La montaña ubicua

La montaña ubicua

Podría ser una de esas montañas de mi niñez, con su  horizontes marino y ese otro cuajado de montañas. O podría ser una montaña pétrea y altiva, como una catedral gótica. O quizá una del sur que parece una cosa y acostumbra ser muchas y bien diferentes entre sí. Ya digo, podría ser (en) una montaña cualquiera.

La montaña de la que hablo es todas y es solo una. Es la verdad que andamos encontrando y la que deseamos evitar. Es el juego y su desenlace. Es el todo final.

Por eso, cuando acudo a la montaña lo hago con los sentidos bien afilados, en continuo equilibrio entre la determinación y la renuncia, dispuesto a no dejarme cegar por lo invisible, siempre despierto y bien atento.

Con el mundo fuera de mí: respiro, palpo y asciendo.

 

Me temo que a partir de hoy, y durante un periodo más o menos largo, voy a estar muy ocupado y no podré dedicar mucho tiempo al blog. Eso sí, seguiré a toda la buena gente que escribe y dibuja. Un beso para todas ellas.

 

La montaña y el contraluz (de propina):

La montaña y el contraluz

Contemplo la abigarrada fauna que pulula en el contraluz
y me imagino polilla.

 

Foto obtenida en Pixabay

A mi manera. 1975

A mi manera 1975 (I)Me puse a mirar a uno y otro lado, luego clavé la vista en el suelo y al rato la levanté para recorrer los nervios que forman las bóvedas de crucería del techo. Me frotaba las manos, me sentaba sobre ellas y, cuando comenzaban a hormiguear, las liberaba y las apoyaba en el respaldo de la bancada de delante. Y vuelta a empezar. Estaba nervioso e impaciente, y un poco asustado también. Pues el concierto tendría lugar en la iglesia, allí donde se celebran los oficios religiosos y se escucha la palabra de Dios, cerca del altar, a pocos metros del lugar donde, un mes antes, había estado el ataúd con mi abuela de cuerpo presente. Me sudaban las manos.

Sigue leyendo

La montaña y el horizonte

La montaña y el horizonte

Canción de amor:

Vengo de una esquina del norte donde las montañas se disputan un pedazo de espacio. Y es tan pequeña esa esquina y es tan grande el ansia de esos montes por ocupar su lugar que, de la batalla, resulta un gran amontonamiento de valles encajonados entre montañas.

Pero claro, el horizonte no se conforma con ser solo montaña y cielo recortado entre montañas y, vanidoso como es, ha puesto en nuestras almas el deseo de ascender hasta lo más alto para así poder ser contemplado en toda su grandeza y vastedad.

Y aunque sea una gran majadería otorgar sentimientos y deseos a montañas y horizontes creerme si os digo que nunca se han visto montes tan concurridos como los que se alzan en la esquina del norte donde yo nací.

 

Maite ditut                                              Amo nuestros paisajes
maite                                                        cuando la niebla
gure bazterrak                                      me los esconde.
lanbroak                                                ¿Qué es lo que oculta
izkutatzen dizkidanean.                   cuando no me deja ver?,
Zer izkutatzen duen                           entonces comienzo a ver
ez didanean ikusten uzten,              lo escondido…
orduan hasten bainaiz                      los paisajes maravillosos
izkutukoa…                                          que se iluminan en mí.
nire baitan bizten diren
bazter miresgarriak
ikusten.
Mikel Laboa sobre un poema de Joxean Artze

Foto obtenida en verfotos.org

 

En la urbanización (II de II)

En la urbanización2

Justin se ha girado espantado, alcanza la puerta y sale al exterior dejando los gritos de la mujer a su espalda. El pánico nubla su mente y el corazón le golpea el pecho como si fuera un martillo pilón. Corre y, sin dejar de correr, llega a una zona frondosa. Exhausto, se detiene, boquea en busca de aire y se lleva ambas manos a la cara. Le gustaría poder cambiar su negro rostro por otro diferente. Así podría salir de entre los arbustos con su cortarramas telescópica en la mano a interesarse por la razón de tanto alboroto: ¿un ladrón decís?, ¿y cómo era?, diría. Pero claro, él es el ladrón. ¿Qué hacer entonces? Se le ocurre que podría abandonar la urbanización, llegar al pueblo, coger el primer tren hacia la ciudad y explicar el incidente a la gente que le está ayudando con los papeles; ellos lo entenderán. Lo cierto es que no se le ocurre otra cosa.

Por la puerta de la urbanización no va a poder salir, eso es evidente. Así que lo mejor será encontrar un rincón apartado, esperar el momento adecuado y saltar la valla. Sí, eso hará. Y Justin se interna en el arbolado en busca de ese rincón.

Un rato después, a Justin le parece atisbar un posible refugio en el hueco que dejan dos grandes piedras al pie de un pino algo mayor que los demás. ¿Y si se cuela ahí dentro a esperar acontecimientos? Dicho y hecho. Y aunque el agujero es muy angosto y el terreno bastante irregular, intenta convencerse de que podrá aguantar en su interior cuanto haga falta. Pero no va a ser fácil. Aparte de la incomodidad, está su cabeza. Y así, ya ha comenzado a imaginar que a lo peor han mandado tras él a los perros, hasta le parece oír a lo lejos sus ladridos… Y al revés. También le da por pensar que, en realidad, no ha pasado nada, nada se ha llevado y a nadie ha hecho daño; seguro que explica lo que ha ocurrido y lo dejan correr… En resumen: Justin anda debatiéndose entre el convencimiento de que lo mejor es aguantar allí escondido y el impulso de salir de su escondrijo y poner fin a esa angustiosa espera.

Y en estas está, cuando le parece percibir ruido de pasos. Justin contiene la respiración y aguza el oído. Sí, no hay duda. Ahí fuera, muy cerca de las piedras que le sirven de refugio, hay alguien. De pronto, oye ruido de agua e, inmediatamente, siente como le salpican algunas gotas. Quien quiera que sea, está meando contra las piedras.

Y algo vería ese alguien, pues su rostro se ha asomado por la entrada del hueco y ha dado una voz cuyo significado Justin no logra entender. Y para evitar que pueda dar más voces, Justin se impulsa hacia adelante y golpea con su cabeza las rodillas del hombre, derribándole. Ha salido del agujero justo cuando el hombre, en el suelo aún, trata de echar mano a la pistola que lleva en la cintura. Justin se agacha, coge una de las piedras que retiró para agrandar el hueco en el que ha estado escondido y le golpea en la cabeza con ella: una, dos y una tercera vez. El hombre permanece inmóvil, un hilillo de sangre le corre por la frente. Entonces Justin se inclina hacia él, coge la pistola de la funda y da varios pasos hacia atrás con ella en la mano. Es la primera vez que sostiene una pistola entre las manos y se sorprende de lo poco que pesa.

En ese momento, suena un estampido. Seguido, otro más. Justin siente un violento empujón en el pecho que lo lanza hacia atrás. Está en el suelo. Intenta levantarse, pero le faltan las fuerzas. Tiene la garganta llena de un líquido espeso y caliente, le cuesta respirar. Cuando ladea la cabeza aparecen un par de piernas y luego dos brazos extendidos con una pistola apuntándole. Justin siente una enorme pena por sí mismo: la vida le sonreía y, unas horas despúes, todo se ha echado a perder. Entonces le viene un vomito de sangre y se lo traga mezclado con sus lágrimas. Simplemente ha ocurrido así.

 

Ilustración a partir de una fotografía obtenida en Pixabay

he creado con él un ambiente de mucha cercanía

Hoy me han sacado en el cuaderno parlante que hay en un blog muy, muy chulo; “cocina para gordos” se llama. Estoy muy contento.

cocina para gordos

yodfyf.jpgEstoy aterido y un poco asustado; ante mí hay mucha montaña y una gran oscuridad en la montaña, y un gran cielo negro de enero repleto de estrellas. Las estrellas me intimidan, ahondan la oscuridad, la profundizan. Pero entonces, en ese momento, justo en ese preciso instante(…)Álvaro Salazar que sube montañas y se sienta por allí a hacer metáforas

Ver la entrada original

En la urbanización (I de II)

En la urbanización

Últimamente las cosas parecían irle de maravilla: le están ayudando con el asunto del empadronamiento y el papeleo, lleva varios meses trabajando con cierta regularidad y ha encontrado, por un poco más de dinero, habitación en una casa mejor y más céntrica. Además, por si fuera poco, una chica natural del país se ha fijado en él, un negro como tantos otros.

No hay duda, la vida parece venirme de cara, concluye Justin al tiempo que estira las piernas para desentumecerlas. Los asientos de atrás de la furgoneta son muy incomodos, y más si los compartes con otros tres compañeros. Pero ya llegan. Se han detenido ante la puerta de la urbanización. Esperan. Ha pasado ya un buen rato y nadie acude a abrirles la puerta –en otras circunstancias tocarían el claxon para hacerse notar, pero es la primera vez que trabajan para una urbanización tan distinguida y exclusiva y no se atreven–. De improviso, las puertas de hierro forjado comienzan a deslizarse suave y en silencio por sus rieles y pueden entrar. Como siguen sin ver a nadie, continúan carretera adelante bajo la mirada omnipresente de las cámaras de vigilancia. Justin va inclinado hacia delante para poder mirar por la ventanilla lateral derecha de la furgoneta: las primeras casas, con su seto, su jardín y su piscina, la amplia pradera tachonada, aquí y allá, por parterres de flores y macizos de arbustos, los caminos blancos y serpenteantes entre las casas, las hileras de árboles. Un poco más adelante, por el fondo, aparece una apretada arboleda; tras ella, invisibles, estarían el lago, el campo de golf y los chalets más exclusivos. Todo verdísimo y resplandeciente a la vista.

Al rato, tras una curva, aparece un vehículo blanco que se detiene al llegar a la altura de la furgoneta. Lo conduce el encargado de mantenimiento de la urbanización. Seguirme, dice sacando la cabeza por la ventanilla. Poco después, llegan al barracón de servicio. Se forman los equipos y se reparten las tareas. Justin forma pareja con un ecuatoriano a quien no conoce. De nuevo a la furgoneta. A Justin y a su compañero les dejan al pie de un chalet cuyo tejado a dos aguas sobresale por encima del seto de laurel. Justin se ocupará de podar el seto y los arbustos, Juan –así se llama el ecuatoriano– segará la hierba del perímetro exterior de la propiedad. Deberán terminar en un par de horas, antes de que vengan a recogerles para acercarles a la siguiente labor del día.

A pesar de que el sol aprieta de firme, a Justin le va a sobrar tiempo: recortar el alto del seto junto a la puerta y se acabó. Si sigo así, se dice confiado en su buena estrella, seguro que terminan por asignarme tareas de mayor responsabilidad y mejor pagadas. Y extrae la empuñadura adicional de la pértiga dispuesto a terminar el trabajo. Sin embargo, al aproximarse, ha descubierto que la puerta está entornada. Se asoma por ella. Ante él, el césped bien cuidado, una piscina azul turquesa y un amplio y luminoso porche presidiendo el frente de la casa.

Y se dice que debería cerrar la puerta. Luego piensa que mejor la deja como está y da aviso. Pero no hace ni lo uno, ni lo otro. Y entra en el jardín.

Ha dado unos cuantos pasos sin apartarse del seto y sin ninguna intención. No obstante, cualquiera que le viese le tomaría por un merodeador. Y entonces, por detrás de la casa, aparece una mujer joven. Lleva una camisa blanca y un pantalón vaquero muy ajustado, pelo largo y moreno. Justin se la queda mirando; en su vida ha visto una mujer tan guapa como esa. De pronto, ella vuelve la cabeza hacia él y sus miradas se cruzan. Al instante -un largo lapso de tiempo para Justin-, el grito de la mujer taladra sus tímpanos.

*****

Fin de la primera parte. El desenlace lo dejamos para el próximo viernes.

La montaña y el silencio

La montaña y el silencio

Los cencerros del ganado sonando a lo lejos.

La lenta marcha de las nubes por el cielo.

El rumor de un salto de agua que llega regular y narcótico.

El viento que sopla suave y agita la tienda (me recuerda el batir de las olas del mar en un día calmo).

El canto de los pájaros.

El paso de las hojas del libro que estoy leyendo.

Los latidos de mi corazón.

Ecos del lento paso del tiempo, su hondo y denso discurrir.

Quise hacer la revolución

Quise hacer la revolución

Quise hacer la revolución, pero olvidé el manual de instrucciones en casa.

Quise hacer la revolución, pero me perdí y acabé entonando canciones de acción de gracia en un coro góspel.

Quise hacer la revolución, y me salió una muela (Gloria Fuertes, en cambio, hizo la revolución a tiempo y sonriendo).

Quise hacer la revolución, y el mundo se volvió feliz delante de mis propias narices (quise contárselo a Gila, pero comunicaba).

Quise hacer la revolución con un vaso de ginebra en cada mano, y éramos tantos que me emocioné y comencé a corear himnos revolucionarios con el puño en alto (a la mañana siguiente me dolía la cabeza y lo único que recordé era que quería hacer la revolución).

Quise hacer la revolución, y me vino a la cabeza que el amor es revolucionario, de manera que probé a amar y amé todo cuanto se me puso por delante: amé todos los días de la semana y también a cada uno de los días de la semana, amé a todas las mujeres y a todos los hombres, amé a los animales y a las plantas, a los ríos y a los mares, a las llanuras y a las montañas, y amé tanto, y durante tanto tiempo, que el alma se me ensanchó y se me ensanchó y terminó por romper sus costuras (y claro, el alma salió volando y ya no pude seguir amando).

Quise hacer la revolución…, y aún tengo ganas de hacerla.

**********

Imagen obtenida a partir de una fotografía de Pixabay

La montaña y las imágenes

La montaña y las imagenes

Lo he venido pensando y ahora lo pongo por escrito: la montaña (me) genera imágenes que recolecto para fijarlas en la memoria cual mariposas –la metáfora de la mariposa ha surgido así, sin más. Y aunque pueda resultar cursi y hasta un tanto fúnebre, aquí la dejo–.

Las recopilo desde mi yo y, al hacerlo, se impregnan de mí, de mis circunstancias. Mientras me conserven, esas imágenes serán recuerdos que podré rememorar a voluntad: para conciliar el sueño, para sumergirme en la nostalgia, para contar batallitas a los colegas…, o por el simple gusto de recordar.

Sin embargo, con el tiempo, las imágenes pierden sus (mis) referencias hasta quedar huérfanas de . Entonces, amustiadas y huecas, dejan de ser recuerdos y cuelgan inútiles de la memoria. Pero esas imágenes no se resignan y, para sobrevivir, me reclaman, me implican, me buscan la intención. Como proyectiles de carga hueca se proyectan hacia mí y me conminan a contar una historia:

Estoy aterido y un poco asustado; ante mí hay mucha montaña y una gran oscuridad en la montaña, y un gran cielo negro de enero repleto de estrellas. Las estrellas me intimidan, ahondan la oscuridad, la profundizan. Pero entonces, en ese momento, justo en ese preciso instante, despunta el nuevo día. Y ha bastado ese atisbo de luz para calmarme. Pues el sol me dará la sombra y, con ella, me sentiré corpóreo y real.

La noche en la montaña y el cielo estrellado: son las imágenes. El nuevo día…; esa es la historia.

Ya viene el sol

Ya viene el sol

Ha cruzado la calle en su silla de ruedas con un vaso de patxarán semivacío en la mano derecha y se ha detenido ante el escalón de acceso al bar –y el escalón sería más bien un obstáculo, una barrera arquitectónica, aunque eso a él parece tenerle sin cuidado ocupado como está en alargar el vaso hacia el local–. Otro patxarán, dice con la voz tomada por el alcohol y el relente de la noche. Un parroquiano asoma por la puerta del bar, le coge el vaso y, al rato, le tiende otro colmado en el que tintinean un par de hielos. Toma campeón, gasolina para el motor, le dice con voz burlona. Sabéis, añade dirigiéndose a una pareja que observa curiosa la escena, es el puto presidente de la asociación de conductores de sillas de ruedas, ¿verdad campeón? El de la silla de ruedas se le queda mirando con sus ojillos medio ocultos entre los dos higos pasos que le sirven de párpados. Parece que no le ha hecho mucha gracia la broma. La pareja de curiosos se han mirado entre sí y ahora clavan la vista en el suelo; sienten como si en torno a la puerta del bar se hubiera instalado una burbuja de unos dos metros de diámetro que aíslara el perímetro del resto de la calle. En su interior se masca la tensión. Algo va a suceder. Y de pronto, en la otra acera, un muchacho comienza a cantar acompañándose a la guitarra. La canción dice algo del sol, dice que las sonrisas han vuelto a los rostros, que el hielo se está derritiendo lentamente, que todo está bien. Y la canción penetra la burbuja y la burbuja se desinfla y se desvanece. Entonces el hombre de la silla de ruedas levanta el vaso de patxarán, lo mantiene un par de segundos alzado por encima de su cabeza y, tras exclamar: ¡Salud!, le da un buen tiento y esboza una luminosa sonrisa. Luego, se gira y desaparece entre el bullicio de la calle.

*****

Apareció de improviso, al doblar la esquina. En cuanto lo vio, se detuvo y se quedó quieto; lo tenía enfrente, muy quieto también. Ambos mantenían la misma actitud de alerta, y ambos también, de manera rápida y al unísono, adoptaron idéntica posición de antagonismo abierto y sin ambages: muy erguidos, pelo erizado, mostrándose los dientes mutuamente. La rabia del uno incendiaba la del otro, y ya solo cabía un único desenlace. Sin esperar más, se lanzó contra su enemigo con toda su rabia, su enemigo hizo lo propio y, al instante, estaban cabeza contra cabeza, los ojos inyectados en sangre, echando espumarajos por la boca. Espantado, retrocedió. El otro hizo lo mismo. Volvían a estar como antes, frente a frente, dispuestos a pasar al ataque. Y cada vez que eso ocurría, la secuencia se repetía de manera similar: se abalanzaban el uno contra el otro, entrechocaban con fiereza y luego retrocedían. Y vuelta a empezar, una y otra y otra vez, con furia creciente.

La mayor parte de la gente pasaba a su lado indiferente; aun así, algunas personas se detenían y se quedaban un rato, entre expectantes y divertidas, observando la escena para continuar luego su camino acera adelante. Solo una de esas personas, apenas una muchacha, tuvo la delicadeza y el valor suficiente para acercarse y retirarlo de su reflejo en aquel espejo. Poco a poco el perro se fue calmando y, al rato, correteaba alegre y relajado.