La montaña y la felicidad (2)

La montaña y la felicidadLa salida de la fábrica de acero, su gran poder, toda la fuerza. La escena de la boda, excesiva, profunda. La salvaje belleza de las montañas y el crudo ritual de la caza: un disparo solamente, dos es ya una chapuza. El horror de la guerra, el azar de la muerte (la ruleta rusa), la espantosa espera. El regreso a casa, el desarraigo ante la marcha del mundo, la pura supervivencia… La historia de Michael, Nick y Steven me había dejado clavado en la butaca, casi sin respiración. El accidente tuvo lugar al día siguiente, a eso de las once de la mañana.

Cuando llegamos aún no había amanecido, la primera nevada de la temporada blanqueaba los montes, hacía mucho frío. Preparamos la instalación y nos descolgamos por el pozo de entrada a la luz de las frontales. Dejamos atrás el caos de roca y accedimos a la cueva propiamente dicha a través del agujero soplador, descendimos la rampa y recorrimos las galerías. Los haces de luz, el juego de sombras… Estábamos en marcha. Dimos con el río y lo seguimos. Poco a poco el cauce se fue estrechando y nos obligó a continuar en oposición, pies y manos a cada lado de la pared, la rápida corriente entre las piernas; parecíamos niños traviesos riendo y gritando en el eco del túnel. Y por fin, salimos a la gran sala con el lago desahogando en una cascada ensordecedora. Habíamos alcanzado los 225 metros de desnivel y nuestros planes se limitaban a explorar los recovecos de la sala. Entonces ocurrió.

Resbalé en el barro y caí de espaldas. Y podría haber sido una culada más o menos cómica, pero al instante supe que me había dislocado el hombro derecho.

Aquel dolor…

La zarpa del miedo nublaba mi mente. Mi compañero se dio cuenta casi al instante y se vino hacia mí, acercó su rostro al mío y me dijo: yo te conozco, saldremos de aquí. Le miré: él era Michael y yo Steven. Por supuesto, le dije.

Y comenzó la lucha.

Nada más ponernos en marcha, el dolor se replegó y permaneció agazapado y sordo, pero eso sí: con el puñal entre los dientes, presto a lanzarse sobre mí a la menor oportunidad. En cada salto que hube de dar, en cada tropezón, a cada chapuzón en las heladas aguas del río, en las interminables esperas entre maniobras de cuerdas y polipastos, a cada vaivén de mi cuerpo en la vertical colgando del arnés de mi compañero…, a cada ocasión, el dolor reaparecía salvaje y despiadado. Y yo era Steven y mi compañero Michael: él cargaba conmigo colina arriba, yo apretaba los dientes y aguantaba (aún hoy, la película “El cazador” y el accidente en la cueva se mantienen enlazados en mi mente, indisolubles).

Logramos superar todas las dificultades y salimos de la cueva. Ya solo nos quedaba la caminata hasta el coche y el trayecto al hospital. Y entonces mi mente levantó las compuertas y el dolor me inundó sin cortapisas. Grité, grité sin miramientos.

Y en un puro quejido llegué a la clínica; serían las doce de la noche cuando entramos en urgencias. De ese momento no recuerdo nada, pero debió ser impactante (¿os imagináis que se abre la puerta de urgencias y aparecen, por su propio pie, dos tipos cubiertos de barro hasta las cejas?).

Estoy sentado en una camilla, en la sala hay un médico y una enfermera. El médico me dice y me repite que he de relajarme, que si no lo hago, no va a poder encajar el hueso en su lugar. Y lo intenta, intenta colocarme el hueso una y otra y otra vez, causándome un dolor gratuito e inmisericorde. Al fin desiste y consiente en llamar al anestesista. Tendrás que pasar la noche aquí, me dice. La espera se me hace eterna. Finalmente llega el anestesista y me duerme.

Siento una mano recorriendo mi entrepierna. Siento calor y un gran bienestar…

Poco a poco voy saliendo de la sedación, como si de un denso sueño se tratara. Hay una luz tenue y veo un techo cercano y dos paredes también cercanas a cada lado. En una de ellas reconozco el panel de mandos del ascensor. Estoy tumbado en una camilla. El camillero está a mi lado y, mientras me acaricia las nalgas, me dice que la felicidad es la ausencia de dolor, que ya ha pasado todo, que por fin voy a poder descansar.

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4 pensamientos en “La montaña y la felicidad (2)

    • Hay ficciones que pasan a formar parte de nuestro arsenal de recuerdos por “derecho propio” y las hacemos nuestras (es decir, nos pertenecen y le pertenecemos). Y sí, el final aunque podría ser terrible, tiene notas placenteras, sin duda. Un abrazo, Eladio.

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