sol–. Más tarde, deja de ser barco y es, de nuevo, el transiberiano. Profundas trincheras de nieve. Oscuros túneles de cuyas bocas cuelgan enormes carámbanos de hielo –estremece el ruido del hielo al quebrarse ante el empuje de la máquina–… Cuando alcanzamos los páramos helados de la meseta, soy ya el doctor Zhivago y voy camino de Barikino.

Y el tren por Sotoscueba es el transiberiano recorriendo las estepas; a su espalda, la misma soledad blanca y helada que tiene ante sí.

Y por el pantano de Arija es un barco navegando sus aguas plateadas, y heladas por sus orillas, en las que se reflejan los montes del Alto Campoo incendiados por el sol –desde luego es una imagen que, dependiendo de tu carácter y estado de ánimo, bien podría llegar a emocionarte–.

Y por los montes Carabeos el tren es de nuevo el transiberiano; ahora avanza entre profundas trincheras heladas y, de vez en vez, desaparece en oscuros túneles de cuyas bocas cuelgan enormes carámbanos de hielo –estremece el ruido del hielo al quebrarse ante el empuje de la máquina–. Y cuando el tren alcance la meseta, la familia del doctor Zhivago se asomará a la ventana camino de Barikino.

Por fin, llegamos a Mataporquera –el primer concierto de rock al que asistí lo dio un grupo local de Balmaseda que se hacía llamar “Mataporquera, ida y vuelta”–. Ya podemos bajar y estirar las piernas. Sin embargo, el viento y el frío nos obligan a regresar a nuestros asientos. Diez minutos más tarde, suena el silbato y abandonamos este cruce de caminos de pasado industrial y futuro incierto.

De nuevo en la estepa, busco en las montañas que se recortan hacia el norte las siluetas del Espigüete y del Curavacas. Allí están: colgadas del cielo. Metálicas a la luz del anochecer. Imponentes.

Estoy hechizado, y si ahora aparto la mirada de las cumbres, es porque, llegando a Guardo –dejar que os diga que le tengo un especial cariño a este pueblo– los cristales solo reflejan mi propio rostro. A mi hijo le ha pasado lo mismo y nuestras miradas se encuentran; hombre, tú por aquí, podríamos decirnos.

Y poco más puedo añadir. Bueno, si acaso una última cosa. Si tenéis ocasión –y uno de estos gobiernos manos tijeras no lo impide antes–, no dejéis de viajar en el tren de la Robla. No os arrepentiréis.

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