Coloniales (1)

Conferencia de Berlín (1/2)

(Del libro «Marco. Historia de un encuentro«)

El día amanece frío y gris y una cortina de lluvia lo empapa todo. Sin embargo, en la Wilhelmplatz, frente a la residencia oficial del canciller Otto von Bismarck, y desde muy temprano además, se ha venido desplegando una inusitada actividad. Los primeros coches en llegar eran simples carruajes tirados por un solo caballo, pero luego, a medida que el día ha ido avanzando, los coches se han vuelto cada vez más señoriales y elegantes, todos ellos tirados por dos o más caballos, a cada cual más cómodo y fiable, de una gran perfección técnica y magnífico acabado todos ellos. Estos que ahora llegan se detienen ante la verja que defiende el acceso al patio del antiguo palacio Schulenburg que ahora alberga la sede de la cancillería del imperio alemán. Del interior de esos carruajes se apean unos caballeros elegantemente ataviados, los unos con uniforme militar y cargados de medallas, los otros con abrigos largos y sombreros de copa. Todos cruzan el patio a paso lento, todos desaparecen en el interior del edificio sin cambiar el paso. Hoy sábado, 15 de noviembre de 1884, dará comienzo la Conferencia de Berlín.

***

Son veinte hombres —sin contar, claro está, a los subalternos que les acompañan, abogados y hombres de negocios mayormente, ni a los delegados de las asociaciones filantrópicas, misionales, culturales o colonialistas que han sido invitados como observadores—. Todos ellos, sin excepción, cargan una pesada carga a sus espaldas, hay es nada tener que representar a sus respectivos países e imperios y defender sus intereses. De esos veinte hombres, diecisiete encarnan a doce potencias europeas: el Imperio alemán, el Imperio austrohúngaro, Bélgica, el Reino de Dinamarca, el Reino de España, Francia, el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda, el Reino de Italia, el Reino de Portugal, Países Bajos, el Imperio ruso y la Unión entre Suecia y Noruega. Dos más representan a los Estados Unidos de América, potencia emergente que muestra un interés tímido, pero creciente, sobre los asuntos coloniales del continente africano. El que hace el número veinte, y no por ser citado el último es por ello menos importante, viene en representación del Imperio Otomano que, como todo el mundo sabe, se extiende por el norte de África, el Próximo Oriente y los Balcanes. Como puede verse, ningún reino, imperio o país africano ha sido invitado.

Los veinte hombres se han despojado de sus gabanes y sombreros y ahora se dirigen hacia la enorme puerta que da acceso al gran salón en el que tendrá lugar la Conferencia, el mismo en el que Chopin interpretó, en tiempos del príncipe Anton Radziwill, sus nocturnos más celebres, el mismo salón que, años después, habrá de convertirse en uno de los despachos de Adolf Hitler. La puerta del salón se abre y los invitados comienzan a entrar, de uno en uno, siguiendo el estricto orden que marca el protocolo. Dentro les espera Otto von Bismarck.

Todo resulta allí solemne y hasta majestuoso: el entrechocar de los talones, las inclinaciones de cabeza, los apretones de manos, los amplios ademanes… La mesa en la que tendrán lugar las negociaciones es enorme y tiene forma de “U”, también el mapa del continente africano que cuelga de una de las altas paredes es enorme, al igual que las alfombras que cubren los suelos —más adelante, cuando Hitler tome posesión del salón, mandará retirar esas alfombras para dejar al descubierto el suelo pulido y deslizante; de esta manera, los políticos, dignatarios y diplomáticos extranjeros que entren a su despacho comprenderán que el mundo ha cambiado, que se han acabado los equilibrios de siempre, que su posición es precaria y resbaladiza, y que el único punto de apoyo que el mundo conocerá a partir de entonces será el del reconocimiento de la supremacía aria.

Ya están todos sentados. Ha llegado el momento de los discursos de bienvenida. Otto von Bismarck recuerda que han sido convocados para discutir y acordar las medidas que han de presidir la misión civilizadora en el continente africano. Y tomando aire, asegura que es necesario respetar los más elementales preceptos humanitarios, y para ello, añade, es conveniente proseguir la lucha contra el tráfico de esclavos, así como limitar el comercio de armas y el de bebidas alcohólicas e impulsar la imprescindible labor evangelizadora. Entonces Otto von Bismarck, sin cambiar de tono de voz, desliza que también será preciso abordar algunos litigios y malentendidos sobre determinados territorios y estaciones comerciales. Además, y esto a petición de su buen amigo Leopoldo II de Bélgica, les recuerda que será preciso tratar diversos aspectos relativos a los derechos de navegación y comercio a través del río Congo y, ya puestos, también sobre los del río Nilo, el Níger y el Zanbeze. Y a todos los presentes les habrá parecido bien, pues asienten con sus cabezas y dejan escapar murmullos de aprobación y contento.

Hay tanta camaradería en esa mesa…, que nadie diría que, apenas dos décadas antes, el mismo Bismark se las ha tenido tiesas con Dinamarca, con Austria y con Francia; o que Rusia y el Imperio Otomano llevan tiempo a la gresca; o que el propio Imperio Otomano no sepa ya qué lado de su imperio defender; o que el Reino Unido vaya perdiendo los nervios a medida que pierde poder y mercados; o que el imperio Austro-Húngaro sienta sus pilares tambalear; o que la unión entre Suecia y Noruega esté cosida con alfileres… Se les ve tan contestos y felices que nadie imaginaría que están allí para plantear reivindicaciones y exigir derechos más o menos legítimos respecto a la misión civilizadora que cada cual viene desarrollando o pretende desarrollar en el continente africano. Por ejemplo, la Asociación Internacional Africana, esa sociedad filantrópica promovida por Leopoldo II y financiada por grandes fortunas europeas, pretende hacer valer sus derechos sobre los vastos territorios que recorre el río Congo, aunque tampoco hay por qué preocuparse, al fin y al cabo la Asociación se muestra dispuesta a permitir, e incluso impulsar, el libre comercio por el río. Por su parte, el Reino Unido lo quiere todo. Y los franceses también lo quieren todo. Y los alemanes, ahora que se han unido y son un imperio con su káiser y todo, se muestran dispuestos a reclamar un lugar bajo el sol. Ni tampoco le tiene por qué extrañar a nadie que el Imperio Otomano acuda cargado de razones, no en vano sigue siendo un imperio y no se va a dejar arrebatar sus posesiones así como así. Y tampoco es raro que los italianos aspiren a alcanzar su lugar bajo el sol. ¿Y los portugueses?, los portugueses llevan más de doscientos años varados en sus posesiones de siempre sin habérseles permitido avanzar ni un ápice, y no hay derecho, al menos que les oigan, qué menos que eso. ¿Y los españoles?, ellos bastante tienen con intentar conservar Cuba, Puerto Rico, las Filipinas y sus posesiones en el norte de Marruecos; si acaso intentarán mejorar su posición en el protectorado de Guinea, con eso se darían con un canto en los dientes. ¿Y los americanos?, ellos más que nada han venido como oyentes, así que no hay cuidado. ¿Y el Imperio ruso?, ellos están más interesados en estabilizar sus fronteras en Europa y alargarlas por Asía, así que África no constituye una prioridad, pero bueno, si les han invitado tampoco era cuestión de hacer un feo. Se les ve tan contentos, felices y despreocupados que nadie diría que están allí dispuestos a repartirse el continente africano a cara de perro. (Continuará).

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