De sonrisa amplia

De sonrisa amplia

Esta entrada contiene un recuerdo y un homenaje a nuestro compañero Etienne que se ha ido después de regalarnos su presencia durante todo el tiempo que estuvo entre nosotras. Como dice Tania Toral Esteban en un comentario en Facebook: «Siempre….”solo muere lo que no es recordado” y tu serás siempre recordado chaval! Un abrazo al cielo».

De tus amigos de Arrigorriaga Harrera: Betidanik, Etienne lagun.

Y ahora nuestro recuerdo:

DE SONRISA AMPLIA.

Había una vez una bicicleta, y sobre la bicicleta un ciclista.

El sol caía por detrás de las casas más altas. Otras veces, en cambio, caía una fina lluvia. Era el final de la jornada, el momento en el que podías encontrarte con él. Por el paseo del río. Y siempre era igual.

De mirada clara, como un limpio amanecer.

De sonrisa amplia, como el horizonte del mar.

De voz cantarina, como una espiral que asciende hasta lo más alto.

De ternura inmensa, como los vastos confines que preludian el fin del mundo.

La bicicleta en el suelo, y enseguida te envolvía el abrazo que te convertía en testigo y protagonista del milagro. Luego la despedida: primero cenar y luego a dormir. Así es la vida. Así son los milagros.

Había una vez un cometa que cruzaba mares y fronteras. Había una vez un emisario del sol.

Aquella ventana era tan estrecha que apenas contenía un poco de verdor y unos coches aparcados. Voy a salir. Voy a salir a repartir felicidad, dijo con la solemnidad que tienen las cosas ciertas. Y entonces la ventana se ensanchó y el cometa partió cargado de amor.

De amor claro, como su mirada.

De amor amplio, como su sonrisa.

De amor cantarín, como su voz.

De amor inmenso, como su ternura.

Era una luz brillante cruzando campos oscuros, era un soplo de brisa moviendo las cortinas del verano, era un faro cuya única tarea fuera alumbrar la felicidad en la tierra.

Así era Etienne. El enviado del sol. El hacedor de milagros.

¡GRACIAS A LA VIDA POR HABERNOS DADO TANTO!

BETI GURE BIHOTZEAN!

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Coloniales (4)

La culpa colectiva

(Del libro «Marco. Historia de un encuentro«)

Algunas pintadas con simbología nazi y alusiones racistas en Madrid. EFE

Así es. Leopoldo II, rey de Belgica y señor del Congo nos trae la culpa. Nos trae la suya propia, que es muy grande y son muchas. Es culpable por no saberse culpable, al fin y al cabo hacía lo que muchos otros hacían, es decir, engrandecer su patria —no en vano le llamaron el rey constructor— y, de paso, enriquecerse a costa de violentar personas, pueblos y culturas que consideraban incivilizados y salvajes, poco más que animales. Es culpable de tanto saqueo, sufrimiento y muerte. Es culpable por el burdo y mísero cinismo que derrochó al querer hacerse pasar por un filántropo humanista dispuesto a llevar la civilización y el progreso al corazón de África, mientras planeaba sacar todo el marfil y el caucho y cuanto encontrara de valor para transformarlo en francos y palacios. Pero, además, Leopoldo nos trae también nuestra propia culpa. ¿Cómo pudo suceder todo aquello? Y sobre todo, ¿cómo puede seguir sucediendo?

Cuarenta y nueve años después de la muerte de Leopoldo, en 1958, se celebró en Bruselas la primera exposición universal tras el fin de la segunda guerra mundial. El país anfitrión presentó el pabellón del Congo —que por aquel entonces seguía siendo colonia belga— en el que se recreaba una aldea africana. Chantal Maillard recoge en su libro “La compasión difícil” cómo llevaron a las niñas de algunos colegios públicos —la propia Chantal fue una de ellas— y cómo, embardunadas de betún, embutidas en sacos de café y engalanadas con los collares de papel que habían confeccionado en las horas de manualidades, saltaban sobre un pie y sobre otro con los brazos en alto mientras cantaban: «He nacido en África, en el país de los caníbales. Soy negra como un borrico, pero no me importa. Uyuyuy ayáya». Habían pasado casi cincuenta años y los africanos seguían siendo eso: caníbales. Desde luego, las niñas no fueron culpables de semejante bufonada. ¿Lo fueron los encargados de diseñar el pabellón del Congo? ¿Lo fueron los comisarios de la exposición por permitirlo? ¿O tal vez lo fue el público que acudió a ver tamaño espectáculo?

La culpa colectiva es amarilla.

Es amarillo el sonido que imita al mono y que se levanta en los estadios de futbol cuando el que recibe el balón es un jugador negro del equipo contrario. Son amarillas las agresiones en el metro: «No te pego porque eres mujer»; «Vete a tu país. Lo que tenéis que hacer es trabajar»; «El metro lo pagamos los españoles»; etc. Son amarillos los insultos y las miradas esquivas. Es amarillo ese refrán que dice: “De fuera vendrá quien de casa nos echará». Son amarillos los vetos en las discotecas y en las inmobiliarias. Son amarillas las identificaciones y las agresiones policiales. Son amarillas las colas ante extranjería. Es amarilla —y roja— la ley de extranjería. Es amarilla — y azul y tiene estrellas doradas— la política de migración de la Unión Europea y el Frontex. Son amarillos los muros. Son amarillas las devoluciones en caliente. Son amarillos los campos de refugiados. Es amarilla la indiferencia ante los disparos en el Tarajal y ante tanta muerte en mares y desiertos. Son amarillos los invernaderos. Es amarilla la competitividad a ultranza y la sacrosanta productividad que esquilma y devasta tierras y mares y condena a pueblos enteros a la miseria. Es amarillo el maldito y fructífero miedo. Es amarillo mirar para otro lado. La indiferencia es amarilla.

La culpa colectiva es la violencia de la historia.

Y la historia es un cuerpo con remordimientos, nos dice Manuel Vilas —y creo que acierta.

Coloniales (3)

Leopoldo II, Rey de Belgica y Señor del Congo

(Del libro «Marco. Historia de un encuentro«)

Nos encontramos en 1907, un gran toldo extensible arroja su sombra sobre una de las terrazas de la villa Les Cèdres, propiedad de Leopoldo II, rey de Bélgica (seguro que muchos conocéis al personaje. Léopold Luis Phelippe Marie Victor de Sajonia-Coburgo-Ghota y Borbón-Orleans —a quien llamaremos Leopoldo para abreviar— nació en 1835 y ocupó el trono de Bélgica desde 1865 hasta su muerte en 1909; además, fue soberano y propietario del Estado Libre del Congo, un territorio cuya superficie triplica con creces la de Francia, y lo fue desde 1885 hasta 1908, año en el que pasó a depender de la administración belga bajo el nombre de Congo Belga).

Leopoldo viste camisa blanca, pantalón crema de lino y bata de seda azul. Su larga y espesa barba blanca luce cuidadosamente recortada y tiene la cabeza destapada. Se encuentra recostado en una tumbona con las piernas cruzadas y un libro abierto apoyado sobre el abdomen. Cualquiera diría que está dormitando, pero no, si nos fijamos bien nos daremos cuenta de que está observando con vista aguileña (bastante disminuida, eso sí) el centelleo del sol sobre las azules aguas de la bahía. Y es que cada vez está más convencido de que ha sido un acierto haber adquirido esta villa en Niza. Es cierto, ha supuesto un gran desembolso, pero afortunadamente ha podido contar con los fondos que antes dedicaba al mantenimiento de sus propiedades y que ahora, después de que el Gobierno belga aceptara la carta de donación de gran parte de sus tierras, castillos y palacios, han pasado a depender del erario público. Está tan contento del resultado de la operación que ha decidido hacer lo propio con el Congo: lo cederá al Estado y se quitará de encima gran parte de sus preocupaciones y también algunas deudas, y no pequeñas precisamente. Entonces Leopoldo lanza un profundo suspiro y comienza a escarbar con su mano derecha entre su larga y espesa barba (posiblemente se rasque el mentón).

La verdad es que la cuestión del Congo hace tiempo que le trae a mal andar. Por una parte, están esas difamaciones que se han orquestado en su contra. Le acusan de haber impuesto en la colonia condiciones de trabajo cercanas a la esclavitud, de cobrar impuestos abusivos, de permitir, e incluso de alentar, los malos tratos y hasta las mutilaciones de manos, piernas y orejas, de montar tribunales parciales e injustos, le atribuyen la organización de razias contra aldeas rebeldes, le hacen responsable del asesinato de miles, qué dice miles, hasta de millones de indígenas. Al parecer, todo el mundo se cree con licencia para lanzar sus dardos contra él, desde el más mediocre de los políticos, hasta todos esos periodistas y escritores de medio pelo; aunque el peor es ese maldito irlandés, ¿cómo se llama?, Casement, eso es, Roger Casement, él fue el autor de aquel informe cargado de infundios y calumnias que asegura haber redactado después de visitar diversas estaciones del interior del Congo. Y no dice que no haya algo de cierto en todo lo que allí se cuenta, al fin y al cabo abusos los ha habido siempre y los seguirá habiendo, ¿pero tantos y tan terribles como relata Casement?; no, eso no lo cree. Además, aunque así fuera, ¿qué tiene él que ver con todo eso, si ni tan siquiera ha puesto un solo pie en esa remota y salvaje tierra?

Leopoldo se remueve inquieto en su tumbona (parece incómodo). Qué lejos quedan aquellos años en los que presidió la Asociación Internacional Africana y fue tenido como benefactor de los negros, azote de esclavistas y defensor de la civilización y el progreso en el África más primitiva y salvaje. Qué lejos queda también el entusiasmo con el que se acogió en su país su ratificación como soberano del Congo tras la Conferencia de Berlín. Porque esa es otra. A la presión internacional ya de por sí insoportable, hay que sumar ahora las voces cada vez más numerosas y estentóreas que se elevan en su país para exigir la anexión del Congo por parte del Estado, como si todos los ingentes esfuerzos que se han tenido que llevar a cabo: la exploración del Congo, los acuerdos con los jefes de cada tribu, los convenios políticos y comerciales con las potencias europeas, la construcción de reducciones, iglesias y escuelas, la creación de la fuerza pública para garantizar el cumplimiento de las leyes y el orden, como si todo eso lo hubieran hecho ellos, como si a cada belga le correspondiera por derecho un pedazo de ese territorio… Pues muy bien, que se lo queden y que les aproveche. Pero eso sí, le van a tener que abonar hasta el último céntimo, eso por descontado.

Leopoldo estira las piernas al tiempo que se incorpora para descansar los riñones, y si no fuera porque sus manos llegan a tiempo, el libro que mantenía abierto sobre el abdomen hubiera ido a parar al suelo (y es que a sus setenta y dos años aún mantiene prestos los reflejos). Mira, de lo que no se queja es de su estado de salud en general; es más, hay días que se siente renacer. Está convencido de que eso se lo debe a su Très-Belle. La verdad es que nadie antes ha sabido hacer vibrar las cuerdas de su cuerpo de la manera en que ella lo hace, ni cuando era joven siquiera. De esto también despotrican. No pueden ver que la haya convertido en su amante y que se haga acompañar por ella allá donde él va, que la luzca sin recato alguno, que la colme de caprichos, que le haya otorgado la baronía de Vaughan. Esto último no se lo perdonan. Que le haya otorgado un título nobiliario a una plebeya, más aún, a una prostituta cuyas únicas habilidades conocidas se desplegarían en el lecho, eso les rebaja y les reconcome las entrañas, es lo nunca visto, un verdadero ultraje. Pero que se esperen esos puritanos, que ya verán lo que hace con los millones que el Estado le tendrá que abonar a cambio del Congo. ¿Un palacio?, dos, le comprará dos o tres palacios, y que le critiquen cuanto quieran. A sus setenta y dos años está de vuelta de todo y ya solo aspira a apurar cada segundo de vida junto a su Trés-Belle, su querida niña, su amor de estos años tardíos. Vivo, así es como se siente a su lado, así es como desea sentirse. Y sí, cada vez está más convencido de que ha sido un absoluto acierto haber adquirido la villa de Les Cédres.

El mar centellea a sus pies; Leopoldo bizquea, se estira y bosteza.

Coloniales (2)

Conferencia de Berlín (2/2)

(Del libro «Marco. Historia de un encuentro«)

La Conferencia de Berlín comenzó el 15 de noviembre de 1884 y finalizó el 26 de febrero de 1885. Fueron más de tres meses de debates y controversias, de propuestas y contrapropuestas, de malas palabras y también de buenas, meses de discusiones a cara de perro, «Pero modérense, señores, modérense, no se olviden de que estamos aquí para llegar a acuerdos», repetían los mediadores cada vez que las disputas subían de tono, «No olviden que es preferible un mal acuerdo a una buena guerra», remachaban los leguleyos cuando el tono de las disputas alcanzaba niveles inaceptables y peligrosos. Así es, se necesitaron cien días de tiras y aflojas para alcanzar un cierto consenso sobre la verdadera tarea que les había llevado hasta allí: repartirse África —claro que, si uno lo piensa: tantos ríos, tantas selvas, tanta riqueza, tantos intereses cruzados, tantos caminos imaginados, tantos sueños y proyectos…, convendrá en que la tarea requería su tiempo.

Sin embargo, más allá de los resultados específicos obtenidos, las mayores aportaciones de la Conferencia de Berlín fueron de naturaleza intangible. Por un lado, estaban los métodos utilizados para gestionar las discrepancias y poder alcanzar algún tipo de consenso. Por ejemplo, el tamaño del salón posibilitó dividir el espacio en dos ambientes: uno para las negociaciones de carácter político y otro para la discusión técnica y jurídica. Y aquella gran mesa con forma de “U” permitió a los representantes de las potencias invitadas mirarse a la cara en todo momento. O aquel enorme mapa de África, siempre a la vista de todos, facilitó que cada cual tuviera en todo momento presente sus posiciones de partida y pretensiones y los avances en las negociaciones. Pero con todo, el gran hallazgo de la Conferencia fue de carácter jurídico y espiritual y se lo debemos a los juristas James Lorimer y Franz Ritter von Liszt, los cuales plantearon la conveniencia de diferenciar entre pueblos civilizados, bárbaros o salvajes a la hora de establecer relaciones entre los mismos. Vamos a detenernos un momento en este punto y, para ello, tomaremos prestadas algunas palabras de José María Ridao que explican con claridad de qué va este invento. Veamos. Las normas que regirían las relaciones entre países civilizados serían las que estos pactaran libremente en virtud de su plena soberanía. En cambio, con los pueblos bárbaros —árabes y asiáticos mayormente— se establecerían acuerdos solamente en los asuntos en los que aquellos tuvieran alguna competencia. Y con los salvajes —los pueblos más retrasados en la escala de la civilización, entre los que se encontraban las poblaciones autóctonas del África negra—, el comportamiento de la metrópoli se ajustaría a los principios generales que inspiran el derecho humanitario. Lo cual venía a decir, simple y llanamente, que los pueblos salvajes no estaban capacitados para decidir por sí mismos, ni siquiera respecto a la tierra que les había dado cobijo durante siglos. O dicho de otro modo, África se convertía en una especie de res nullius, o cosa de nadie, es decir, en un continente sin dueño a merced de cualquier pueblo civilizado que siguiera las normas que las propias metrópolis pactaran entre sí. Lo cual no podía ir más en consonancia con el espíritu y el propósito de la Conferencia que no era otro que el de llegar a acuerdos entre gentes civilizadas a la hora de repartirse el continente.

No había duda, la Conferencia llegaba en el momento oportuno: con los últimos espacios en blanco del continente desvelados o a punto de serlo, con la malaria, si no vencida, sí al menos controlada, con la fuerza del vapor remontando el curso de los grandes ríos, con la opinión pública europea convencida de que la colonización constituía un deber civilizatorio, una empresa eminentemente filantrópica, con el firme convencimiento de que las inversiones no deberían tener límite, con los vientos de la civilización y del derecho de gentes a favor…, y claro, con el invento reciente de la ametralladora Maxim a favor también.

Así era. El tiempo de los exploradores: los Mungo Park, René-Auguste Caillié, Mary Kingsley, Livingstone, Speke, Burton, Stanley, y tantos otros, habría quedado atrás. Todas aquellas fantásticas aventuras: el descubrimiento de las fuentes del Nilo, la navegabilidad del río Congo y del río Niger, la exploración de los últimos desiertos, habían servido para que, en cada selva, en cada sabana, en los recodos de cada río, pudieran levantarse las estaciones comerciales, auténticos faros que alumbran el avance de la civilización, así les denominaban los periódicos de la época. De manera que había llegado la hora de los emprendedores, el momento de incrementar las inversiones y los rendimientos.

En definitiva, las potencias europeas poseían el impulso y ya solo restaba proceder de manera civilizada, sin necesidad de acudir a la fuerza militar que a nadie convendría, bastantes quebraderos de cabeza tenía cada cual en su propia casa, bastantes diferencias tenían por resolver entre ellos en la vieja Europa. Para eso montaron la Conferencia en la sede de la cancillería alemana. Para eso han estado negociando durante más de tres meses en el gran salón del viejo palacio Schulenburg —el mismo en el que Chopin interpretó sus nocturnos en tiempos del príncipe Anton Radziwill, el mismo que en un futuro próximo servirá de despacho a Adolf Hitler—. Para repartirse África. Para hacerlo de manera civilizada.

***

Es jueves. El día amanece gris y hay momentos en los que nieva de manera copiosa. La mañana va ya muy avanzada, cuando Otto von Bismark, en su calidad de anfitrión, inicia el discurso que habrá de servir de colofón a la Conferencia. El canciller celebra que se haya podido alcanzar el mejor acuerdo posible sobre los derechos de navegación en los ríos Níger y Congo, convirtiendo sus orillas en una zona comercial franca para las potencias europeas. El canciller celebra igualmente que se hayan aceptado las reivindicaciones de Leopoldo II y de esta forma se haya reconocido el Estado Libre del Congo. Además, se congratula por el acuerdo logrado entre franceses y británicos para dirimir de manera bilateral sus legítimas reivindicaciones, a condición, por supuesto, de no limitar los intereses comerciales del resto de naciones. Ensalza también el acuerdo alcanzado respecto a la prohibición del comercio de esclavos. Pero sobre todas las cosas —y entonces el tono de voz del canciller se vuelve grave y solemne— celebra que se hayan sentado las bases para solventar futuras reivindicaciones que pudieran surgir sobre cualquier territorio y que, resumiendo, deberán ajustarse a los siguientes criterios: a la firma de tratados con los poderes locales, a la efectiva ocupación del territorio en cuestión, a la capacidad para proteger a los europeos que en él residan y, por último, a la plena garantía de que se permitirá el libre comercio en su seno. Además —añade sin cambiar de tono de voz—, los contenciosos suscitados entre dos potencias habrán de resolverse mediante convenios bilaterales. Y tras reafirmar que se han sentado las bases para que la empresa colonial se desarrolle de manera civilizada, Otto von Bismark da por finalizada su alocución. Y todos los presentes prorrumpen en aplausos y en exclamaciones de aprobación y contento.

Fuera, en la Wilhelmplatz, frente a la residencia oficial del canciller, la nieve se ha ido acumulando sobre los coches oficiales —todos ellos señoriales e impolutos, tirados por dos o más caballos, a cada cual más moderno y mejor acabado—. Ya salen. Todos elegantísimos, los unos con sus uniformes militares repletos de medallas, los otros con sus abrigos largos y sus sombreros de copa. Todos cruzan el patio a paso lento y, sin cambiar el paso, todos desaparecen en el interior de sus respectivos coches. La Conferencia de Berlín ha terminado.

Coloniales (1)

Conferencia de Berlín (1/2)

(Del libro «Marco. Historia de un encuentro«)

El día amanece frío y gris y una cortina de lluvia lo empapa todo. Sin embargo, en la Wilhelmplatz, frente a la residencia oficial del canciller Otto von Bismarck, y desde muy temprano además, se ha venido desplegando una inusitada actividad. Los primeros coches en llegar eran simples carruajes tirados por un solo caballo, pero luego, a medida que el día ha ido avanzando, los coches se han vuelto cada vez más señoriales y elegantes, todos ellos tirados por dos o más caballos, a cada cual más cómodo y fiable, de una gran perfección técnica y magnífico acabado todos ellos. Estos que ahora llegan se detienen ante la verja que defiende el acceso al patio del antiguo palacio Schulenburg que ahora alberga la sede de la cancillería del imperio alemán. Del interior de esos carruajes se apean unos caballeros elegantemente ataviados, los unos con uniforme militar y cargados de medallas, los otros con abrigos largos y sombreros de copa. Todos cruzan el patio a paso lento, todos desaparecen en el interior del edificio sin cambiar el paso. Hoy sábado, 15 de noviembre de 1884, dará comienzo la Conferencia de Berlín.

***

Son veinte hombres —sin contar, claro está, a los subalternos que les acompañan, abogados y hombres de negocios mayormente, ni a los delegados de las asociaciones filantrópicas, misionales, culturales o colonialistas que han sido invitados como observadores—. Todos ellos, sin excepción, cargan una pesada carga a sus espaldas, hay es nada tener que representar a sus respectivos países e imperios y defender sus intereses. De esos veinte hombres, diecisiete encarnan a doce potencias europeas: el Imperio alemán, el Imperio austrohúngaro, Bélgica, el Reino de Dinamarca, el Reino de España, Francia, el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda, el Reino de Italia, el Reino de Portugal, Países Bajos, el Imperio ruso y la Unión entre Suecia y Noruega. Dos más representan a los Estados Unidos de América, potencia emergente que muestra un interés tímido, pero creciente, sobre los asuntos coloniales del continente africano. El que hace el número veinte, y no por ser citado el último es por ello menos importante, viene en representación del Imperio Otomano que, como todo el mundo sabe, se extiende por el norte de África, el Próximo Oriente y los Balcanes. Como puede verse, ningún reino, imperio o país africano ha sido invitado.

Los veinte hombres se han despojado de sus gabanes y sombreros y ahora se dirigen hacia la enorme puerta que da acceso al gran salón en el que tendrá lugar la Conferencia, el mismo en el que Chopin interpretó, en tiempos del príncipe Anton Radziwill, sus nocturnos más celebres, el mismo salón que, años después, habrá de convertirse en uno de los despachos de Adolf Hitler. La puerta del salón se abre y los invitados comienzan a entrar, de uno en uno, siguiendo el estricto orden que marca el protocolo. Dentro les espera Otto von Bismarck.

Todo resulta allí solemne y hasta majestuoso: el entrechocar de los talones, las inclinaciones de cabeza, los apretones de manos, los amplios ademanes… La mesa en la que tendrán lugar las negociaciones es enorme y tiene forma de “U”, también el mapa del continente africano que cuelga de una de las altas paredes es enorme, al igual que las alfombras que cubren los suelos —más adelante, cuando Hitler tome posesión del salón, mandará retirar esas alfombras para dejar al descubierto el suelo pulido y deslizante; de esta manera, los políticos, dignatarios y diplomáticos extranjeros que entren a su despacho comprenderán que el mundo ha cambiado, que se han acabado los equilibrios de siempre, que su posición es precaria y resbaladiza, y que el único punto de apoyo que el mundo conocerá a partir de entonces será el del reconocimiento de la supremacía aria.

Ya están todos sentados. Ha llegado el momento de los discursos de bienvenida. Otto von Bismarck recuerda que han sido convocados para discutir y acordar las medidas que han de presidir la misión civilizadora en el continente africano. Y tomando aire, asegura que es necesario respetar los más elementales preceptos humanitarios, y para ello, añade, es conveniente proseguir la lucha contra el tráfico de esclavos, así como limitar el comercio de armas y el de bebidas alcohólicas e impulsar la imprescindible labor evangelizadora. Entonces Otto von Bismarck, sin cambiar de tono de voz, desliza que también será preciso abordar algunos litigios y malentendidos sobre determinados territorios y estaciones comerciales. Además, y esto a petición de su buen amigo Leopoldo II de Bélgica, les recuerda que será preciso tratar diversos aspectos relativos a los derechos de navegación y comercio a través del río Congo y, ya puestos, también sobre los del río Nilo, el Níger y el Zanbeze. Y a todos los presentes les habrá parecido bien, pues asienten con sus cabezas y dejan escapar murmullos de aprobación y contento.

Hay tanta camaradería en esa mesa…, que nadie diría que, apenas dos décadas antes, el mismo Bismark se las ha tenido tiesas con Dinamarca, con Austria y con Francia; o que Rusia y el Imperio Otomano llevan tiempo a la gresca; o que el propio Imperio Otomano no sepa ya qué lado de su imperio defender; o que el Reino Unido vaya perdiendo los nervios a medida que pierde poder y mercados; o que el imperio Austro-Húngaro sienta sus pilares tambalear; o que la unión entre Suecia y Noruega esté cosida con alfileres… Se les ve tan contestos y felices que nadie imaginaría que están allí para plantear reivindicaciones y exigir derechos más o menos legítimos respecto a la misión civilizadora que cada cual viene desarrollando o pretende desarrollar en el continente africano. Por ejemplo, la Asociación Internacional Africana, esa sociedad filantrópica promovida por Leopoldo II y financiada por grandes fortunas europeas, pretende hacer valer sus derechos sobre los vastos territorios que recorre el río Congo, aunque tampoco hay por qué preocuparse, al fin y al cabo la Asociación se muestra dispuesta a permitir, e incluso impulsar, el libre comercio por el río. Por su parte, el Reino Unido lo quiere todo. Y los franceses también lo quieren todo. Y los alemanes, ahora que se han unido y son un imperio con su káiser y todo, se muestran dispuestos a reclamar un lugar bajo el sol. Ni tampoco le tiene por qué extrañar a nadie que el Imperio Otomano acuda cargado de razones, no en vano sigue siendo un imperio y no se va a dejar arrebatar sus posesiones así como así. Y tampoco es raro que los italianos aspiren a alcanzar su lugar bajo el sol. ¿Y los portugueses?, los portugueses llevan más de doscientos años varados en sus posesiones de siempre sin habérseles permitido avanzar ni un ápice, y no hay derecho, al menos que les oigan, qué menos que eso. ¿Y los españoles?, ellos bastante tienen con intentar conservar Cuba, Puerto Rico, las Filipinas y sus posesiones en el norte de Marruecos; si acaso intentarán mejorar su posición en el protectorado de Guinea, con eso se darían con un canto en los dientes. ¿Y los americanos?, ellos más que nada han venido como oyentes, así que no hay cuidado. ¿Y el Imperio ruso?, ellos están más interesados en estabilizar sus fronteras en Europa y alargarlas por Asía, así que África no constituye una prioridad, pero bueno, si les han invitado tampoco era cuestión de hacer un feo. Se les ve tan contentos, felices y despreocupados que nadie diría que están allí dispuestos a repartirse el continente africano a cara de perro. (Continuará).

El agujero

Aquellos días no eran como los de la Navidad o los de la Semana Santa que aparecían en rojo en el calendario. Y sin embargo, su llegada ponía el mundo patas arriba.

Me recuerdo de niño y me veo en el campo del Frontón, vigilando la llegada de los camiones que traían las tablas con las que montarían la plaza de toros. Era la primera señal, la sirena que anunciaba la llegada de aquellos días. De pronto, el epicentro del mundo se trasladaba al Frontón y dejaban de interesarme las cosas que hasta ese momento me interesaban, ni siquiera bajar al río para bañarme me importaba. Ya solo pensaba en corretear en torno a la plaza de toros que iba creciendo, entre la carpa del circo que iba creciendo también, entre la pista de los autos de choque y las barracas del tiro al blanco y la tómbola y la churrería que iban ocupando su lugar, bajo la música que surgía de los megáfonos, ante los rostros renegridos y peligrosos de los barraqueros. La verdad es que ese crío parecía tener azogue en el cuerpo o la enfermedad de san Vito, así de excitado me recuerdo.

Luego las fiestas comenzaban, y era el olor a churrería y el color rojo de las manzanas cubiertas de caramelo y la nube de algodón pegada a la punta de la nariz y el tesoro de las fichas de colores de los autos de choque en el bolsillo y las cadenetas del tiovivo desafiando las leyes de la gravedad y el tren de la bruja y su túnel encantado y la muñeca para la señora y la botella para el caballero y la música de las barracas y el baile junto al quiosco a la caída de la tarde… Pero las fiestas de mi pueblo tenían plaza de toros y por eso tenían, además, el olor que surgía de los toriles y el desfile de los toreros vestidos de luces de camino a la plaza acompañados por los caballos y las mulillas y los pasodobles que interpretaba la banda de música y los gritos de la gente durante la corrida y el agujero. Sobre todo tenía el agujero. Os hablaré de él.

El agujero se escavaba en una de las esquinas del campo del Frontón, a cierta distancia de la plaza de toros, bastante grande y profundo, y siempre estaba tapado con pesados maderos. Aquel agujero actuaba sobre mí como un agujero negro, por lo que no era raro verme merodear en torno a él, con la mirada fija en aquellos tablones. Entonces, en mi imaginación, los tablones desaparecían y sonaba la música que se toca al final de la faena y se abría la puerta de la plaza y salían las mulillas conducidas por dos hombres vestidos de blanco arrastrando al toro que acababan de matar. En mi imaginación, el toro venía cubierto de sangre, con los ojos muy abiertos y la lengua colgando de la boca, dando grandes cabezadas, lo arrastraban hasta el agujero y, una vez allí, le quitaban las cadenas con las que venía amarrado, así las mulillas podían regresar a la plaza para volver a sacar al siguiente toro cuando le mataran. En mi imaginación, un hombre con un enorme cuchillo en la mano se acercaba al toro que acababan de traer y le hacía un gran tajo en el cuello, luego otro hombre se encaramaba sobre el animal y hacia fuerza con su propio peso para que la sangre saliera por el tajo y callera, espesa y muy roja, al interior del agujero negro y profundo. E imaginaba los ojos muertos del toro y su lengua blanca y muerta, y el olor a matadero se esparcía por los alrededores, y las moscas zumbaban en torno al agujero. Y así un toro y otro toro. Y así un día y el siguiente. Todo eso imaginaba, y de ese modo ocurría dos veces: una en mi imaginación y la otra delante de los ojos de mi cara.

¿Qué porque os cuento todo esto?, la verdad es que no lo sé. He llegado a considerar dos o tres razones entre las que poder elegir para así poner punto final a esta historia. Pero me parece que lo dejaré aquí. Final abierto creo que se llama.

Lhasa De Sela

«Si un día te vas y ya no vuelves más»
«Si un día me voy y ya no vuelvo yo». (1)

Me imagino un día cualquiera, no importa que luzca el sol o que llueva. Lo importante es que se trata de ese día. Ahí está, mirándote fijamente a los ojos: «ya estoy aquí», te dice.

«He encontrado un hogar. Ahora comienza la vida. Puedo esperar un año o dos. Pero ni un momento más». (2)

Y te imagino aterrada y sofocada por la congoja, desesperada por hallar una mano amiga a la que poder asirte. ¿Y sabes?, me gusta pensar que no necesitaste buscarla, que fue suficiente con alargar la tuya; mi amigo del alma, dirías.

«Capturada en una tormenta. Las cosas volaban. Estaba sublevándome. Golpeando el suelo». (3)

Y todo lo que fue y todo lo que ya nunca será, todo lo sabido, todo lo ignorado, el gozo, el dolor…, pronto todo estará a buen recaudo. Por eso te vuelcas hacia ti y te ofreces en canciones. Jamás antes te sentiste tan viva, nunca antes fuiste tan clarividente. Tu voz no miente.

«Ahora que mi corazón está abierto voy a tener que vivir con amor hasta el final». (4)

Alguien dijo que la enfermedad nos ofrece la licencia y la absolución para desvelar nuestros secretos. A la sombra de tu sombra, nítida y rotunda, tu voz persigue la verdad y la canta y la celebra con hondo deseo de vida. Pues morir, alguien lo dijo también, es una cuestión de estilo.

«Mi cárcel se descompone. Las mil y una noches llegan a su fin. Pronto seré libre». (5)

Por encima de pasillos y salas de espera, por encima de habitaciones y cables y agujas y máquinas que inoculan cócteles coloreados para parecer inocuos, por encima de la administración de tu enfermedad que tantas y tantas veces, sin duda demasiadas, ni siquiera dejaron que fuera tuya, a pesar de tantas y tantas y tantas cosas, nos dejas tu voz y tu verdad. Desde el centro de tu soledad, nos regalas tu despedida.

«Mi muerte habrá comenzado. Voy a entrar». (6)

«Ahora abro la ventana y entra la luz con el viento». (1)

Adiós Lhasa de Sela.

lhasa-de-sela

(1) Abro la ventana – The living road (2003)
(2) Is Anything Wrong – Lhasa (2009)
(3) Rising – Lhasa (2009)

(4) Love came here – Lhasa (2009)
(5) 1001 Nights – Lhasa (2009)
(6) I´m going in – Lhasa (2009)

Los pasos que acompaño

Fuente de la imagen: Wikipedia

Una tenue luz anuncia el nuevo día. Ahí está, siento el roce de tus pasos por mis primeras revueltas.

Me desperezo y, como de costumbre, recompongo mi identidad de camino con el recuerdo de los pasos que me han ido labrando. Los primeros llegaron arrastrados por el hambre y el viento helado que sopla del norte buscando su tierra prometida, luego, cuando esa promesa hubo germinado en los frutos de la tierra y el ganado, aparecieron los pasos de aquellos que venían a cosechar a sangre y fuego, y el mundo se fue poblando y le nació la historia y con ella surgieron los reinos y las naciones, entonces me fueron ensanchando los pasos de los peregrinos y el de los comerciantes, los de las comitivas del poder y sus ejércitos, el ir y venir de los contrabandistas, el de los perseguidos y el de sus perseguidores. Y ya, por fin, conocí otros pasos similares a los tuyos, los que ahora aguardo.

Los he reconocido al instante (a esta hora tan temprana no caben demasiadas dudas). Caminas solo y es como yo lo prefiero. De manera que acompaso mi ritmo al tuyo y, antes de alcanzar lo más alto del puerto, ya seré uno contigo. Y entonces, cuando las Maladetas y el esbelto Aneto (a la luz oblicua del amanecer) se suban a tu mirada y tiren de ti y tú atiendas su dictado, más que testigo, seré parte del sortilegio, pues sin mi concurso no tendría lugar.

Y te veré partir y te imaginaré sumergido en la montaña siguiendo el camino que tengas elegido: tal vez la concurrida senda, o la arista que ya habrás recorrido y que guarda para ti la revelación del reencuentro entre aquel que fuiste y el que ahora eres, o puede que hayas escogido la ruta solitaria y desconocida que te brindará el espejo en el que podrás reconocerte. En cualquier caso, te querré (y me disculpo por la licencia) franco y sencillo, lejos de la pomposa gravedad que tan mal combina con la montaña.

Y si hubieras decidido regresar por dónde has venido, tienes que saber que aquí estaré, esperándote. Uno contigo de nuevo, nos giraremos y clavaremos en la montaña nuestra incipiente nostalgia; será la más hermosa de las miradas.

Solo de saxo

Se ha situado en la confluencia de dos pasillos que comunican sendos andenes de metro, en pleno tránsito de la gente que camina atada a sus pasos. El ruido de esos pasos recorre el contorno de las bóvedas y los siente resbalar, amplificados, como goterones de agua turbia que habrán de caer sobre su cabeza. Y como sabe que debe ignorarlos, los ignora. Bueno, se dice, es hora ya de ponerse manos a la obra.

Y será entonces cuando la voz del saxo comience a surgir sedosa, si bien no tardará en tornarse afilada para abrirse camino hacia ese pantano donde habitan las arañas. Una vez allí, la hundirá en lo hondo y removerá el cieno con los tonos más lacerantes hasta que las arañas, importunadas por su irrupción, se vean obligadas a abandonar su ensimismamiento y desplegar sus patas de alienígena para ir a ocultarse por entre el tumultuoso ondular de la ciénaga. Y antes de abandonar la morada de las arañas como el intruso que será, permanecerá un buen rato en su compañía, susurrante, sabiéndose observado desde la oscuridad por miles y millones de ojos miopes hasta que, ya por fin, salga sin mirar atrás para alzarse hacia la luz, tan alto como le sea posible.

Etzanda

Bajaré la cuesta, cruzaré los campos que vacas y pottokas riegan con su orina y subiré entre aquellas rocas. Hasta llegar a tu lado.

Pues me gustaría acostarme junto a ti a observar el reflejo del mundo allí en lo alto, entre las nubes. Yo me callaría y tú… (aún recuerdo el día en que subí tu voz a lo alto de aquella montaña).

“…mundua bizirik da, begiak itxi, sentitu eguzkia. Oh, oh, oh, oh…”