La historia de mi padre

LaHistoriademiPadrePara adentrarse en este rincón del norte es preciso hacerlo por valles encajonados entre montañas, y para ensanchar la mirada es necesario ascender hasta lo alto de una de ellas, pues aquí, en este rincón del norte, no cabe ni un monte más. Por eso, se convencieron de que la línea defensiva que iban a construir sería inexpugnable: ochenta kilómetros de acero, cemento y hormigón, innumerables trincheras y túneles, una gran obra de ingeniería, el orgullo de todo un pueblo, banderas al viento y todo eso…

A la Compañía de mi padre la destinaron a una apartada sección de aquel cinturón aún en construcción, únicamente cielo sobre sus cabezas y el mar a sus pies. ¿A quién se le podía ocurrir atacar por allí?, se preguntaban mientras la rutina de las guardias, el rancho y las partidas de cartas se instalaba en el lugar. Si no fuera por el dolor de huesos y los piojos…

Pero uno de esos días, al atardecer, aparecieron unos puntitos en el cielo que se fueron haciendo más y más grandes a medida que se acercaban. Eran aviones. Y los aviones descendieron, soltaron sus bombas y sus granizadas de ametralladora y, seguido, remontaron los aires con la gracia de un halcón peregrino y desaparecieron. Así una y otra y otra vez durante dos largos días en los que el dolor de huesos y los picotazos de los piojos pasarían a un segundo plano. La tierra temblaba, el aire temblaba, los hombres temblaban…

Y aquella línea supuestamente inexpugnable, ochenta kilómetros de acero, cemento y hormigón, con sus innumerables trincheras y túneles, el orgullo de todo un pueblo, se desmoronó al segundo día como si de una hilera de fichas de dominó se tratara. Y se dieron las órdenes de retirada. La Compañía de mi padre aún no había llegado al pie de la montaña, cuando sonaron los primeros disparos. Entonces fue la desbandaba. Mi padre tiró el fusil –¿importa saber si lo hizo antes de toparse con los moros o si lo arrojó al suelo al verse encañonado por uno de ellos?–, levantó las manos y se preparó para lo peor. Pero el moro que le encañonaba sería un moro bueno –¿importa saber si también era un buen mahometano?–, pues, en lugar de disparar, condujo a mi padre hasta la carretera: «Aquí, tú», le dijo señalando el grupo de soldados que se iba formando en una de las cunetas.

Mi padre acababa de convertirse en prisionero de guerra.

***

Formando una larga fila carretera adelante, arrastrando los pies y el alma… Así llegaron al campo de prisioneros.

Del campo mi padre recordaba dos cosas. Una era el miedo. Se trataba de un miedo diferente al de las trincheras, menos fiero, menos intenso, pero más íntimo, más suyo y, por lo tanto, inconfesable. Era el miedo a ser señalado y castigado, era el miedo a que las faltas de los demás cayeran sobre su cabeza, era la temible certeza de estar a merced de la fatalidad. Es cierto, en el campo de prisioneros el castigo podía suponer la muerte, pero en esencia se trataba del mismo miedo que conoció en la escuela. Por eso sabía cómo entenderse con él. Desempeñaría su viejo papel y sería ese tipo despistado y retraído que vagaba por el campo sumido en sus pensamientos. De este modo, a ojos de sus compañeros de infortunio, la angustia de su miedo, sordo y profundo, su mansedumbre, serían simples contornos de su vasto mundo interior, ojala ellos dispusieran de semejante refugio, quién pudiera… La segunda cosa que mi padre nunca pudo olvidar d fue el hambre. En aquel lugar, el hambre era la lata de sardinas y el chusco de pan que les repartían para todo el día, era la administración de ese chusco –unos lo devoraban y otros, entre ellos mi padre, le daban un mordisco y guardaban el resto en el bolsillo para ir comiéndolo poco a poco, proporcionándose, de esta manera, la tortura de la desesperante espera–, era la búsqueda obsesiva de cualquier cosa que pudiera servir para aplacar el hambre insaciable. El hambre era el vacío interior y era el todo interior. El hambre era el perpetuo presente, era cada rincón del campo, era cada paso, cada palabra, cada respiración. Todo lo que hacían y decían (aunque nadie hablara allí del hambre) venía dictado por él. El hambre suponía, a la postre, la pérdida de cualquier atisbo de dignidad –curiosa palabra esta de la dignidad cuando el hambre se enrosca en las entrañas y las aprieta con todas sus fuerzas, que son muchas, que son todas–. Miedo y hambre: la argamasa de los días y de las noches, la de sus recuerdos en aquel lugar de pesadilla…

¿Cómo olvidar aquel incidente? ¿Cómo recordarlo sin sentir la dentellada del animal que todos llevamos dentro, el escalofrío de saberse animal? Ocurrió al mes de su llegada –para entonces mi padre ya era aquel tipo reconcentrado y solitario en el que nadie reparaba.

Aquella mañana, el encargado de repartir la lata de sardinas y el chusco de cada día denunció el robo de varias barras de pan y de otras tantas latas de sardinas. Al anochecer, tras el toque de retreta, el suboficial que pasaba revista paseo su miraba por encima de las filas, en silencio, para que el nerviosismo fuera creciendo entre los prisioneros -aquello no pintaba bien: estaba claro que algo había ocurrido y, fuera lo que fuese, ellos pagarían las consecuencias-. Un largo tiempo después, hizo su aparición el capitán del campo. No se anduvo por las ramas y, tras dar a conocer el motivo que le llevaba a dirigirse a ellos, les hizo saber que, en tanto en cuanto no saliera el culpable o los culpables del hurto, allí se quedarían, «hasta el juicio final si es necesario», puntualizó sin modificar el tono neutro de voz que había empleado a lo largo de su breve alocución. La noche cayó sobre el campo y las filas se cubrieron de oscuridad, al tiempo que los murmullos crecían entre ellas. «Ni una puta palabra, no quiero oír ni una puta palabra», tronaba el suboficial exigiendo silencio. Los murmullos se apagaban, pero, al rato, volvían a reavivarse. Y mi padre temblaba en la noche, más por miedo que por frío. Antes de que saliera el sol, el nombre del supuesto culpable ya corría de boca en boca: «Lucio. Ha sido Lucio». Y a pesar de que muchos, entre ellos mi padre, sabían que Lucio era inocente -pues se había pasado todo el día junto a las letrinas por haber comido desperdicios de la basura-, guardaron silencio. Y Lucio fue sacado de las filas y, al rato, se ordenó el rompan filas.

Así se las gasta el miedo. Así se las gasta el hambre. Así se las gasta la memoria (dicen que solo recordamos las condenaciones).

Mientras tanto, la guerra continuaba y los campos de prisioneros no daban más de sí. Había que hacer sitio a los nuevos vencidos y, para ello, se aceleraron los procesos de clasificación. Los presos considerados “desafectos” eran juzgados y aquellos que no habían tenido mando o no habían militado en ningún partido político o agrupación sindical se incorporaban a los batallones de trabajo.

Mi padre fue destinado a un batallón con base en un campo cercano al frente de Teruel.

***

Mi padre cargó con su miedo y con su hambre y puso su vida en manos de Dios (que sería su manera de conjurarse en el afán de sobrevivir). ¿Le alcanzarían las fuerzas, le alcanzaría el valor y la inconsciencia para resistir en aquel mundo de pesadilla? Mi padre rezaba…

Pero resulta que el mundo es un enigma, una caja de sorpresas. A veces es así, en ocasiones ocurre. Más o menos sucedió de esta manera:

La compañía a la que pertenecía mi padre regresaba al campo tras haber realizado diversos trabajos de fortificación en el frente, cuando la noticia empezaba a correr por los barracones: la comandancia del campo requería los servicios de un oficinista que dominara el oficio y los necesitaba de marera urgente; «Absténganse quienes carezcan de capacidades, pues serán enviados a cavar trincheras», rezaba la amenaza que remataba el anuncio. Y como mi padre había cursado estudios de comercio en los Maristas de su pueblo, no dudó en presentarse. La prueba se celebró en uno de los barracones que servían de comedor y se presentaron doce aspirantes -«una docena de lechuguinos», en palabras del cabo furriel encargado de supervisar el traslado e instalación del mobiliario y el material necesarios para la prueba-. En primer lugar, los doce aspirantes, sentados en mesas corridas, realizaron dos dictados. Con el primero se evaluaría la ortografía y la caligrafía de cada candidato y, para ello, el propio comandante leyó con voz de barítono el contenido de un breve oficio al uso: «En contestación a su escrito número 252 de fecha 18 del corriente, le manifiesto que Fernando Ramírez Andel no figura en el fichero de este campo». El segundo de los dictados tenía como finalidad valorar la rapidez de cada escribiente; y aquí fue donde mi padre, ducho en la técnica de la taquigrafía, destacó sobre sus rivales. El tercer y último ejercicio consistía en una prueba de mecanografía en la que se tomarían tiempos y se valoraría la limpieza de los escritos y el número de los errores cometidos. Para realizarla, los aspirantes fueron pasando de uno en uno ante la máquina de escribir para copiar el contenido de una hoja que se encontraba al lado de la máquina -mi padre recordaba perfectamente que lo hizo en cuarto lugar-. Cuando terminó de escribir, el comandante no tenía dudas: había encontrado a su hombre.

Y así fue como mi padre dejó atrás el traqueteo de los cañones y las ametralladoras e ingresó en el selecto y arcano universo de la burocracia militar donde reinaba el de las máquinas de escribir con sus: “Dios guarde a usted muchos años”, y sus: “Años de la Victoria”, y sus: “Por la presente”, y sus: “Excmo. Sr.”, y su larguísimo y altisonante etcétera. Y dio gracias a Dios. Y también a los Hermanos Maristas que le habían educado, regla en mano, en el esfuerzo y el amor al trabajo.

***

La vida en la oficina transcurría entre cartas, oficios, circulares, minutas, acuses de recibo, comunicados varios, autorizaciones, agradecimientos, felicitaciones y memorándums, ocupándole toda la mañana y buena parte de la tarde. Después salía al patio, hablaba con este o con aquel o con ninguno, más tarde se acercaba al comedor a por el plato de sopa aguada y ya, por fin, tras la retreta y el pase de lista, esperaba el toque de silencio para abandonarse al sueño. Así, día tras día. La guerra pasaba a su lado casi sin sentir…

Fue en uno de esos días cuando conoció a Jaime –hasta entonces era una cara anónima, uno de tantos rostros consumidos por el hambre y la fatiga–. Lo encontró sentado en su banco (por estar expuesto a las miradas de la gente, aparte de mi padre, nadie solía ocuparlo). Mi padre lo saludó y se sentó a su lado. Jaime rompió el silencio: «¿Puedo pedirte un favor?», le preguntó sin mirarle. Y como mi padre asentiría o guardaría silencio, continuó: «Si llegara una orden de traslado a mi nombre…, cuando llegue… ¿Podrías avisarme? Me llamo Jaime. Jaime Ruiz Berrocal». Mi padre no vería inconveniente y accedió. Luego, cuando leyó en su ficha que el tal Jaime Ruiz Berrocal figuraba como “desafecto” por haber estado afiliado a la CNT y que le habían incluido en el grupo “C” de los individuos responsables de delitos de traición, rebelión y actos de hostilidad contra las tropas sublevadas, posiblemente se arrepentiría; pero había dado su palabra y no tendría valor para romperla. Eso sí, mi padre calificaba a Jaime como un tipo prudente, pues no volvió a sentarse en el banco y evitó en todo momento cruzar palabra con él.

Por fin llegó a la oficina la orden de traslado a la prisión provincial del recluso Jaime Ruiz Berrocal para ser sometido a juicio, “Dios salve a España y guarde a Vd. muchos años”, finalizaba la misiva. Tal y como había prometido, esa misma tarde mi padre se lo comunicó a Jaime: «Será el próximo lunes, de aquí en cuatro días». Jaime palideció: «Esos hijos de puta me fusilan, seguro. Tengo que escapar», dijo. Mi padre le miró espantado: «¿Te has vuelto loco, o qué? En cuanto te acerques a la alambrada los moros te pegan un tiro». Pero Jaime estaba decidido: «Abandonar el campo no es difícil, con este frío los moros se arrebujan en sus mantas y se hacen los dormidos para no sentirlo, me he estado fijando. No, lo difícil es burlar las patrullas de ahí fuera. En cuanto comprueben mi falta, se lanzaran detrás de mí como perros… Pero debo intentarlo: no puedo quedarme aquí». Si pudiera ayudarle, si estuviera en mi mano, pensaría mi padre… Dice que se le ocurrió en ese mismo instante: eliminaría su nombre de la lista de reclusos, y así, no le echarían en falta durante los recuentos. «¿Cuántos días necesitas para cruzar las líneas y llegar al otro lado?», le preguntó. «Dos días. En dos días cruzo el páramo y ya me han visto».

Y lo hizo. Mi padre retuvo la orden y quitó el nombre de su amigo de la lista. Tres días después puso la orden en el casillero y volvió a incluir el nombre de Jaime en la lista de prisioneros. Esa misma noche se descubría su falta. Pero, cuando salieron en su busca, Jaime ya se habría puesto a salvo.

Dicen que solo recordamos las condenaciones, que la absolución no tiene memoria. Pero no siempre es así.

***

La vida en la oficina continuó hasta el fin de la guerra –mi padre aseguraba que no pegó ni un solo tiro en toda la contienda y a mí no me cuesta ningún esfuerzo creerlo–. Al terminar la guerra, tuvo que repetir el servicio militar –así de cruel se mostró la Victoria, así de miserable– donde volvió a desempeñar su oficio de oficinista. Se licenció y entró a trabajar en el ferrocarril como oficinista –¿de qué si no?–. Luego se casó y nací yo.

Esta es la historia de mi padre. La que jamás me contó.

Memorial

MemorialComo todos los días, Salvador se sienta ante la pantalla del ordenador. Y las noticias comienzan a pasar a la velocidad acostumbrada. Suenan viejas melodías. La mañana inicia su curso a través de sus meandros.

Sin embargo, ese día: lunes, 15 de enero de 2029, la mañana se detiene a las ocho menos dos minutos. Salvador ha clavado sus pupilas en una breve reseña: “El Consorcio europeo para la reconciliación en la Franja anuncia la inmediata inauguración del Centro Memorial en recuerdo a las víctimas de la contienda”. La mente de Salvador se recoge sobre sí misma y da un salto sideral.

Ha saltado hasta marzo de 1998, o puede que fuera abril, Salvador se encuentra en el patio del instituto jugando un partido de baloncesto, José se le acerca en el descanso y aunque apenas han hablado un par de veces le invita a una salida de fin de semana, vamos a sacar fotos y he pensado que a lo mejor te apetece venir, le dice (suele ocurrir así: sus viajes siderales comienzan por el principio y luego continúan a través del espacio temporal donde dormitan los recuerdos). Recuerda fines de semana en la montaña o en el mar: José dispara su cámara digital sobre todo lo que se mueve o permanece quieto, recuerda aquella larga etapa en la que dejaron de verse: él cursa la carrera de Traducción e Interpretación en la capital y José trabaja de fotógrafo para periódicos, revistas y agencias de publicidad, recuerda su vuelta a casa y el rencuentro con su amigo: él llega con un título bajo el brazo, José tiene una cartera repleta de clientes exigentes, recuerda su matrimonio y su posterior divorcio, recuerda los años de intenso trabajo, ahora es todo un referente en el mundo de los audiovisuales, recuerda que José siempre estuvo allí, en la distancia, a su lado, recuerda aquella llamada de teléfono: ¿te has enterado?, le pregunta José, han entrado en la Franja y la Alianza acaba de comunicar su inmediata intervención, me mandan a cubrir el conflicto, Salvador le pide que tenga cuidado, José le dice que siempre lo tiene, ya sabes que a miedoso pocos me ganan, bromea, recuerda que cuatro días después, el 8 de abril de 2018, asesinaron a su amigo… Y entonces (suele ocurrirle) el viaje se adentra en la nada blanca de su mente y finaliza de manera abrupta.

La noticia de la pronta inauguración del Centro Memorial de la Franja continúa en la pantalla del ordenador, Salvador permanece con la mirada clavada en ella. Sin embargo, mira sin ver. Es posible que le ciegue la ira, al fin y al cabo aquellos que han echado y siguen echando paletadas de olvido sobre el asesinato de su amigo son los mismos que ahora anuncian memoriales del recuerdo. O puede que la noticia le haya recordado lo poco que ha hecho él durante todos estos años en favor de la justicia debida y se avergüence por ello. ¿Qué ha hecho él a parte de dar el pésame a la familia? Nada. No ha hecho nada. Ni una sola vez les acompañó en las concentraciones mensuales que durante años realizaron ante la sede de los partidos que han sustentado los sucesivos gobiernos, ni ha estado a su lado en las manifestaciones que reclamaban responsabilidades por el asesinato. Tampoco se ha sumado a la plataforma ciudadana que sigue exigiendo justicia, ni mucho menos ha encabezado una, y mira que hubiera podido… Rabia ciega. Culpa ciega. La mente de Salvador es un puño cerrado sobre sí mismo.

Entonces da un fuerte golpe en la mesa con la palma abierta y se pone en pie. Se acerca a la ventana de la habitación que le sirve de estudio. El sol despunta por detrás de los rascacielos. Y comprende que la muerte de su amigo seguirá ocurriendo una y otra y otra vez.

Vuelve a su mesa, se conecta al servidor de la Agencia de la que es socio y accede al gestor de proyectos. Efectivamente, tal y como ha supuesto han presentado una oferta para hacerse con el servicio de apoyo a la visita del Centro Memorial de la Franja. Despliega el móvil y habla con la directora gerente de la Agencia: prestará su voz para los dispositivos de auto guía, ¿y eso?, pregunta la directora extrañada, razones personales, responde él, antes de colgar pregunta con quién habría que hablar para interesarse por la adjudicación del contrato, yo mismo me encargaré de la gestión, añade. Luego pliega el teléfono, pero vuelve a desplegarlo, entra en la “Plataforma José C” y se da de alta. Mira el reloj. Son las ocho y siete minutos. Quién sabe, a lo mejor se toma el día libre.

***

El autobús se ha detenido en la explanada, frente al edificio. Como hace frío y ha comenzado a llover, nadie parece tener prisa en abandonar sus asientos. Sin embargo, poco a poco van descendiendo del vehículo y cruzan la explanada a buen paso. Al entrar en el edificio resoplan. Dentro hace calor, pero no demasiado. Dejan los abrigos y los paraguas en el guardarropa y se encaminan hacia una de las esquinas del hall donde les aguarda el guía que se encuentra a su cargo. Este reparte las entradas y les indica cómo pueden descargar el plano del recorrido y el audio guía. Todos lo hacen. Muy bien, ahora ya pueden iniciar la visita.

Les recibe una tenue oscuridad remarcada por un haz de luz que desciende de lo alto de la bóveda. Una voz calmada, profunda y expresiva les da la bienvenida a través de los auriculares de sus dispositivos móviles:

Bienvenido al Centro Memorial de la Franja, un edificio diseñado para dialogar con la conciencia y el entendimiento de las personas que nos visitan. Ahora es usted parte del edificio. Acaba usted de penetrar en su propio interior…

El grupo pasa a una sala de paredes curvas que van desde el suelo hasta el techo iluminadas por un espejo de agua que refleja el cielo. Mientras la voz desgrana las distintas circunstancias que rodearon la contienda conocida con el nombre de “Guerra de la Franja” se van desplegando diversos hologramas que ilustran los acontecimientos. Después el grupo abandona la sala por un lateral y continúa por un pasillo iluminado por unos amplios ventanales que se abren a la derecha. La voz surge de nuevo, ha cambiado de registro, se ha vuelto cercana y franca, es la voz con la que nos confesaríamos a un amigo:

Antes de continuar quisiera que se asomara conmigo por los ventanales que tiene a su derecha. Cuidado con el escalón. Eso es, perfecto. Ahora, si la niebla no lo impide, tendremos ante nosotros una buena vista de la ciudad. Mire hacia su izquierda. ¿Ve ese gran espacio al lado de aquellos grandes edificios?  Es el río que cruza la urbe. Pues bien, desde uno de sus puentes, el 8 de abril de 2018, un tanque de la Alianza disparó contra el hotel Capitol. El proyectil impactó en el piso quince, donde se encontraban varios periodistas que cubrían el conflicto. A consecuencia del impacto murió en el acto Yure G., cámara de la agencia Reuters, y resultaron heridos otros cuatro periodistas. Uno de ellos, José C., cámara de televisión, murió horas después en el hospital mientras era operado. Quienes ordenaron disparar sabían lo que hacían. La guerra estaba siendo retransmitida en directo y no convenía que periodistas “neutrales” tomaran imágenes. Es decir, aquel disparo fue lo que vulgarmente conocemos como un “un aviso a navegantes”. Pero fue y es mucho más. Aquella acción constituyó un crimen de guerra. Un crimen que ha sido durante todos estos años silenciado y que aún hoy continúa impune. Ahora usted ya sabe lo que ocurrió aquel 8 de abril de 2018. Era necesario que lo supiera. Pues sin los dos muertos que le hemos confiado (sí, ahora también son suyos) la visita al Memorial sería una pura pantomima. Sigamos…

El grupo entra en una sala circular. Caminan un poco más despacio. Cualquiera diría que llevan dos muertos sobre sus espaldas.

A la memoria de José Couso, asesinado el 8 de abril de 2003 por el disparo de un tanque de EE.UU. contra el hotel Palestine en Bagdad. A fecha de hoy, 12 de noviembre de 2019, el crimen continúa impune.

JoseCouso_Asesinado

Un muchacho somalí

Un muchacho somaliYaya es un muchacho somalí de 17 años. Con 15 años, huérfano de madre y con su padre en un campo de refugiados, abandonó su casa de Mogadisquio para escapar de la guerra. Todo el mundo que abandona su casa escapa de algo, nadie lo hace sin una buena razón.

En compañía de otros tres amigos, Yaya cruzó Etiopia y Sudan. Y llegó a Libia. “Libia muy malo”, dice Yaya. E imitando el sonido de una descarga de metralleta: “tatatata”, añade que  en Libia mataron a uno de sus amigos. Luego te enseña una gran cicatriz en la muñeca: “machete”, dice.

En diciembre de 2018 Yaya subió (embarcar es un término improcedente) a una patera con rumbo a Italia. La patera zozobró en alta mar y fue rescatada por el Open Arms. La Italia de Salvini negó una vez más el desembarco en sus costas y, tras largos días de incertidumbre, recibieron autorización del gobierno español para arribar al puerto de Algeciras.

Yaya es menor de edad. Yaya es un niño de ojos expresivos. Allí donde no llegan sus palabras, llegan sus ojos. Muy dentro.

Como era menor de edad ingresó en un centro de menores en Jerez de la Frontera y, según le entendí, pasó luego a otro centro de menores en Sevilla. Pero llegó el verano. Y Yaya se marchó a París. “Francia no bueno. Muchos negros en la calle”, dice. “Alemania no bueno, mucho somalí en Alemania, no quieren más somalí”, añade. Así que regresó a España.

Yaya entró en contacto con la gente de la red de acogida de Irún (Irungo Harrera Sarea, en euskera), le ayudaron y le llevaron al centro de menores de Amorebieta (Bizkaia). El viernes, una compañera de la red de Irún nos llama y nos pide que salgamos a recibir a Yaya cuando llegue a Bilbao, pues tiene que ir a un centro de menores de Andalucía (las fotos que le sacó la policía, la ficha de ingreso en el centro de menores…, todos sus papeles se encuentran allí).

El domingo a mediodía, Yaya llega en autobús a Bilbao. Le llevamos a Arrigorriaga y después de comer algo y descansar, nos acompaña al gaztetxe donde viven diez personas subsaharianas desde octubre de 2018. Le damos un poco de ropa, un poco de dinero y a las 21 horas Yaya coge el autobús para Sevilla.

Ayer llamó y dijo que estaba en Jerez de la Frontera. “¿Te esperan?, le pregunté. Me respondió que sí. “Todo bien”, me dice. También añade que está sorprendido de que tanta gente ayude a un muchacho somalí y me pide que dé las gracias a todos los amigos. ¡Ay!, Yaya, Yaya…

El rato que estuvo en mi casa antes de continuar viaje hacia Sevilla, Yaya miraba las fotos que cuelgan de las paredes o se apoyan en las estanterías. “¿Foto familia?”, preguntaba. Yo le decía que no: “Foto de monte”, “Foto de amigo”, “Foto de tren”. Sin embargo, todas las fotos eran fotos de familia para Yaya. Al final descubrió las de mis padres y las de los padres de mi mujer. “¿Foto de familia?”. “Sí Yaya, fotos de familia, son nuestros padres”. “¿Dónde padres?”. “Murieron. Eran muy mayores”. “Mi madre muerta también”. No dije nada. No me atreví.

El padre de Yaya espera desde hace años en el campo de refugiados a entrar en un programa de protección internacional para ir a Inglaterra. Yaya confía en que llegue ese día y pueda reunirse con él.

Ahora escucho la canción “Somalia” que cierra el último disco de Lagartija Nick: “Los cielos cabizbajos” (Montgrí, 2019). Habré escuchado este disco más de veinte veces. Me parece un disco estremecedor, bello y necesario, un poema sinfónico que recorre los perfiles de la guerra y la barbarie: Hiroshima, Gernika, Sarajevo, Somalia… Ahora “Somalia” tiene el rostro de YaYa.

La madre enlutada, sus brazos sin piel, los cielos añicos al anochecer. La madre sin hijos a la intemperie, una madre sin más.
El humo extranjero, el aire en Berlín, el mar atrapado en otro trozo de mar, la madre vaciada, la madre desecha en un desierto de horror.
La madre de fuego, la madre de pie, la madre en la tumba puesta del revés.
Esto es Somalia.

Somalia es el grito de todas las penas, con su amarga dignidad. Somalia es la madre ????? por la furia más letal.

Hay un cementerio en cada mujer que tiene un niño muerto rascado en la piel. Hay un cementerio en cada mujer que ?????
Quizá, de repente, la luna en su ardor. Un niño parado en unos pechos en flor. La madre en la sombra, cuchillo de rabia. La muerte ?????

La tierra está descuartizada por el odio de la piel. La tierra gime en carne viva rota de mercurio y sed.
Somalia es la madre ensangrentada que no acierta a comprender que quien te viola ????? no te puede ver morir. La madre es un clamor.

Somalia. Somalia. Somalia. Somalia…

****

Jon Sistiaga pone voz al epilogo de la canción. Dice así:

En Somalia decir que uno es un muerto de hambre no es un insulto, es una obviedad. Y quizás repetir que casi un millón de personas está en riesgo inmediato de hambruna, o que tienen la mayor tasa de mortalidad infantil, sean ya una letanía. Aquí la vida no vale nada y se mata por muy poco.

Desde la ventana de mi hotel en Mogadisquio me acuerdo de este viejo poema somalí:

Yo y mi clan contra el mundo.
Yo y mi familia contra el clan.
Yo y  mi hermano contra la familia.
Yo contra mi hermano.
Así es el caos.

La montaña ubicua

La montaña ubicua

Podría ser una de esas montañas de mi niñez, con su  horizontes marino y ese otro cuajado de montañas. O podría ser una montaña pétrea y altiva, como una catedral gótica. O quizá una del sur que parece una cosa y acostumbra ser muchas y bien diferentes entre sí. Ya digo, podría ser (en) una montaña cualquiera.

La montaña de la que hablo es todas y es solo una. Es la verdad que andamos encontrando y la que deseamos evitar. Es el juego y su desenlace. Es el todo final.

Por eso, cuando acudo a la montaña lo hago con los sentidos bien afilados, en continuo equilibrio entre la determinación y la renuncia, dispuesto a no dejarme cegar por lo invisible, siempre despierto y bien atento.

Con el mundo fuera de mí: respiro, palpo y asciendo.

 

Me temo que a partir de hoy, y durante un periodo más o menos largo, voy a estar muy ocupado y no podré dedicar mucho tiempo al blog. Eso sí, seguiré a toda la buena gente que escribe y dibuja. Un beso para todas ellas.

 

La montaña y el contraluz (de propina):

La montaña y el contraluz

Contemplo la abigarrada fauna que pulula en el contraluz
y me imagino polilla.

 

Foto obtenida en Pixabay

A mi manera. 1975

A mi manera 1975 (I)Me puse a mirar a uno y otro lado, luego clavé la vista en el suelo y al rato la levanté para recorrer los nervios que forman las bóvedas de crucería del techo. Me frotaba las manos, me sentaba sobre ellas y, cuando comenzaban a hormiguear, las liberaba y las apoyaba en el respaldo de la bancada de delante. Y vuelta a empezar. Estaba nervioso e impaciente, y un poco asustado también. Pues el concierto tendría lugar en la iglesia, allí donde se celebran los oficios religiosos y se escucha la palabra de Dios, cerca del altar, a pocos metros del lugar donde, un mes antes, había estado el ataúd con mi abuela de cuerpo presente. Me sudaban las manos.

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La montaña y el horizonte

La montaña y el horizonte

Canción de amor:

Vengo de una esquina del norte donde las montañas se disputan un pedazo de espacio. Y es tan pequeña esa esquina y es tan grande el ansia de esos montes por ocupar su lugar que, de la batalla, resulta un gran amontonamiento de valles encajonados entre montañas.

Pero claro, el horizonte no se conforma con ser solo montaña y cielo recortado entre montañas y, vanidoso como es, ha puesto en nuestras almas el deseo de ascender hasta lo más alto para así poder ser contemplado en toda su grandeza y vastedad.

Y aunque sea una gran majadería otorgar sentimientos y deseos a montañas y horizontes creerme si os digo que nunca se han visto montes tan concurridos como los que se alzan en la esquina del norte donde yo nací.

 

Maite ditut                                              Amo nuestros paisajes
maite                                                        cuando la niebla
gure bazterrak                                      me los esconde.
lanbroak                                                ¿Qué es lo que oculta
izkutatzen dizkidanean.                   cuando no me deja ver?,
Zer izkutatzen duen                           entonces comienzo a ver
ez didanean ikusten uzten,              lo escondido…
orduan hasten bainaiz                      los paisajes maravillosos
izkutukoa…                                          que se iluminan en mí.
nire baitan bizten diren
bazter miresgarriak
ikusten.
Mikel Laboa sobre un poema de Joxean Artze

Foto obtenida en verfotos.org

 

En la urbanización (II de II)

En la urbanización2

Justin se ha girado espantado, alcanza la puerta y sale al exterior dejando los gritos de la mujer a su espalda. El pánico nubla su mente y el corazón le golpea el pecho como si fuera un martillo pilón. Corre y, sin dejar de correr, llega a una zona frondosa. Exhausto, se detiene, boquea en busca de aire y se lleva ambas manos a la cara. Le gustaría poder cambiar su negro rostro por otro diferente. Así podría salir de entre los arbustos con su cortarramas telescópica en la mano a interesarse por la razón de tanto alboroto: ¿un ladrón decís?, ¿y cómo era?, diría. Pero claro, él es el ladrón. ¿Qué hacer entonces? Se le ocurre que podría abandonar la urbanización, llegar al pueblo, coger el primer tren hacia la ciudad y explicar el incidente a la gente que le está ayudando con los papeles; ellos lo entenderán. Lo cierto es que no se le ocurre otra cosa.

Por la puerta de la urbanización no va a poder salir, eso es evidente. Así que lo mejor será encontrar un rincón apartado, esperar el momento adecuado y saltar la valla. Sí, eso hará. Y Justin se interna en el arbolado en busca de ese rincón.

Un rato después, a Justin le parece atisbar un posible refugio en el hueco que dejan dos grandes piedras al pie de un pino algo mayor que los demás. ¿Y si se cuela ahí dentro a esperar acontecimientos? Dicho y hecho. Y aunque el agujero es muy angosto y el terreno bastante irregular, intenta convencerse de que podrá aguantar en su interior cuanto haga falta. Pero no va a ser fácil. Aparte de la incomodidad, está su cabeza. Y así, ya ha comenzado a imaginar que a lo peor han mandado tras él a los perros, hasta le parece oír a lo lejos sus ladridos… Y al revés. También le da por pensar que, en realidad, no ha pasado nada, nada se ha llevado y a nadie ha hecho daño; seguro que explica lo que ha ocurrido y lo dejan correr… En resumen: Justin anda debatiéndose entre el convencimiento de que lo mejor es aguantar allí escondido y el impulso de salir de su escondrijo y poner fin a esa angustiosa espera.

Y en estas está, cuando le parece percibir ruido de pasos. Justin contiene la respiración y aguza el oído. Sí, no hay duda. Ahí fuera, muy cerca de las piedras que le sirven de refugio, hay alguien. De pronto, oye ruido de agua e, inmediatamente, siente como le salpican algunas gotas. Quien quiera que sea, está meando contra las piedras.

Y algo vería ese alguien, pues su rostro se ha asomado por la entrada del hueco y ha dado una voz cuyo significado Justin no logra entender. Y para evitar que pueda dar más voces, Justin se impulsa hacia adelante y golpea con su cabeza las rodillas del hombre, derribándole. Ha salido del agujero justo cuando el hombre, en el suelo aún, trata de echar mano a la pistola que lleva en la cintura. Justin se agacha, coge una de las piedras que retiró para agrandar el hueco en el que ha estado escondido y le golpea en la cabeza con ella: una, dos y una tercera vez. El hombre permanece inmóvil, un hilillo de sangre le corre por la frente. Entonces Justin se inclina hacia él, coge la pistola de la funda y da varios pasos hacia atrás con ella en la mano. Es la primera vez que sostiene una pistola entre las manos y se sorprende de lo poco que pesa.

En ese momento, suena un estampido. Seguido, otro más. Justin siente un violento empujón en el pecho que lo lanza hacia atrás. Está en el suelo. Intenta levantarse, pero le faltan las fuerzas. Tiene la garganta llena de un líquido espeso y caliente, le cuesta respirar. Cuando ladea la cabeza aparecen un par de piernas y luego dos brazos extendidos con una pistola apuntándole. Justin siente una enorme pena por sí mismo: la vida le sonreía y, unas horas despúes, todo se ha echado a perder. Entonces le viene un vomito de sangre y se lo traga mezclado con sus lágrimas. Simplemente ha ocurrido así.

 

Ilustración a partir de una fotografía obtenida en Pixabay

he creado con él un ambiente de mucha cercanía

Hoy me han sacado en el cuaderno parlante que hay en un blog muy, muy chulo; “cocina para gordos” se llama. Estoy muy contento.

cocina para gordos

yodfyf.jpgEstoy aterido y un poco asustado; ante mí hay mucha montaña y una gran oscuridad en la montaña, y un gran cielo negro de enero repleto de estrellas. Las estrellas me intimidan, ahondan la oscuridad, la profundizan. Pero entonces, en ese momento, justo en ese preciso instante(…)Álvaro Salazar que sube montañas y se sienta por allí a hacer metáforas

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En la urbanización (I de II)

En la urbanización

Últimamente las cosas parecían irle de maravilla: le están ayudando con el asunto del empadronamiento y el papeleo, lleva varios meses trabajando con cierta regularidad y ha encontrado, por un poco más de dinero, habitación en una casa mejor y más céntrica. Además, por si fuera poco, una chica natural del país se ha fijado en él, un negro como tantos otros.

No hay duda, la vida parece venirme de cara, concluye Justin al tiempo que estira las piernas para desentumecerlas. Los asientos de atrás de la furgoneta son muy incomodos, y más si los compartes con otros tres compañeros. Pero ya llegan. Se han detenido ante la puerta de la urbanización. Esperan. Ha pasado ya un buen rato y nadie acude a abrirles la puerta –en otras circunstancias tocarían el claxon para hacerse notar, pero es la primera vez que trabajan para una urbanización tan distinguida y exclusiva y no se atreven–. De improviso, las puertas de hierro forjado comienzan a deslizarse suave y en silencio por sus rieles y pueden entrar. Como siguen sin ver a nadie, continúan carretera adelante bajo la mirada omnipresente de las cámaras de vigilancia. Justin va inclinado hacia delante para poder mirar por la ventanilla lateral derecha de la furgoneta: las primeras casas, con su seto, su jardín y su piscina, la amplia pradera tachonada, aquí y allá, por parterres de flores y macizos de arbustos, los caminos blancos y serpenteantes entre las casas, las hileras de árboles. Un poco más adelante, por el fondo, aparece una apretada arboleda; tras ella, invisibles, estarían el lago, el campo de golf y los chalets más exclusivos. Todo verdísimo y resplandeciente a la vista.

Al rato, tras una curva, aparece un vehículo blanco que se detiene al llegar a la altura de la furgoneta. Lo conduce el encargado de mantenimiento de la urbanización. Seguirme, dice sacando la cabeza por la ventanilla. Poco después, llegan al barracón de servicio. Se forman los equipos y se reparten las tareas. Justin forma pareja con un ecuatoriano a quien no conoce. De nuevo a la furgoneta. A Justin y a su compañero les dejan al pie de un chalet cuyo tejado a dos aguas sobresale por encima del seto de laurel. Justin se ocupará de podar el seto y los arbustos, Juan –así se llama el ecuatoriano– segará la hierba del perímetro exterior de la propiedad. Deberán terminar en un par de horas, antes de que vengan a recogerles para acercarles a la siguiente labor del día.

A pesar de que el sol aprieta de firme, a Justin le va a sobrar tiempo: recortar el alto del seto junto a la puerta y se acabó. Si sigo así, se dice confiado en su buena estrella, seguro que terminan por asignarme tareas de mayor responsabilidad y mejor pagadas. Y extrae la empuñadura adicional de la pértiga dispuesto a terminar el trabajo. Sin embargo, al aproximarse, ha descubierto que la puerta está entornada. Se asoma por ella. Ante él, el césped bien cuidado, una piscina azul turquesa y un amplio y luminoso porche presidiendo el frente de la casa.

Y se dice que debería cerrar la puerta. Luego piensa que mejor la deja como está y da aviso. Pero no hace ni lo uno, ni lo otro. Y entra en el jardín.

Ha dado unos cuantos pasos sin apartarse del seto y sin ninguna intención. No obstante, cualquiera que le viese le tomaría por un merodeador. Y entonces, por detrás de la casa, aparece una mujer joven. Lleva una camisa blanca y un pantalón vaquero muy ajustado, pelo largo y moreno. Justin se la queda mirando; en su vida ha visto una mujer tan guapa como esa. De pronto, ella vuelve la cabeza hacia él y sus miradas se cruzan. Al instante -un largo lapso de tiempo para Justin-, el grito de la mujer taladra sus tímpanos.

*****

Fin de la primera parte. El desenlace lo dejamos para el próximo viernes.

La montaña y el silencio

La montaña y el silencio

Los cencerros del ganado sonando a lo lejos.

La lenta marcha de las nubes por el cielo.

El rumor de un salto de agua que llega regular y narcótico.

El viento que sopla suave y agita la tienda (me recuerda el batir de las olas del mar en un día calmo).

El canto de los pájaros.

El paso de las hojas del libro que estoy leyendo.

Los latidos de mi corazón.

Ecos del lento paso del tiempo, su hondo y denso discurrir.