La fuga

la-fugaLa fila se ha alargado definitivamente y la vigilancia no ha hecho sino aumentar. Ahora, todos tus movimientos, hasta los más nimios, están siendo controlados, sientes su mirada en la nuca y un escalofrío recorre tu espalda. Sin embargo, estás dispuesto a perseverar. Lo único que necesitas es un descuido por su parte.

Quien sabe, te dices, ahora que hemos comenzado a recorrer la monótona geometría de los extrarradios urbanos, es posible que las miradas se extravíen por estos espacios neutros y la vigilancia se relaje. Te aferras a esa posibilidad y, tiempo después, el juego del sol entre las nubes, el vuelo rasante de los pájaros, el siseo de los aspersores, los grupos diseminados que observan vuestro paso, no hacen sino ratificar esa certeza. Estás convencido de que tendrás tu oportunidad y de que sabrás aprovecharla.

Y como algo tendrás que poner de tu parte, comienzas a tensar la cuerda. Y aceleras el paso apenas para observar el efecto. La fila se ha tensado un poco y, al rato, el ritmo de la marcha se ha recompuesto como si nada. Pruebas de nuevo. Un nuevo tirón en la fila y, de nuevo, retorna la calma. Nadie parece darse cuenta de tus maniobras.

Entonces, justo cuando dobláis una esquina que deja ángulos muertos a la mirada de los perros de presa, saltas como un gamo. La suerte está echada. Corres, corres con el rostro cegado de viento, ciego a derecha y a izquierda, insensible y ligero como una brizna de hierba. Y aunque sabes que, tarde o temprano, semejante efervescencia te pasará factura, corres con toda tu alma. Vas dejando atrás los jeroglíficos del otoño en la copa de los árboles, atrás los edificios y el equipamiento urbano, atrás las señales de la pugna que te ha llevado hasta aquí: pintadas, banderas, pancartas, consignas, ecos de himnos y de canciones. Atrás va quedando esa jauría ofuscada aún por la sorpresa.

Pero no tardarán en organizarse para darte caza. Muy bien, que ellos hagan su parte, que tú harás la tuya. Y corres. Corres sin mirar atrás. Desde luego, no se lo vas a poner fácil. Eso por descontado.

Y cuando el flato muerda tu costado, y comiencen a ronronear los calambres en los músculos de tus piernas, y la cabeza te de vueltas, y la nausea se aferre a tu garganta, apretarás los dientes y seguirás corriendo. Y cuando la cercanía de tus perseguidores te martillee en los oídos y haga que tu esperanza de fuga se tambalee, te agarrarás a esa esperanza aún más si cabe y continuarás corriendo.

Pero, al infierno esa esperanza. Al infierno los lamentos. Al mismísimo infierno cualquier tipo de pensamiento… Sabes lo que tienes que hacer. Y entornas los ojos y pulsas, uno a uno, los interruptores de la mente hasta dejarla en blanco. Al rato, las piernas que te sostienen e impulsan se mueven ya al margen de tu voluntad, tienen vida propia, tú, simplemente, te limitas a seguirlas, eres un autómata, cumples con el programa, este paso estaba escrito, y este otro, también.

De pronto, un gran clamor rompe el caparazón de tu aislamiento y, tras un segundo de estupor, miras a tu alrededor y te ves entrando en el anillo del estadio. Giras la cabeza, ningún rival te sigue los pasos. El publico, enfervorizado, te aplaude y vitorea. Cuatrocientos metros solamente y serás el nuevo campeón olímpico de la maratón.

© Alvaro Salazar
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