Coloniales (4)

La culpa colectiva

(Del libro «Marco. Historia de un encuentro«)

Algunas pintadas con simbología nazi y alusiones racistas en Madrid. EFE

Así es. Leopoldo II, rey de Belgica y señor del Congo nos trae la culpa. Nos trae la suya propia, que es muy grande y son muchas. Es culpable por no saberse culpable, al fin y al cabo hacía lo que muchos otros hacían, es decir, engrandecer su patria —no en vano le llamaron el rey constructor— y, de paso, enriquecerse a costa de violentar personas, pueblos y culturas que consideraban incivilizados y salvajes, poco más que animales. Es culpable de tanto saqueo, sufrimiento y muerte. Es culpable por el burdo y mísero cinismo que derrochó al querer hacerse pasar por un filántropo humanista dispuesto a llevar la civilización y el progreso al corazón de África, mientras planeaba sacar todo el marfil y el caucho y cuanto encontrara de valor para transformarlo en francos y palacios. Pero, además, Leopoldo nos trae también nuestra propia culpa. ¿Cómo pudo suceder todo aquello? Y sobre todo, ¿cómo puede seguir sucediendo?

Cuarenta y nueve años después de la muerte de Leopoldo, en 1958, se celebró en Bruselas la primera exposición universal tras el fin de la segunda guerra mundial. El país anfitrión presentó el pabellón del Congo —que por aquel entonces seguía siendo colonia belga— en el que se recreaba una aldea africana. Chantal Maillard recoge en su libro “La compasión difícil” cómo llevaron a las niñas de algunos colegios públicos —la propia Chantal fue una de ellas— y cómo, embardunadas de betún, embutidas en sacos de café y engalanadas con los collares de papel que habían confeccionado en las horas de manualidades, saltaban sobre un pie y sobre otro con los brazos en alto mientras cantaban: «He nacido en África, en el país de los caníbales. Soy negra como un borrico, pero no me importa. Uyuyuy ayáya». Habían pasado casi cincuenta años y los africanos seguían siendo eso: caníbales. Desde luego, las niñas no fueron culpables de semejante bufonada. ¿Lo fueron los encargados de diseñar el pabellón del Congo? ¿Lo fueron los comisarios de la exposición por permitirlo? ¿O tal vez lo fue el público que acudió a ver tamaño espectáculo?

La culpa colectiva es amarilla.

Es amarillo el sonido que imita al mono y que se levanta en los estadios de futbol cuando el que recibe el balón es un jugador negro del equipo contrario. Son amarillas las agresiones en el metro: «No te pego porque eres mujer»; «Vete a tu país. Lo que tenéis que hacer es trabajar»; «El metro lo pagamos los españoles»; etc. Son amarillos los insultos y las miradas esquivas. Es amarillo ese refrán que dice: “De fuera vendrá quien de casa nos echará». Son amarillos los vetos en las discotecas y en las inmobiliarias. Son amarillas las identificaciones y las agresiones policiales. Son amarillas las colas ante extranjería. Es amarilla —y roja— la ley de extranjería. Es amarilla — y azul y tiene estrellas doradas— la política de migración de la Unión Europea y el Frontex. Son amarillos los muros. Son amarillas las devoluciones en caliente. Son amarillos los campos de refugiados. Es amarilla la indiferencia ante los disparos en el Tarajal y ante tanta muerte en mares y desiertos. Son amarillos los invernaderos. Es amarilla la competitividad a ultranza y la sacrosanta productividad que esquilma y devasta tierras y mares y condena a pueblos enteros a la miseria. Es amarillo el maldito y fructífero miedo. Es amarillo mirar para otro lado. La indiferencia es amarilla.

La culpa colectiva es la violencia de la historia.

Y la historia es un cuerpo con remordimientos, nos dice Manuel Vilas —y creo que acierta.

Coloniales (3)

Leopoldo II, Rey de Belgica y Señor del Congo

(Del libro «Marco. Historia de un encuentro«)

Nos encontramos en 1907, un gran toldo extensible arroja su sombra sobre una de las terrazas de la villa Les Cèdres, propiedad de Leopoldo II, rey de Bélgica (seguro que muchos conocéis al personaje. Léopold Luis Phelippe Marie Victor de Sajonia-Coburgo-Ghota y Borbón-Orleans —a quien llamaremos Leopoldo para abreviar— nació en 1835 y ocupó el trono de Bélgica desde 1865 hasta su muerte en 1909; además, fue soberano y propietario del Estado Libre del Congo, un territorio cuya superficie triplica con creces la de Francia, y lo fue desde 1885 hasta 1908, año en el que pasó a depender de la administración belga bajo el nombre de Congo Belga).

Leopoldo viste camisa blanca, pantalón crema de lino y bata de seda azul. Su larga y espesa barba blanca luce cuidadosamente recortada y tiene la cabeza destapada. Se encuentra recostado en una tumbona con las piernas cruzadas y un libro abierto apoyado sobre el abdomen. Cualquiera diría que está dormitando, pero no, si nos fijamos bien nos daremos cuenta de que está observando con vista aguileña (bastante disminuida, eso sí) el centelleo del sol sobre las azules aguas de la bahía. Y es que cada vez está más convencido de que ha sido un acierto haber adquirido esta villa en Niza. Es cierto, ha supuesto un gran desembolso, pero afortunadamente ha podido contar con los fondos que antes dedicaba al mantenimiento de sus propiedades y que ahora, después de que el Gobierno belga aceptara la carta de donación de gran parte de sus tierras, castillos y palacios, han pasado a depender del erario público. Está tan contento del resultado de la operación que ha decidido hacer lo propio con el Congo: lo cederá al Estado y se quitará de encima gran parte de sus preocupaciones y también algunas deudas, y no pequeñas precisamente. Entonces Leopoldo lanza un profundo suspiro y comienza a escarbar con su mano derecha entre su larga y espesa barba (posiblemente se rasque el mentón).

La verdad es que la cuestión del Congo hace tiempo que le trae a mal andar. Por una parte, están esas difamaciones que se han orquestado en su contra. Le acusan de haber impuesto en la colonia condiciones de trabajo cercanas a la esclavitud, de cobrar impuestos abusivos, de permitir, e incluso de alentar, los malos tratos y hasta las mutilaciones de manos, piernas y orejas, de montar tribunales parciales e injustos, le atribuyen la organización de razias contra aldeas rebeldes, le hacen responsable del asesinato de miles, qué dice miles, hasta de millones de indígenas. Al parecer, todo el mundo se cree con licencia para lanzar sus dardos contra él, desde el más mediocre de los políticos, hasta todos esos periodistas y escritores de medio pelo; aunque el peor es ese maldito irlandés, ¿cómo se llama?, Casement, eso es, Roger Casement, él fue el autor de aquel informe cargado de infundios y calumnias que asegura haber redactado después de visitar diversas estaciones del interior del Congo. Y no dice que no haya algo de cierto en todo lo que allí se cuenta, al fin y al cabo abusos los ha habido siempre y los seguirá habiendo, ¿pero tantos y tan terribles como relata Casement?; no, eso no lo cree. Además, aunque así fuera, ¿qué tiene él que ver con todo eso, si ni tan siquiera ha puesto un solo pie en esa remota y salvaje tierra?

Leopoldo se remueve inquieto en su tumbona (parece incómodo). Qué lejos quedan aquellos años en los que presidió la Asociación Internacional Africana y fue tenido como benefactor de los negros, azote de esclavistas y defensor de la civilización y el progreso en el África más primitiva y salvaje. Qué lejos queda también el entusiasmo con el que se acogió en su país su ratificación como soberano del Congo tras la Conferencia de Berlín. Porque esa es otra. A la presión internacional ya de por sí insoportable, hay que sumar ahora las voces cada vez más numerosas y estentóreas que se elevan en su país para exigir la anexión del Congo por parte del Estado, como si todos los ingentes esfuerzos que se han tenido que llevar a cabo: la exploración del Congo, los acuerdos con los jefes de cada tribu, los convenios políticos y comerciales con las potencias europeas, la construcción de reducciones, iglesias y escuelas, la creación de la fuerza pública para garantizar el cumplimiento de las leyes y el orden, como si todo eso lo hubieran hecho ellos, como si a cada belga le correspondiera por derecho un pedazo de ese territorio… Pues muy bien, que se lo queden y que les aproveche. Pero eso sí, le van a tener que abonar hasta el último céntimo, eso por descontado.

Leopoldo estira las piernas al tiempo que se incorpora para descansar los riñones, y si no fuera porque sus manos llegan a tiempo, el libro que mantenía abierto sobre el abdomen hubiera ido a parar al suelo (y es que a sus setenta y dos años aún mantiene prestos los reflejos). Mira, de lo que no se queja es de su estado de salud en general; es más, hay días que se siente renacer. Está convencido de que eso se lo debe a su Très-Belle. La verdad es que nadie antes ha sabido hacer vibrar las cuerdas de su cuerpo de la manera en que ella lo hace, ni cuando era joven siquiera. De esto también despotrican. No pueden ver que la haya convertido en su amante y que se haga acompañar por ella allá donde él va, que la luzca sin recato alguno, que la colme de caprichos, que le haya otorgado la baronía de Vaughan. Esto último no se lo perdonan. Que le haya otorgado un título nobiliario a una plebeya, más aún, a una prostituta cuyas únicas habilidades conocidas se desplegarían en el lecho, eso les rebaja y les reconcome las entrañas, es lo nunca visto, un verdadero ultraje. Pero que se esperen esos puritanos, que ya verán lo que hace con los millones que el Estado le tendrá que abonar a cambio del Congo. ¿Un palacio?, dos, le comprará dos o tres palacios, y que le critiquen cuanto quieran. A sus setenta y dos años está de vuelta de todo y ya solo aspira a apurar cada segundo de vida junto a su Trés-Belle, su querida niña, su amor de estos años tardíos. Vivo, así es como se siente a su lado, así es como desea sentirse. Y sí, cada vez está más convencido de que ha sido un absoluto acierto haber adquirido la villa de Les Cédres.

El mar centellea a sus pies; Leopoldo bizquea, se estira y bosteza.

Coloniales (2)

Conferencia de Berlín (2/2)

(Del libro «Marco. Historia de un encuentro«)

La Conferencia de Berlín comenzó el 15 de noviembre de 1884 y finalizó el 26 de febrero de 1885. Fueron más de tres meses de debates y controversias, de propuestas y contrapropuestas, de malas palabras y también de buenas, meses de discusiones a cara de perro, «Pero modérense, señores, modérense, no se olviden de que estamos aquí para llegar a acuerdos», repetían los mediadores cada vez que las disputas subían de tono, «No olviden que es preferible un mal acuerdo a una buena guerra», remachaban los leguleyos cuando el tono de las disputas alcanzaba niveles inaceptables y peligrosos. Así es, se necesitaron cien días de tiras y aflojas para alcanzar un cierto consenso sobre la verdadera tarea que les había llevado hasta allí: repartirse África —claro que, si uno lo piensa: tantos ríos, tantas selvas, tanta riqueza, tantos intereses cruzados, tantos caminos imaginados, tantos sueños y proyectos…, convendrá en que la tarea requería su tiempo.

Sin embargo, más allá de los resultados específicos obtenidos, las mayores aportaciones de la Conferencia de Berlín fueron de naturaleza intangible. Por un lado, estaban los métodos utilizados para gestionar las discrepancias y poder alcanzar algún tipo de consenso. Por ejemplo, el tamaño del salón posibilitó dividir el espacio en dos ambientes: uno para las negociaciones de carácter político y otro para la discusión técnica y jurídica. Y aquella gran mesa con forma de “U” permitió a los representantes de las potencias invitadas mirarse a la cara en todo momento. O aquel enorme mapa de África, siempre a la vista de todos, facilitó que cada cual tuviera en todo momento presente sus posiciones de partida y pretensiones y los avances en las negociaciones. Pero con todo, el gran hallazgo de la Conferencia fue de carácter jurídico y espiritual y se lo debemos a los juristas James Lorimer y Franz Ritter von Liszt, los cuales plantearon la conveniencia de diferenciar entre pueblos civilizados, bárbaros o salvajes a la hora de establecer relaciones entre los mismos. Vamos a detenernos un momento en este punto y, para ello, tomaremos prestadas algunas palabras de José María Ridao que explican con claridad de qué va este invento. Veamos. Las normas que regirían las relaciones entre países civilizados serían las que estos pactaran libremente en virtud de su plena soberanía. En cambio, con los pueblos bárbaros —árabes y asiáticos mayormente— se establecerían acuerdos solamente en los asuntos en los que aquellos tuvieran alguna competencia. Y con los salvajes —los pueblos más retrasados en la escala de la civilización, entre los que se encontraban las poblaciones autóctonas del África negra—, el comportamiento de la metrópoli se ajustaría a los principios generales que inspiran el derecho humanitario. Lo cual venía a decir, simple y llanamente, que los pueblos salvajes no estaban capacitados para decidir por sí mismos, ni siquiera respecto a la tierra que les había dado cobijo durante siglos. O dicho de otro modo, África se convertía en una especie de res nullius, o cosa de nadie, es decir, en un continente sin dueño a merced de cualquier pueblo civilizado que siguiera las normas que las propias metrópolis pactaran entre sí. Lo cual no podía ir más en consonancia con el espíritu y el propósito de la Conferencia que no era otro que el de llegar a acuerdos entre gentes civilizadas a la hora de repartirse el continente.

No había duda, la Conferencia llegaba en el momento oportuno: con los últimos espacios en blanco del continente desvelados o a punto de serlo, con la malaria, si no vencida, sí al menos controlada, con la fuerza del vapor remontando el curso de los grandes ríos, con la opinión pública europea convencida de que la colonización constituía un deber civilizatorio, una empresa eminentemente filantrópica, con el firme convencimiento de que las inversiones no deberían tener límite, con los vientos de la civilización y del derecho de gentes a favor…, y claro, con el invento reciente de la ametralladora Maxim a favor también.

Así era. El tiempo de los exploradores: los Mungo Park, René-Auguste Caillié, Mary Kingsley, Livingstone, Speke, Burton, Stanley, y tantos otros, habría quedado atrás. Todas aquellas fantásticas aventuras: el descubrimiento de las fuentes del Nilo, la navegabilidad del río Congo y del río Niger, la exploración de los últimos desiertos, habían servido para que, en cada selva, en cada sabana, en los recodos de cada río, pudieran levantarse las estaciones comerciales, auténticos faros que alumbran el avance de la civilización, así les denominaban los periódicos de la época. De manera que había llegado la hora de los emprendedores, el momento de incrementar las inversiones y los rendimientos.

En definitiva, las potencias europeas poseían el impulso y ya solo restaba proceder de manera civilizada, sin necesidad de acudir a la fuerza militar que a nadie convendría, bastantes quebraderos de cabeza tenía cada cual en su propia casa, bastantes diferencias tenían por resolver entre ellos en la vieja Europa. Para eso montaron la Conferencia en la sede de la cancillería alemana. Para eso han estado negociando durante más de tres meses en el gran salón del viejo palacio Schulenburg —el mismo en el que Chopin interpretó sus nocturnos en tiempos del príncipe Anton Radziwill, el mismo que en un futuro próximo servirá de despacho a Adolf Hitler—. Para repartirse África. Para hacerlo de manera civilizada.

***

Es jueves. El día amanece gris y hay momentos en los que nieva de manera copiosa. La mañana va ya muy avanzada, cuando Otto von Bismark, en su calidad de anfitrión, inicia el discurso que habrá de servir de colofón a la Conferencia. El canciller celebra que se haya podido alcanzar el mejor acuerdo posible sobre los derechos de navegación en los ríos Níger y Congo, convirtiendo sus orillas en una zona comercial franca para las potencias europeas. El canciller celebra igualmente que se hayan aceptado las reivindicaciones de Leopoldo II y de esta forma se haya reconocido el Estado Libre del Congo. Además, se congratula por el acuerdo logrado entre franceses y británicos para dirimir de manera bilateral sus legítimas reivindicaciones, a condición, por supuesto, de no limitar los intereses comerciales del resto de naciones. Ensalza también el acuerdo alcanzado respecto a la prohibición del comercio de esclavos. Pero sobre todas las cosas —y entonces el tono de voz del canciller se vuelve grave y solemne— celebra que se hayan sentado las bases para solventar futuras reivindicaciones que pudieran surgir sobre cualquier territorio y que, resumiendo, deberán ajustarse a los siguientes criterios: a la firma de tratados con los poderes locales, a la efectiva ocupación del territorio en cuestión, a la capacidad para proteger a los europeos que en él residan y, por último, a la plena garantía de que se permitirá el libre comercio en su seno. Además —añade sin cambiar de tono de voz—, los contenciosos suscitados entre dos potencias habrán de resolverse mediante convenios bilaterales. Y tras reafirmar que se han sentado las bases para que la empresa colonial se desarrolle de manera civilizada, Otto von Bismark da por finalizada su alocución. Y todos los presentes prorrumpen en aplausos y en exclamaciones de aprobación y contento.

Fuera, en la Wilhelmplatz, frente a la residencia oficial del canciller, la nieve se ha ido acumulando sobre los coches oficiales —todos ellos señoriales e impolutos, tirados por dos o más caballos, a cada cual más moderno y mejor acabado—. Ya salen. Todos elegantísimos, los unos con sus uniformes militares repletos de medallas, los otros con sus abrigos largos y sus sombreros de copa. Todos cruzan el patio a paso lento y, sin cambiar el paso, todos desaparecen en el interior de sus respectivos coches. La Conferencia de Berlín ha terminado.

Coloniales (1)

Conferencia de Berlín (1/2)

(Del libro «Marco. Historia de un encuentro«)

El día amanece frío y gris y una cortina de lluvia lo empapa todo. Sin embargo, en la Wilhelmplatz, frente a la residencia oficial del canciller Otto von Bismarck, y desde muy temprano además, se ha venido desplegando una inusitada actividad. Los primeros coches en llegar eran simples carruajes tirados por un solo caballo, pero luego, a medida que el día ha ido avanzando, los coches se han vuelto cada vez más señoriales y elegantes, todos ellos tirados por dos o más caballos, a cada cual más cómodo y fiable, de una gran perfección técnica y magnífico acabado todos ellos. Estos que ahora llegan se detienen ante la verja que defiende el acceso al patio del antiguo palacio Schulenburg que ahora alberga la sede de la cancillería del imperio alemán. Del interior de esos carruajes se apean unos caballeros elegantemente ataviados, los unos con uniforme militar y cargados de medallas, los otros con abrigos largos y sombreros de copa. Todos cruzan el patio a paso lento, todos desaparecen en el interior del edificio sin cambiar el paso. Hoy sábado, 15 de noviembre de 1884, dará comienzo la Conferencia de Berlín.

***

Son veinte hombres —sin contar, claro está, a los subalternos que les acompañan, abogados y hombres de negocios mayormente, ni a los delegados de las asociaciones filantrópicas, misionales, culturales o colonialistas que han sido invitados como observadores—. Todos ellos, sin excepción, cargan una pesada carga a sus espaldas, hay es nada tener que representar a sus respectivos países e imperios y defender sus intereses. De esos veinte hombres, diecisiete encarnan a doce potencias europeas: el Imperio alemán, el Imperio austrohúngaro, Bélgica, el Reino de Dinamarca, el Reino de España, Francia, el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda, el Reino de Italia, el Reino de Portugal, Países Bajos, el Imperio ruso y la Unión entre Suecia y Noruega. Dos más representan a los Estados Unidos de América, potencia emergente que muestra un interés tímido, pero creciente, sobre los asuntos coloniales del continente africano. El que hace el número veinte, y no por ser citado el último es por ello menos importante, viene en representación del Imperio Otomano que, como todo el mundo sabe, se extiende por el norte de África, el Próximo Oriente y los Balcanes. Como puede verse, ningún reino, imperio o país africano ha sido invitado.

Los veinte hombres se han despojado de sus gabanes y sombreros y ahora se dirigen hacia la enorme puerta que da acceso al gran salón en el que tendrá lugar la Conferencia, el mismo en el que Chopin interpretó, en tiempos del príncipe Anton Radziwill, sus nocturnos más celebres, el mismo salón que, años después, habrá de convertirse en uno de los despachos de Adolf Hitler. La puerta del salón se abre y los invitados comienzan a entrar, de uno en uno, siguiendo el estricto orden que marca el protocolo. Dentro les espera Otto von Bismarck.

Todo resulta allí solemne y hasta majestuoso: el entrechocar de los talones, las inclinaciones de cabeza, los apretones de manos, los amplios ademanes… La mesa en la que tendrán lugar las negociaciones es enorme y tiene forma de “U”, también el mapa del continente africano que cuelga de una de las altas paredes es enorme, al igual que las alfombras que cubren los suelos —más adelante, cuando Hitler tome posesión del salón, mandará retirar esas alfombras para dejar al descubierto el suelo pulido y deslizante; de esta manera, los políticos, dignatarios y diplomáticos extranjeros que entren a su despacho comprenderán que el mundo ha cambiado, que se han acabado los equilibrios de siempre, que su posición es precaria y resbaladiza, y que el único punto de apoyo que el mundo conocerá a partir de entonces será el del reconocimiento de la supremacía aria.

Ya están todos sentados. Ha llegado el momento de los discursos de bienvenida. Otto von Bismarck recuerda que han sido convocados para discutir y acordar las medidas que han de presidir la misión civilizadora en el continente africano. Y tomando aire, asegura que es necesario respetar los más elementales preceptos humanitarios, y para ello, añade, es conveniente proseguir la lucha contra el tráfico de esclavos, así como limitar el comercio de armas y el de bebidas alcohólicas e impulsar la imprescindible labor evangelizadora. Entonces Otto von Bismarck, sin cambiar de tono de voz, desliza que también será preciso abordar algunos litigios y malentendidos sobre determinados territorios y estaciones comerciales. Además, y esto a petición de su buen amigo Leopoldo II de Bélgica, les recuerda que será preciso tratar diversos aspectos relativos a los derechos de navegación y comercio a través del río Congo y, ya puestos, también sobre los del río Nilo, el Níger y el Zanbeze. Y a todos los presentes les habrá parecido bien, pues asienten con sus cabezas y dejan escapar murmullos de aprobación y contento.

Hay tanta camaradería en esa mesa…, que nadie diría que, apenas dos décadas antes, el mismo Bismark se las ha tenido tiesas con Dinamarca, con Austria y con Francia; o que Rusia y el Imperio Otomano llevan tiempo a la gresca; o que el propio Imperio Otomano no sepa ya qué lado de su imperio defender; o que el Reino Unido vaya perdiendo los nervios a medida que pierde poder y mercados; o que el imperio Austro-Húngaro sienta sus pilares tambalear; o que la unión entre Suecia y Noruega esté cosida con alfileres… Se les ve tan contestos y felices que nadie imaginaría que están allí para plantear reivindicaciones y exigir derechos más o menos legítimos respecto a la misión civilizadora que cada cual viene desarrollando o pretende desarrollar en el continente africano. Por ejemplo, la Asociación Internacional Africana, esa sociedad filantrópica promovida por Leopoldo II y financiada por grandes fortunas europeas, pretende hacer valer sus derechos sobre los vastos territorios que recorre el río Congo, aunque tampoco hay por qué preocuparse, al fin y al cabo la Asociación se muestra dispuesta a permitir, e incluso impulsar, el libre comercio por el río. Por su parte, el Reino Unido lo quiere todo. Y los franceses también lo quieren todo. Y los alemanes, ahora que se han unido y son un imperio con su káiser y todo, se muestran dispuestos a reclamar un lugar bajo el sol. Ni tampoco le tiene por qué extrañar a nadie que el Imperio Otomano acuda cargado de razones, no en vano sigue siendo un imperio y no se va a dejar arrebatar sus posesiones así como así. Y tampoco es raro que los italianos aspiren a alcanzar su lugar bajo el sol. ¿Y los portugueses?, los portugueses llevan más de doscientos años varados en sus posesiones de siempre sin habérseles permitido avanzar ni un ápice, y no hay derecho, al menos que les oigan, qué menos que eso. ¿Y los españoles?, ellos bastante tienen con intentar conservar Cuba, Puerto Rico, las Filipinas y sus posesiones en el norte de Marruecos; si acaso intentarán mejorar su posición en el protectorado de Guinea, con eso se darían con un canto en los dientes. ¿Y los americanos?, ellos más que nada han venido como oyentes, así que no hay cuidado. ¿Y el Imperio ruso?, ellos están más interesados en estabilizar sus fronteras en Europa y alargarlas por Asía, así que África no constituye una prioridad, pero bueno, si les han invitado tampoco era cuestión de hacer un feo. Se les ve tan contentos, felices y despreocupados que nadie diría que están allí dispuestos a repartirse el continente africano a cara de perro. (Continuará).

Tensa espera

Los primeros rayos de sol despuntaron por detrás de las cumbres azules e incendiaron las cimas del otro lado. Después, por esa misma esquina, el cielo se fue tiñendo de naranja, y la luz comenzó a descender lentamente a lo largo de la montaña partiéndola en dos: una parte era luz y la otra sombra.

Aguardabais, tal vez imaginando que amanecíais en un planeta lejano en el que nada de lo que allí estaba ocurriendo, todo aquel horror, toda esa barbarie, podría suceder jamás.

***

Copio aquí una vieja entrada que algún tipo de parentesco tiene con la actual. Dice así:

Apoyado en un árbol parece descansar de la larga caminata que le habrá traído hasta aquí, tan lejos de «aquello».

Sin embargo, bastaría con acercarse un poco y modificar el ángulo de visión para descubrir el charco de vísceras y sangre que se extiende a sus pies. Creo que lo sospechas y que por eso bajas la mirada y aceleras el paso. No quieres ver, no al lado de tu casa. Tan lejos de «aquello» parecía.

El agujero

Aquellos días no eran como los de la Navidad o los de la Semana Santa que aparecían en rojo en el calendario. Y sin embargo, su llegada ponía el mundo patas arriba.

Me recuerdo de niño y me veo en el campo del Frontón, vigilando la llegada de los camiones que traían las tablas con las que montarían la plaza de toros. Era la primera señal, la sirena que anunciaba la llegada de aquellos días. De pronto, el epicentro del mundo se trasladaba al Frontón y dejaban de interesarme las cosas que hasta ese momento me interesaban, ni siquiera bajar al río para bañarme me importaba. Ya solo pensaba en corretear en torno a la plaza de toros que iba creciendo, entre la carpa del circo que iba creciendo también, entre la pista de los autos de choque y las barracas del tiro al blanco y la tómbola y la churrería que iban ocupando su lugar, bajo la música que surgía de los megáfonos, ante los rostros renegridos y peligrosos de los barraqueros. La verdad es que ese crío parecía tener azogue en el cuerpo o la enfermedad de san Vito, así de excitado me recuerdo.

Luego las fiestas comenzaban, y era el olor a churrería y el color rojo de las manzanas cubiertas de caramelo y la nube de algodón pegada a la punta de la nariz y el tesoro de las fichas de colores de los autos de choque en el bolsillo y las cadenetas del tiovivo desafiando las leyes de la gravedad y el tren de la bruja y su túnel encantado y la muñeca para la señora y la botella para el caballero y la música de las barracas y el baile junto al quiosco a la caída de la tarde… Pero las fiestas de mi pueblo tenían plaza de toros y por eso tenían, además, el olor que surgía de los toriles y el desfile de los toreros vestidos de luces de camino a la plaza acompañados por los caballos y las mulillas y los pasodobles que interpretaba la banda de música y los gritos de la gente durante la corrida y el agujero. Sobre todo tenía el agujero. Os hablaré de él.

El agujero se escavaba en una de las esquinas del campo del Frontón, a cierta distancia de la plaza de toros, bastante grande y profundo, y siempre estaba tapado con pesados maderos. Aquel agujero actuaba sobre mí como un agujero negro, por lo que no era raro verme merodear en torno a él, con la mirada fija en aquellos tablones. Entonces, en mi imaginación, los tablones desaparecían y sonaba la música que se toca al final de la faena y se abría la puerta de la plaza y salían las mulillas conducidas por dos hombres vestidos de blanco arrastrando al toro que acababan de matar. En mi imaginación, el toro venía cubierto de sangre, con los ojos muy abiertos y la lengua colgando de la boca, dando grandes cabezadas, lo arrastraban hasta el agujero y, una vez allí, le quitaban las cadenas con las que venía amarrado, así las mulillas podían regresar a la plaza para volver a sacar al siguiente toro cuando le mataran. En mi imaginación, un hombre con un enorme cuchillo en la mano se acercaba al toro que acababan de traer y le hacía un gran tajo en el cuello, luego otro hombre se encaramaba sobre el animal y hacia fuerza con su propio peso para que la sangre saliera por el tajo y callera, espesa y muy roja, al interior del agujero negro y profundo. E imaginaba los ojos muertos del toro y su lengua blanca y muerta, y el olor a matadero se esparcía por los alrededores, y las moscas zumbaban en torno al agujero. Y así un toro y otro toro. Y así un día y el siguiente. Todo eso imaginaba, y de ese modo ocurría dos veces: una en mi imaginación y la otra delante de los ojos de mi cara.

¿Qué porque os cuento todo esto?, la verdad es que no lo sé. He llegado a considerar dos o tres razones entre las que poder elegir para así poner punto final a esta historia. Pero me parece que lo dejaré aquí. Final abierto creo que se llama.

Tres mujeres

La rusa vivía al otro lado de la calle, justo frente a la casa de mi abuelo. Cuando surgía por la boca del portal arrastrando con su escoba la broza hasta el centro de la calle, dejábamos de jugar y nos quedábamos mirándola muy fijamente, en silencio. Ella nos sonreía entrecerrando los ojos y tampoco decía nada, o, si lo hacía, eran palabras que no se entendían. Luego desaparecía por el portal para regresar a la buhardilla en la que vivía, y yo la imaginaba subiendo el último tramo de escaleras, estrecho y muy empinado -subir esas escaleras conteniendo el aliento y bajarlas a la carrera dando gritos de miedo y emoción tras golpear la puerta de la buhardilla, era una de nuestras aventuras preferidas.

La llamaban “La rusa” porque había vivido en Moscú, que es la capital de Rusia, un país que por aquel entonces nos parecía aún más grande y lejano de lo que hoy nos parece. Cuando le pregunté a mi madre, me dijo que la rusa era muy niña cuando tuvo que irse a vivir tan lejos: «Tendría tu edad o puede que fuera más pequeña», me contestó. Y claro, a mí me aterraba la idea de que mis padres se desentendieran de mí y me enviaran a Rusia o a América, y por eso no volví a preguntar por ella.

Pero no era raro oír hablar de la rusa. Por ejemplo, en mi casa se decía: «Pobre mujer. Lo que habrá tenido que pasar. Hambre. Hasta hambre habrá pasado», aunque luego Javi, un amigo de mis primos, asegurara que en Rusia no había hambre, que todo el mundo estudiaba el bachiller y que muchos iban a la universidad. También se decía que en Rusia hacía mucho frío, que había muchos comunistas y que hacían la señal de la cruz al revés. Pero a mí todo aquello no me importaba. Yo solo pensaba en la rusa de niña y la imaginaba en una gran fila esperando a subir al barco que la llevaría hasta la otra punta del mundo, lejos de sus padres. Por eso, cuando aparecía arrastrando broza con su escoba hasta el centro de la calle, yo me quedaba muy quieto, mirándola en silencio, aguantando la respiración.

***

Vivía detrás de la iglesia, en una de esas casas de fachadas tristes alineadas a lo largo del curso del regato, fuera del círculo de luz, a extramuros. Cuando me topaba con ella, mi mirada se agarraba a sus caderas y la seguía hasta que se perdía de vista. Luego su imagen permanecía en mi cabeza durante uno o dos días. Y así siempre.

Aún hoy, la cubana es esa mujer de enormes caderas y enorme culo en movimiento, de rostro redondeado y tostado, de gruesos labios y pelo ensortijado con forma de coliflor. Que por aquel entonces corrieran las habladurías en torno a ella, carecería de importancia para mí (en el tiempo del misterio, el de la cubana sería uno de tantos).

Ya digo, la imagen de la cubana sigue grabada en mi memoria, formando una determinada configuración de conexiones neuronales que me trae aromas de mi niñez. De ahí que su recuerdo permanezca indeleble, como mi rostro reflejado en los cristales de los escaparates, como aquel perro que acompañaba mis caminatas, como los bancos de la plaza húmedos de lluvia.

***

Venía todos los años de vacaciones y parecía Fabiola Fernanda María de las Victorias Antonia Adelaida de Mora y Aragón -a la sazón reina consorte de los belgas tras su matrimonio con el rey Balduino de Bélgica- recién salida de una de esas revistas que a mi tía tanto le gustaban. Siempre traía algún detalle para la familia, y siempre, siempre, un paquetito de caramelos de colores para mí y para cada uno de mis primos. Además de los caramelos, recuerdo sus peinados y sus vestidos, tan diferentes a los de las mujeres del pueblo. Pero sobre todo, recuerdo la atmósfera que dejaba tras de sí al despedirse: «Me alegra haberos visto tan bien», decía regalándonos una de esas sonrisas llenas de dientes y carmín. Se iba la belga -la llamábamos así porque vivía en Amberes, que era una ciudad de Bélgica muy bonita y elegante, desde luego nada que ver con la ciudad de hierro y carbón que por aquel entonces era Bilbao- y el aire comenzaba a colmarse con nuestros suspiros y sobreentendidos hasta volverse pesado, irrespirable.

No nos gustaba la belga. Ni siquiera le gustaba a mi tía que de niña había sido su amiga. Era su forma de hablar, de reír, de moverse. Y, sobre todo, era lo que decía: «Es cierto: aquí hay paz y seguridad, y eso es mucho. Pero el mundo está cambiando tanto, y es tan emocionante…», afirmaba arrastrando las palabras. Luego, cuando se iba, el salón en el que la recibíamos se nos volvía antiguo, gastado, propio de una realidad encerrada en sí misma, al margen del mundo moderno -que era como por aquel entonces se llamaba a las modas y acontecimientos que nos llegaban a través de la pantalla del televisor-. Y nosotros, envueltos en esa atmósfera de pesadumbre que crecía con cada respiración y que tanto tardaría en disiparse, también nos sentíamos gastados, al margen de la modernidad.

La belga nos visitaba cada verano.

No recuerdo que la rusa pusiera un pie en la casa de mi abuelo. Tampoco la cubana.

La historia de mi padre

LaHistoriademiPadrePara adentrarse en este rincón del norte es preciso hacerlo por valles encajonados entre montañas, y para ensanchar la mirada es necesario ascender hasta lo alto de una de ellas, pues aquí, en este rincón del norte, no cabe ni un monte más. Por eso, se convencieron de que la línea defensiva que iban a construir sería inexpugnable: ochenta kilómetros de acero, cemento y hormigón, innumerables trincheras y túneles, una gran obra de ingeniería, el orgullo de todo un pueblo, banderas al viento y todo eso…

A la Compañía de mi padre la destinaron a una apartada sección de aquel cinturón aún en construcción, únicamente cielo sobre sus cabezas y el mar a sus pies. ¿A quién se le podía ocurrir atacar por allí?, se preguntaban mientras la rutina de las guardias, el rancho y las partidas de cartas se instalaba en el lugar. Si no fuera por el dolor de huesos y los piojos…

Pero uno de esos días, al atardecer, aparecieron unos puntitos en el cielo que se fueron haciendo más y más grandes a medida que se acercaban. Eran aviones. Y los aviones descendieron, soltaron sus bombas y sus granizadas de ametralladora y, seguido, remontaron los aires con la gracia de un halcón peregrino y desaparecieron. Así una y otra y otra vez durante dos largos días en los que el dolor de huesos y los picotazos de los piojos pasarían a un segundo plano. La tierra temblaba, el aire temblaba, los hombres temblaban…

Y aquella línea supuestamente inexpugnable, ochenta kilómetros de acero, cemento y hormigón, con sus innumerables trincheras y túneles, el orgullo de todo un pueblo, se desmoronó al segundo día como si de una hilera de fichas de dominó se tratara. Y se dieron las órdenes de retirada. La Compañía de mi padre aún no había llegado al pie de la montaña, cuando sonaron los primeros disparos. Entonces fue la desbandaba. Mi padre tiró el fusil –¿importa saber si lo hizo antes de toparse con los moros o si lo arrojó al suelo al verse encañonado por uno de ellos?–, levantó las manos y se preparó para lo peor. Pero el moro que le encañonaba sería un moro bueno –¿importa saber si también era un buen mahometano?–, pues, en lugar de disparar, condujo a mi padre hasta la carretera: «Aquí, tú», le dijo señalando el grupo de soldados que se iba formando en una de las cunetas.

Mi padre acababa de convertirse en prisionero de guerra.

***

Formando una larga fila carretera adelante, arrastrando los pies y el alma… Así llegaron al campo de prisioneros.

Del campo mi padre recordaba dos cosas. Una era el miedo. Se trataba de un miedo diferente al de las trincheras, menos fiero, menos intenso, pero más íntimo, más suyo y, por lo tanto, inconfesable. Era el miedo a ser señalado y castigado, era el miedo a que las faltas de los demás cayeran sobre su cabeza, era la temible certeza de estar a merced de la fatalidad. Es cierto, en el campo de prisioneros el castigo podía suponer la muerte, pero en esencia se trataba del mismo miedo que conoció en la escuela. Por eso sabía cómo entenderse con él. Desempeñaría su viejo papel y sería ese tipo despistado y retraído que vagaba por el campo sumido en sus pensamientos. De este modo, a ojos de sus compañeros de infortunio, la angustia de su miedo, sordo y profundo, su mansedumbre, serían simples contornos de su vasto mundo interior, ojala ellos dispusieran de semejante refugio, quién pudiera… La segunda cosa que mi padre nunca pudo olvidar d fue el hambre. En aquel lugar, el hambre era la lata de sardinas y el chusco de pan que les repartían para todo el día, era la administración de ese chusco –unos lo devoraban y otros, entre ellos mi padre, le daban un mordisco y guardaban el resto en el bolsillo para ir comiéndolo poco a poco, proporcionándose, de esta manera, la tortura de la desesperante espera–, era la búsqueda obsesiva de cualquier cosa que pudiera servir para aplacar el hambre insaciable. El hambre era el vacío interior y era el todo interior. El hambre era el perpetuo presente, era cada rincón del campo, era cada paso, cada palabra, cada respiración. Todo lo que hacían y decían (aunque nadie hablara allí del hambre) venía dictado por él. El hambre suponía, a la postre, la pérdida de cualquier atisbo de dignidad –curiosa palabra esta de la dignidad cuando el hambre se enrosca en las entrañas y las aprieta con todas sus fuerzas, que son muchas, que son todas–. Miedo y hambre: la argamasa de los días y de las noches, la de sus recuerdos en aquel lugar de pesadilla…

¿Cómo olvidar aquel incidente? ¿Cómo recordarlo sin sentir la dentellada del animal que todos llevamos dentro, el escalofrío de saberse animal? Ocurrió al mes de su llegada –para entonces mi padre ya era aquel tipo reconcentrado y solitario en el que nadie reparaba.

Aquella mañana, el encargado de repartir la lata de sardinas y el chusco de cada día denunció el robo de varias barras de pan y de otras tantas latas de sardinas. Al anochecer, tras el toque de retreta, el suboficial que pasaba revista paseo su miraba por encima de las filas, en silencio, para que el nerviosismo fuera creciendo entre los prisioneros -aquello no pintaba bien: estaba claro que algo había ocurrido y, fuera lo que fuese, ellos pagarían las consecuencias-. Un largo tiempo después, hizo su aparición el capitán del campo. No se anduvo por las ramas y, tras dar a conocer el motivo que le llevaba a dirigirse a ellos, les hizo saber que, en tanto en cuanto no saliera el culpable o los culpables del hurto, allí se quedarían, «hasta el juicio final si es necesario», puntualizó sin modificar el tono neutro de voz que había empleado a lo largo de su breve alocución. La noche cayó sobre el campo y las filas se cubrieron de oscuridad, al tiempo que los murmullos crecían entre ellas. «Ni una puta palabra, no quiero oír ni una puta palabra», tronaba el suboficial exigiendo silencio. Los murmullos se apagaban, pero, al rato, volvían a reavivarse. Y mi padre temblaba en la noche, más por miedo que por frío. Antes de que saliera el sol, el nombre del supuesto culpable ya corría de boca en boca: «Lucio. Ha sido Lucio». Y a pesar de que muchos, entre ellos mi padre, sabían que Lucio era inocente -pues se había pasado todo el día junto a las letrinas por haber comido desperdicios de la basura-, guardaron silencio. Y Lucio fue sacado de las filas y, al rato, se ordenó el rompan filas.

Así se las gasta el miedo. Así se las gasta el hambre. Así se las gasta la memoria (dicen que solo recordamos las condenaciones).

Mientras tanto, la guerra continuaba y los campos de prisioneros no daban más de sí. Había que hacer sitio a los nuevos vencidos y, para ello, se aceleraron los procesos de clasificación. Los presos considerados “desafectos” eran juzgados y aquellos que no habían tenido mando o no habían militado en ningún partido político o agrupación sindical se incorporaban a los batallones de trabajo.

Mi padre fue destinado a un batallón con base en un campo cercano al frente de Teruel.

***

Mi padre cargó con su miedo y con su hambre y puso su vida en manos de Dios (que sería su manera de conjurarse en el afán de sobrevivir). ¿Le alcanzarían las fuerzas, le alcanzaría el valor y la inconsciencia para resistir en aquel mundo de pesadilla? Mi padre rezaba…

Pero resulta que el mundo es un enigma, una caja de sorpresas. A veces es así, en ocasiones ocurre. Más o menos sucedió de esta manera:

La compañía a la que pertenecía mi padre regresaba al campo tras haber realizado diversos trabajos de fortificación en el frente, cuando la noticia empezaba a correr por los barracones: la comandancia del campo requería los servicios de un oficinista que dominara el oficio y los necesitaba de marera urgente; «Absténganse quienes carezcan de capacidades, pues serán enviados a cavar trincheras», rezaba la amenaza que remataba el anuncio. Y como mi padre había cursado estudios de comercio en los Maristas de su pueblo, no dudó en presentarse. La prueba se celebró en uno de los barracones que servían de comedor y se presentaron doce aspirantes -«una docena de lechuguinos», en palabras del cabo furriel encargado de supervisar el traslado e instalación del mobiliario y el material necesarios para la prueba-. En primer lugar, los doce aspirantes, sentados en mesas corridas, realizaron dos dictados. Con el primero se evaluaría la ortografía y la caligrafía de cada candidato y, para ello, el propio comandante leyó con voz de barítono el contenido de un breve oficio al uso: «En contestación a su escrito número 252 de fecha 18 del corriente, le manifiesto que Fernando Ramírez Andel no figura en el fichero de este campo». El segundo de los dictados tenía como finalidad valorar la rapidez de cada escribiente; y aquí fue donde mi padre, ducho en la técnica de la taquigrafía, destacó sobre sus rivales. El tercer y último ejercicio consistía en una prueba de mecanografía en la que se tomarían tiempos y se valoraría la limpieza de los escritos y el número de los errores cometidos. Para realizarla, los aspirantes fueron pasando de uno en uno ante la máquina de escribir para copiar el contenido de una hoja que se encontraba al lado de la máquina -mi padre recordaba perfectamente que lo hizo en cuarto lugar-. Cuando terminó de escribir, el comandante no tenía dudas: había encontrado a su hombre.

Y así fue como mi padre dejó atrás el traqueteo de los cañones y las ametralladoras e ingresó en el selecto y arcano universo de la burocracia militar donde reinaba el de las máquinas de escribir con sus: “Dios guarde a usted muchos años”, y sus: “Años de la Victoria”, y sus: “Por la presente”, y sus: “Excmo. Sr.”, y su larguísimo y altisonante etcétera. Y dio gracias a Dios. Y también a los Hermanos Maristas que le habían educado, regla en mano, en el esfuerzo y el amor al trabajo.

***

La vida en la oficina transcurría entre cartas, oficios, circulares, minutas, acuses de recibo, comunicados varios, autorizaciones, agradecimientos, felicitaciones y memorándums, ocupándole toda la mañana y buena parte de la tarde. Después salía al patio, hablaba con este o con aquel o con ninguno, más tarde se acercaba al comedor a por el plato de sopa aguada y ya, por fin, tras la retreta y el pase de lista, esperaba el toque de silencio para abandonarse al sueño. Así, día tras día. La guerra pasaba a su lado casi sin sentir…

Fue en uno de esos días cuando conoció a Jaime –hasta entonces era una cara anónima, uno de tantos rostros consumidos por el hambre y la fatiga–. Lo encontró sentado en su banco (por estar expuesto a las miradas de la gente, aparte de mi padre, nadie solía ocuparlo). Mi padre lo saludó y se sentó a su lado. Jaime rompió el silencio: «¿Puedo pedirte un favor?», le preguntó sin mirarle. Y como mi padre asentiría o guardaría silencio, continuó: «Si llegara una orden de traslado a mi nombre…, cuando llegue… ¿Podrías avisarme? Me llamo Jaime. Jaime Ruiz Berrocal». Mi padre no vería inconveniente y accedió. Luego, cuando leyó en su ficha que el tal Jaime Ruiz Berrocal figuraba como “desafecto” por haber estado afiliado a la CNT y que le habían incluido en el grupo “C” de los individuos responsables de delitos de traición, rebelión y actos de hostilidad contra las tropas sublevadas, posiblemente se arrepentiría; pero había dado su palabra y no tendría valor para romperla. Eso sí, mi padre calificaba a Jaime como un tipo prudente, pues no volvió a sentarse en el banco y evitó en todo momento cruzar palabra con él.

Por fin llegó a la oficina la orden de traslado a la prisión provincial del recluso Jaime Ruiz Berrocal para ser sometido a juicio, “Dios salve a España y guarde a Vd. muchos años”, finalizaba la misiva. Tal y como había prometido, esa misma tarde mi padre se lo comunicó a Jaime: «Será el próximo lunes, de aquí en cuatro días». Jaime palideció: «Esos hijos de puta me fusilan, seguro. Tengo que escapar», dijo. Mi padre le miró espantado: «¿Te has vuelto loco, o qué? En cuanto te acerques a la alambrada los moros te pegan un tiro». Pero Jaime estaba decidido: «Abandonar el campo no es difícil, con este frío los moros se arrebujan en sus mantas y se hacen los dormidos para no sentirlo, me he estado fijando. No, lo difícil es burlar las patrullas de ahí fuera. En cuanto comprueben mi falta, se lanzaran detrás de mí como perros… Pero debo intentarlo: no puedo quedarme aquí». Si pudiera ayudarle, si estuviera en mi mano, pensaría mi padre… Dice que se le ocurrió en ese mismo instante: eliminaría su nombre de la lista de reclusos, y así, no le echarían en falta durante los recuentos. «¿Cuántos días necesitas para cruzar las líneas y llegar al otro lado?», le preguntó. «Dos días. En dos días cruzo el páramo y ya me han visto».

Y lo hizo. Mi padre retuvo la orden y quitó el nombre de su amigo de la lista. Tres días después puso la orden en el casillero y volvió a incluir el nombre de Jaime en la lista de prisioneros. Esa misma noche se descubría su falta. Pero, cuando salieron en su busca, Jaime ya se habría puesto a salvo.

Dicen que solo recordamos las condenaciones, que la absolución no tiene memoria. Pero no siempre es así.

***

La vida en la oficina continuó hasta el fin de la guerra –mi padre aseguraba que no pegó ni un solo tiro en toda la contienda y a mí no me cuesta ningún esfuerzo creerlo–. Al terminar la guerra, tuvo que repetir el servicio militar –así de cruel se mostró la Victoria, así de miserable– donde volvió a desempeñar su oficio de oficinista. Se licenció y entró a trabajar en el ferrocarril como oficinista –¿de qué si no?–. Luego se casó y nací yo.

Esta es la historia de mi padre. La que jamás me contó.

Mañana me largo

manana-me-largoHace días que no salimos de este lodazal inmundo y créeme si te digo que la flora de mis pies nada tiene que envidiar a la del mejor intestino grueso. Pero se acabó. Mañana mismo cojo uno de esos aviones biplaza y me largo de aquí. Me tientan los desiertos de la tierra. El Sahara sin ir más lejos. Dios, me muero por cruzar el desierto del Sahara y alcanzar la presa de Asuan. ¿Puedes imaginarlo?: sentarte sobre uno de sus enormes aliviaderos con las piernas bien estiradas para que el sol de la justicia divina caliente tus pies. Sueño con el ronroneo del aire acondicionado y con bebidas frías, con sombreros de ala ancha y con la sombra de los parasoles. Sí, no pongas esa cara. Mañana mismo abandono esta trinchera. Alquilaré una jaima, la plantaré al pie de un mar de dunas y saldré todos los días a pasear descalzo sobre la arena incandescente, las partículas doradas rodando entre los dedos de mis pies, su áspera y ardiente caricia, el calor, el fuego, el aire seco y abrasador, litros y litros de té azucarado y caliente corriendo por mis venas… Dios. Me lo imagino y siento como se me eriza el vello de los brazos bajo las mangas mugrientas y húmedas del capote. Me voy. No aguanto ni un día más en esta apestosa trinchera. Embarcaré en uno de esos cruceros que navegan los mares, ya sabes: camarotes espaciosos y luminosos, todos equipadísimos y muy limpios, piscinas, jacuzzis, gimnasios, espectáculos de todo tipo, combinados multicolores a toda pastilla, cenas de gala, pistas de baile, amaneceres dorados y puestas de sol resplandecientes, la suave brisa marina, la hostia en verso… O mejor. Cogeré un avión transatlántico y me plantaré en la Argentina. Una vez allí, echaré a andar entre el polvo y las piedras desnudas, entre arbustos y matas espinosas, siempre hacia el oeste, sin perder el rumbo, a cada paso más y más lejos de la Pampa húmeda, y cuando me encuentre frente a los Andes, los cruzaré en uno de esos aviones que flirtean con las cimas de los nevados. Dios del cielo, ¿te lo imaginas?: el norte grande de Chile, su gran desierto de Atacama, tierra de promisión, sin un puto charco a la vista, siempre en camino, siempre en busca del amor ardiente, recolectando a manos llenas la felicidad cálida y dorada que pende de las ramas de los árboles de secano. Puedes jurarlo. Las balas que silben mañana ya no lo harán para mí. Mañana mismo me largo.

Desertores de todos los ejércitos. Desertores de todas las contiendas.

Desertores de la obediencia ciega y de la única verdad. Desertores de la mentira por montera y del cinismo por montera. Desertores de la superioridad moral y de la relatividad moral. Desertores de cualquier religión. Desertores de cualquier patria.

Desertores por amor. Desertores por vocación. Desertores por cobardía manifiesta. Desertores por hambre, frío o calor. Desertores por tierra, mar y aire. Desertores porque sí y porque no. Desertores por error. Desertores por sistema.

Desertores compulsivos. Desertores ilustrados. Desertores sin estudios. Desertores extraordinarios. Simples desertores…

Yo os celebro y os abro el corazón (Solo quien piensa, deserta).

Memorial

MemorialComo todos los días, Salvador se sienta ante la pantalla del ordenador. Y las noticias comienzan a pasar a la velocidad acostumbrada. Suenan viejas melodías. La mañana inicia su curso a través de sus meandros.

Sin embargo, ese día: lunes, 15 de enero de 2029, la mañana se detiene a las ocho menos dos minutos. Salvador ha clavado sus pupilas en una breve reseña: “El Consorcio europeo para la reconciliación en la Franja anuncia la inmediata inauguración del Centro Memorial en recuerdo a las víctimas de la contienda”. La mente de Salvador se recoge sobre sí misma y da un salto sideral.

Ha saltado hasta marzo de 1998, o puede que fuera abril, Salvador se encuentra en el patio del instituto jugando un partido de baloncesto, José se le acerca en el descanso y aunque apenas han hablado un par de veces le invita a una salida de fin de semana, vamos a sacar fotos y he pensado que a lo mejor te apetece venir, le dice (suele ocurrir así: sus viajes siderales comienzan por el principio y luego continúan a través del espacio temporal donde dormitan los recuerdos). Recuerda fines de semana en la montaña o en el mar: José dispara su cámara digital sobre todo lo que se mueve o permanece quieto, recuerda aquella larga etapa en la que dejaron de verse: él cursa la carrera de Traducción e Interpretación en la capital y José trabaja de fotógrafo para periódicos, revistas y agencias de publicidad, recuerda su vuelta a casa y el rencuentro con su amigo: él llega con un título bajo el brazo, José tiene una cartera repleta de clientes exigentes, recuerda su matrimonio y su posterior divorcio, recuerda los años de intenso trabajo, ahora es todo un referente en el mundo de los audiovisuales, recuerda que José siempre estuvo allí, en la distancia, a su lado, recuerda aquella llamada de teléfono: ¿te has enterado?, le pregunta José, han entrado en la Franja y la Alianza acaba de comunicar su inmediata intervención, me mandan a cubrir el conflicto, Salvador le pide que tenga cuidado, José le dice que siempre lo tiene, ya sabes que a miedoso pocos me ganan, bromea, recuerda que cuatro días después, el 8 de abril de 2018, asesinaron a su amigo… Y entonces (suele ocurrirle) el viaje se adentra en la nada blanca de su mente y finaliza de manera abrupta.

La noticia de la pronta inauguración del Centro Memorial de la Franja continúa en la pantalla del ordenador, Salvador permanece con la mirada clavada en ella. Sin embargo, mira sin ver. Es posible que le ciegue la ira, al fin y al cabo aquellos que han echado y siguen echando paletadas de olvido sobre el asesinato de su amigo son los mismos que ahora anuncian memoriales del recuerdo. O puede que la noticia le haya recordado lo poco que ha hecho él durante todos estos años en favor de la justicia debida y se avergüence por ello. ¿Qué ha hecho él a parte de dar el pésame a la familia? Nada. No ha hecho nada. Ni una sola vez les acompañó en las concentraciones mensuales que durante años realizaron ante la sede de los partidos que han sustentado los sucesivos gobiernos, ni ha estado a su lado en las manifestaciones que reclamaban responsabilidades por el asesinato. Tampoco se ha sumado a la plataforma ciudadana que sigue exigiendo justicia, ni mucho menos ha encabezado una, y mira que hubiera podido… Rabia ciega. Culpa ciega. La mente de Salvador es un puño cerrado sobre sí mismo.

Entonces da un fuerte golpe en la mesa con la palma abierta y se pone en pie. Se acerca a la ventana de la habitación que le sirve de estudio. El sol despunta por detrás de los rascacielos. Y comprende que la muerte de su amigo seguirá ocurriendo una y otra y otra vez.

Vuelve a su mesa, se conecta al servidor de la Agencia de la que es socio y accede al gestor de proyectos. Efectivamente, tal y como ha supuesto han presentado una oferta para hacerse con el servicio de apoyo a la visita del Centro Memorial de la Franja. Despliega el móvil y habla con la directora gerente de la Agencia: prestará su voz para los dispositivos de auto guía, ¿y eso?, pregunta la directora extrañada, razones personales, responde él, antes de colgar pregunta con quién habría que hablar para interesarse por la adjudicación del contrato, yo mismo me encargaré de la gestión, añade. Luego pliega el teléfono, pero vuelve a desplegarlo, entra en la “Plataforma José C” y se da de alta. Mira el reloj. Son las ocho y siete minutos. Quién sabe, a lo mejor se toma el día libre.

***

El autobús se ha detenido en la explanada, frente al edificio. Como hace frío y ha comenzado a llover, nadie parece tener prisa en abandonar sus asientos. Sin embargo, poco a poco van descendiendo del vehículo y cruzan la explanada a buen paso. Al entrar en el edificio resoplan. Dentro hace calor, pero no demasiado. Dejan los abrigos y los paraguas en el guardarropa y se encaminan hacia una de las esquinas del hall donde les aguarda el guía que se encuentra a su cargo. Este reparte las entradas y les indica cómo pueden descargar el plano del recorrido y el audio guía. Todos lo hacen. Muy bien, ahora ya pueden iniciar la visita.

Les recibe una tenue oscuridad remarcada por un haz de luz que desciende de lo alto de la bóveda. Una voz calmada, profunda y expresiva les da la bienvenida a través de los auriculares de sus dispositivos móviles:

Bienvenido al Centro Memorial de la Franja, un edificio diseñado para dialogar con la conciencia y el entendimiento de las personas que nos visitan. Ahora es usted parte del edificio. Acaba usted de penetrar en su propio interior…

El grupo pasa a una sala de paredes curvas que van desde el suelo hasta el techo iluminadas por un espejo de agua que refleja el cielo. Mientras la voz desgrana las distintas circunstancias que rodearon la contienda conocida con el nombre de “Guerra de la Franja” se van desplegando diversos hologramas que ilustran los acontecimientos. Después el grupo abandona la sala por un lateral y continúa por un pasillo iluminado por unos amplios ventanales que se abren a la derecha. La voz surge de nuevo, ha cambiado de registro, se ha vuelto cercana y franca, es la voz con la que nos confesaríamos a un amigo:

Antes de continuar quisiera que se asomara conmigo por los ventanales que tiene a su derecha. Cuidado con el escalón. Eso es, perfecto. Ahora, si la niebla no lo impide, tendremos ante nosotros una buena vista de la ciudad. Mire hacia su izquierda. ¿Ve ese gran espacio al lado de aquellos grandes edificios?  Es el río que cruza la urbe. Pues bien, desde uno de sus puentes, el 8 de abril de 2018, un tanque de la Alianza disparó contra el hotel Capitol. El proyectil impactó en el piso quince, donde se encontraban varios periodistas que cubrían el conflicto. A consecuencia del impacto murió en el acto Yure G., cámara de la agencia Reuters, y resultaron heridos otros cuatro periodistas. Uno de ellos, José C., cámara de televisión, murió horas después en el hospital mientras era operado. Quienes ordenaron disparar sabían lo que hacían. La guerra estaba siendo retransmitida en directo y no convenía que periodistas “neutrales” tomaran imágenes. Es decir, aquel disparo fue lo que vulgarmente conocemos como un “un aviso a navegantes”. Pero fue y es mucho más. Aquella acción constituyó un crimen de guerra. Un crimen que ha sido durante todos estos años silenciado y que aún hoy continúa impune. Ahora usted ya sabe lo que ocurrió aquel 8 de abril de 2018. Era necesario que lo supiera. Pues sin los dos muertos que le hemos confiado (sí, ahora también son suyos) la visita al Memorial sería una pura pantomima. Sigamos…

El grupo entra en una sala circular. Caminan un poco más despacio. Cualquiera diría que llevan dos muertos sobre sus espaldas.

A la memoria de José Couso, asesinado el 8 de abril de 2003 por el disparo de un tanque de EE.UU. contra el hotel Palestine en Bagdad. A fecha de hoy, 12 de noviembre de 2019, el crimen continúa impune.

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