El agujero

Aquellos días no eran como los de la Navidad o los de la Semana Santa que aparecían en rojo en el calendario. Y sin embargo, su llegada ponía el mundo patas arriba.

Me recuerdo de niño y me veo en el campo del Frontón, vigilando la llegada de los camiones que traían las tablas con las que montarían la plaza de toros. Era la primera señal, la sirena que anunciaba la llegada de aquellos días. De pronto, el epicentro del mundo se trasladaba al Frontón y dejaban de interesarme las cosas que hasta ese momento me interesaban, ni siquiera bajar al río para bañarme me importaba. Ya solo pensaba en corretear en torno a la plaza de toros que iba creciendo, entre la carpa del circo que iba creciendo también, entre la pista de los autos de choque y las barracas del tiro al blanco y la tómbola y la churrería que iban ocupando su lugar, bajo la música que surgía de los megáfonos, ante los rostros renegridos y peligrosos de los barraqueros. La verdad es que ese crío parecía tener azogue en el cuerpo o la enfermedad de san Vito, así de excitado me recuerdo.

Luego las fiestas comenzaban, y era el olor a churrería y el color rojo de las manzanas cubiertas de caramelo y la nube de algodón pegada a la punta de la nariz y el tesoro de las fichas de colores de los autos de choque en el bolsillo y las cadenetas del tiovivo desafiando las leyes de la gravedad y el tren de la bruja y su túnel encantado y la muñeca para la señora y la botella para el caballero y la música de las barracas y el baile junto al quiosco a la caída de la tarde… Pero las fiestas de mi pueblo tenían plaza de toros y por eso tenían, además, el olor que surgía de los toriles y el desfile de los toreros vestidos de luces de camino a la plaza acompañados por los caballos y las mulillas y los pasodobles que interpretaba la banda de música y los gritos de la gente durante la corrida y el agujero. Sobre todo tenía el agujero. Os hablaré de él.

El agujero se escavaba en una de las esquinas del campo del Frontón, a cierta distancia de la plaza de toros, bastante grande y profundo, y siempre estaba tapado con pesados maderos. Aquel agujero actuaba sobre mí como un agujero negro, por lo que no era raro verme merodear en torno a él, con la mirada fija en aquellos tablones. Entonces, en mi imaginación, los tablones desaparecían y sonaba la música que se toca al final de la faena y se abría la puerta de la plaza y salían las mulillas conducidas por dos hombres vestidos de blanco arrastrando al toro que acababan de matar. En mi imaginación, el toro venía cubierto de sangre, con los ojos muy abiertos y la lengua colgando de la boca, dando grandes cabezadas, lo arrastraban hasta el agujero y, una vez allí, le quitaban las cadenas con las que venía amarrado, así las mulillas podían regresar a la plaza para volver a sacar al siguiente toro cuando le mataran. En mi imaginación, un hombre con un enorme cuchillo en la mano se acercaba al toro que acababan de traer y le hacía un gran tajo en el cuello, luego otro hombre se encaramaba sobre el animal y hacia fuerza con su propio peso para que la sangre saliera por el tajo y callera, espesa y muy roja, al interior del agujero negro y profundo. E imaginaba los ojos muertos del toro y su lengua blanca y muerta, y el olor a matadero se esparcía por los alrededores, y las moscas zumbaban en torno al agujero. Y así un toro y otro toro. Y así un día y el siguiente. Todo eso imaginaba, y de ese modo ocurría dos veces: una en mi imaginación y la otra delante de los ojos de mi cara.

¿Qué porque os cuento todo esto?, la verdad es que no lo sé. He llegado a considerar dos o tres razones entre las que poder elegir para así poner punto final a esta historia. Pero me parece que lo dejaré aquí. Final abierto creo que se llama.

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