Rodrigo Rato dixit

Rodrigo RatoJamás hubiera imaginado verme en una situación así. Pero he sido elegido como chivo expiatorio y no puedo eludir este destino. No lo negaré: he vivido horas amargas, preso de la rabia y el estupor. Pero mi espíritu ha recobrado cierta calma y ahora soy capaz de examinar las cosas con la claridad y la perspectiva necesarias. Es hora, entonces, de romper mi silencio y de hablar sin tapujos. No pretendo justificarme, ni mucho menos ser perdonado, pues no albergo culpa alguna. Solo deseo ser comprendido o, mejor aún, aspiro a que mis palabras sirvan para comprender el mundo en el que vivimos. Comenzaré por el principio.

Nací en Madrid, en 1948. Provengo de una saga de poetas, militares, políticos y hombres de negocio; sobre la figura de mi padre se han vertido múltiples infundios e improperios, pero ahora no es el momento de salirles al paso, cada cosa a su debido tiempo. Mis pasiones confesables han sido dos: la economía y la política y creo haber servido a ambas con similar tesón y pundonor. Hasta que me vi obligado a darme de baja siempre milité en el mismo partido; ya lo ven, soy hombre de profundas convicciones. Con apenas 31 años fui miembro de su comité ejecutivo, dos años después me convertí en Diputado y cuando en 1996 debimos tomar las riendas del futuro de nuestro país, fui nombrado vicepresidente segundo del Gobierno y ministro de Economía y Hacienda, cargos que ejercí hasta 2004. Dicen que pude ser candidato a presidente del Gobierno. Y yo simplemente digo que, por aquel entonces, ardía en deseos de contribuir al progreso desde las instituciones internacionales responsables de velar por ello. Pero basta ya de biografía archiconocida y tediosa. Iré al grano.

Uno no elige nacer. Simplemente viene al mundo en un momento concreto y en un lugar determinado. A partir de aquí, la aventura nos pertenece. Somos los únicos responsables de nuestros actos; esta es una verdad esencial y posiblemente no haya otra que pueda comparársela. Y sí. Aunque la mayoría se conforma con mantener en pie el simulacro de dignidad en el que creen vivir, a otros, en cambio, nos mueve la convicción de que el paraíso reside en el futuro y, como Sisifo, nos lanzamos incansables a su encuentro. La felicidad, nos dice Pascal, reside en la búsqueda de la felicidad. Para eso vivimos.

Habréis oído decir que hay dos formas de afrontar la vida: una, a la manera de los estoicos, la otra, a la de los epicúreos. Sin embargo, yo siempre he procedido de manera meticulosa y racional en defensa de una economía hedonista basada en el amor propio y en la satisfacción de los deseos. ¿Acaso no son el deseo y su hermana la curiosidad los verdaderos motores del progreso humano? ¿Acaso el descontento no es su combustible? Si en el Principio nos hubiéramos conformado con lo que teníamos y sabíamos, ¿no seguiríamos aún en el jardín del Edén? Sin la insatisfacción permanente ¿no continuaríamos adornando nuestras cavernas? A la postre, el deseo es puro instinto de humanidad. “Nunca se sacia el ojo de ver, ni el oído de oír”, nos dice el Eclesiastés. Y es que deseamos desear.

Me han tildado de neoliberal y lo han hecho con acritud y ánimo de incomodar. Huelga decir que no lo han conseguido. Ahora bien, es innegable que coincido con muchas de las ideas propias del liberalismo clásico, ya saben: la desregulación de la economía, el libre comercio y la reducción de la intervención del Estado en favor del sector privado. Pero hay un principio asociado al liberalismo que ahora me gustaría matizar. Se trata de la noción de mano invisible, según la cual el propio mercado es capaz de autorregularse para servir al interés general. Soy de los que piensan que el egoísmo del individuo libre conduce la economía por la senda del crecimiento y la prosperidad. Pero, siendo una condición necesaria, no es suficiente. El mercado necesita líderes que lo fortalezcan y lo impulsen, que sostengan con mano firme la mano del mercado, que sepan y estén dispuestos a hacer frente a los enemigos de la libertad.

Posiblemente yo no sea un líder. Ahora bien, no hay duda de que soy un hombre de acción. Pues he estado a la vanguardia de mi generación, siempre en primera línea, plantando cara a ese virus que recorre la historia refrenando el progreso de la humanidad. Hablo de esa moral de ave de corral que aborrece la riqueza. Siempre luché contra la estrecha y pordiosera humildad y la piedad castradora, contra el ansia de igualdad que no es sino mera ilusión y dislate, contra los adalides de la renuncia y el conformismo, contra el resentimiento de aquellos que no levantan medio palmo del suelo, contra quienes exigen repartir lo que no es suyo. Ya lo he dicho al principio: he recuperado la lucidez y estoy dispuesto a abordar las cosas sin paños calientes. Nada tengo que perder.

He dicho antes también que cada cual es responsable de sus propios actos. En mi caso, las circunstancia, las llamaré así, me han conducido ante los tribunales y será en ellos donde responda de los míos y defienda mi honor. Diré solamente ahora que, si bien no soy ningún santo, quien los sea que tire la primera piedra, siempre me han guiado dos fines primordiales: el impulso del sistema económico y social de mercado y la defensa de lo mío; el orden en que los menciono es indiferente.

Se ciernen sobre mí años implacables. Y, sin embargo, pienso que soy afortunado. Pues, donde la mayoría solo experimenta el paso insípido de los días, a mí la vida me ha deparado la plenitud del triunfo y la de la derrota. Quien forja su destino, frecuentemente acaba siendo su víctima. Y si ahora he de encarnar el papel de villano, lo haré con el mismo temple con que desempeñé el de héroe. Al fin y al cabo, es en el quebranto donde se mide el verdadero valor de los hombres.

Creo que ya he dicho cuanto tenía que decir. Si acaso añadiré un par de cosas. Una: estad seguros, aunque la tormenta se anuncia violenta y terrible, las aguas volverán a su cauce y los demonios serán expulsados de nuevo de nuestras instituciones; hablo de la derrota de cualquier tipo de populismo y del regreso a la moderación y al sentido común. La otra cuestión: quienes me conocen saben que no me ofreceré mansamente al sacrificio. Sé que esto último suena a amenaza y posiblemente lo sea.

Esto es todo. Les agradezco su atención.

Este cuento es pura invención, una mera fábula sobre el derrumbe de un personaje que encarnó, en gran medida, los valores de la ideología liberal. Por supuesto, las opiniones y sentimientos del “verdadero” Rodrigo Rato no tienen por qué coincidir con los que aquí se le atribuyen.

Refugiados

Refugiados

Fila de refugiados caminando por las vías del tren. Plano

Les dijeron que debían escapar del horror de las bombas y poner rumbo al norte, hacia la civilizada Europa, tierra prometida de promisión. Y aunque no sería una decisión fácil de tomar, terminaron por comprender que no tenían otra alternativa. Así pues, pusieron en orden sus cosas, vendieron cuanto pudieron –muchos lo vendieron todo–, se despidieron de sus vecinos y amigos, cerraron sus casas y, sin creérselo aún del todo, salieron al camino.

Después de muchos afanes y avatares, consiguieron llegar ante las puertas de Europa. Pero las encontraron cerradas y bien cerradas además –vallas, alambradas, carteles de aviso, cordones policiales, campos de internamiento, ambiente de campaña–. La vieja Europa, egoísta y miedosa, les niega el paso y, al hacerlo, se niega a sí misma, demos ejemplo al mundo, esta es la dirección, este es el camino: una gran familia de toda la humanidad.

Ahora, sin sitio a donde ir, ni lugar al cual regresar, les vemos caminar entre el hierro y las traviesas. Las vías del tren, las filas de refugiados…; la imagen del desamparo y la ignominia de nuevo.

En primer plano, la mujer le planta cara al infortunio mientras aprieta la mano de su hijo. No desfallezcas corazón, verás como al final todo se arreglará, parece decir.

Fila de refugiados caminando por las vías del tren. Contraplano

Al final todo se arreglará. Uno se imagina esas palabras en los labios de la mujer que aparece en primer plano de la fotografía y no puede dejar de preguntarse qué demonios estamos haciendo para solucionar esta situación pues, al fin y al cabo, son nuestras puertas las que se mantienen cerradas. Y la pregunta, como una bomba de racimo, me explota en plena cara.

¿Acaso estimamos en poco nuestra estatura al compararla con la enormidad de las sombras que mueven los hilos y hemos acabado por creer que las cosas son como son y que no pueden ser de otra manera?

¿Acaso nos paraliza las pulsiones que recorren nuestro tiempo: inconsistencia de las cosas, continúo fluir, precariedad, fragmentación e incertidumbre, y nos retiramos a nuestro rincón para refugiarnos en los reflejos donde danzan los señuelos?

¿Quizá nos cueste dar y recibir y pedir ayuda o prestarla y decir lo siento o decir te quiero, y nos refugiamos también en la banalidad de las innovaciones que se suceden, las unas a las otras, como las olas del mar?

¿Tal vez desconfiamos de nuestros hermanos y repudiamos su color y sus creencias y los juzgamos ajenos y nos volvemos hacia las identidades más allá de las tumbas?

¿O puede que nos hayamos acostumbrado a exigir lo que no estamos dispuestos a dar? (6.000 millones de euros: ¿es ese el valor de decencia?).

No desfallezcas corazón, verás como al final todo se arreglará.

Mañana mi nombre

AdelanteMañana mi nombre saltará a los teletipos y recorrerá las redes sociales para ser manoseado hasta lo indecible. Para unos no seré sino un  nuevo triunfador, para otros en cambio no seré sino otro canalla más; en cualquier caso, me veré convertiré en una nueva luminaria que agitará, durante un tiempo al menos, el gran teatro de las luces y las sombra. Es natural entonces que me conceda unos instantes para echar la vista atrás y contemplar el camino que he dejado a mi espalda, pues mis pasos me han traído hasta aquí y, en gran medida, soy mis propios pasos. Para ello, me valdré de la metáfora, ya que el fiel relato de los hechos raramente permite descubrir el significado y alcance de los mismos (además, ya repasaré mi biografía mañana en los medios). Es hora de hablar de mí para mí. Comenzaré por el principio.

Nací un día cualquiera en un lugar adecuado y, cuando pude caminar por mi cuenta (es cierto, tardé demasiado, si bien la mayoría de la gente se muere sin conseguirlo y, de éstos, la mayor parte lo hace ignorándolo), salí al camino con pasos titubeantes. Y no lo fueron a causa de la duda (pues, careciendo de destino, no tendría caminos entre los que elegir), sino por simple temor ante la intemperie. Mis primeros pasos fueron, a la sazón, ciegos y temerosos. Y penetré entre maizales…

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El brillo de tus ojos, Naia

El brillo de tus ojos, NaiaLas innumerables ideas, sentimientos, opiniones, preguntas, explicaciones y remedios que gravitan en torno a la actual crisis llenan páginas de periódicos, asoman en los escaparates de las librerías, despuntan en las parrillas de los medios y se convierten en trending topics. De esta forma, la crisis se ha convertido en drama y en información sobre el drama al mismo tiempo. “Pero, ¿no estaremos consumiendo crisis, verdad?”, me pregunto ante los ojos de Naia

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¡No somos mano de obra!

No somos mano de obraJ, mi vecino, leyó en el periódico una reseña sobre las palabras del ministro Wert bajo el titular «no estudiar lo que apetece» y, a pesar de que este tipo de cuestiones no suelen tentarle, lo leyó y su lectura le ha indignado. Toma. Esto es lo que ha escrito J al respecto. Léelo por favor…

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