De sonrisa amplia

De sonrisa amplia

Esta entrada contiene un recuerdo y un homenaje a nuestro compañero Etienne que se ha ido después de regalarnos su presencia durante todo el tiempo que estuvo entre nosotras. Como dice Tania Toral Esteban en un comentario en Facebook: «Siempre….”solo muere lo que no es recordado” y tu serás siempre recordado chaval! Un abrazo al cielo».

De tus amigos de Arrigorriaga Harrera: Betidanik, Etienne lagun.

Y ahora nuestro recuerdo:

DE SONRISA AMPLIA.

Había una vez una bicicleta, y sobre la bicicleta un ciclista.

El sol caía por detrás de las casas más altas. Otras veces, en cambio, caía una fina lluvia. Era el final de la jornada, el momento en el que podías encontrarte con él. Por el paseo del río. Y siempre era igual.

De mirada clara, como un limpio amanecer.

De sonrisa amplia, como el horizonte del mar.

De voz cantarina, como una espiral que asciende hasta lo más alto.

De ternura inmensa, como los vastos confines que preludian el fin del mundo.

La bicicleta en el suelo, y enseguida te envolvía el abrazo que te convertía en testigo y protagonista del milagro. Luego la despedida: primero cenar y luego a dormir. Así es la vida. Así son los milagros.

Había una vez un cometa que cruzaba mares y fronteras. Había una vez un emisario del sol.

Aquella ventana era tan estrecha que apenas contenía un poco de verdor y unos coches aparcados. Voy a salir. Voy a salir a repartir felicidad, dijo con la solemnidad que tienen las cosas ciertas. Y entonces la ventana se ensanchó y el cometa partió cargado de amor.

De amor claro, como su mirada.

De amor amplio, como su sonrisa.

De amor cantarín, como su voz.

De amor inmenso, como su ternura.

Era una luz brillante cruzando campos oscuros, era un soplo de brisa moviendo las cortinas del verano, era un faro cuya única tarea fuera alumbrar la felicidad en la tierra.

Así era Etienne. El enviado del sol. El hacedor de milagros.

¡GRACIAS A LA VIDA POR HABERNOS DADO TANTO!

BETI GURE BIHOTZEAN!

Marco. Historia de un encuentro

“Marco. Historia de un encuentro” narra mi relación con un joven camerunés llamado Marco, el cual, como tantos y tantos jóvenes africanos, se ha visto obligado a migrar en busca de una vida digna.

Para ello, además de hablar sobre el proyecto de acogida “Arrigorriaga Harrera” (Arrigorriaga Acoge) que lo propició, me propuse narrar el propio viaje de Marco (su peregrinaje a través de Nigeria, el desierto de Níger, Argelia y Marruecos), así como recrear determinados hechos históricos que ponen de manifiesto algunas de las causas que se hallan detrás del drama y la gran injusticia que encierra la migración forzosa. Pero entonces, cuando ya llevaba un buen número de páginas escritas, caí en la cuenta de que estaba narrando mi propio viaje interior, ese que había emprendido para acercarme a Marco y reconocerme en él. En este sentido, el libro es también la crónica del propio proceso de descubrimiento y de escritura. “Escribir para descubrir. Arriesgar. Escribir arriesgando”. De esto habla también el libro.

Para escribir este libro no he tenido que desplazarme a lugares lejanos ni a tiempos remotos, sino que, bien al contrario, he debido abrirme paso por el intrincado sistema de simas y galerías que nos recorren por dentro, allí donde anidan las preguntas más íntimas, allí donde surgen y explosionan los sentimientos más elementales. Por eso este libro me rasca tanto, por eso me emociona tanto también.

En esta historia hay mucha realidad y también mucha ficción, si bien, tratar de establecer dónde empieza lo uno y dónde acaba lo otro es un empeño que, por su futilidad, no viene a cuento.

Si hay algo incuestionablemente real es el dolor. Probad si no a meter el dedo en el quicio de una puerta y a cerrarla de golpe. Pero también es real el escalofrío que nos recorre con solo visualizar la escena. Si bien nadie puede dolerse en cuerpo ajeno, podemos imaginar ese dolor y hacerlo nuestro. Tal vez en esto consista esa extraña facultad —la llamemos como la llamemos— que nos permite ponernos en el lugar del otro y convertir en propio aquello que ocurre más allá de nuestros límites corporales.

El orden mundial y económico que origina las migraciones es real, lo tenemos delante de las narices —en estos precisos instantes mata a manos llenas en Ucrania—. Los efectos de la política migratoria europea y las leyes de extranjería también son reales, lo son los muertos y el dolor que traen consigo. Y aunque sus efectos los sufran otras personas, podemos imaginárnoslo y, de esa manera, hacerlo nuestro: “Porque yo fui el hombre que sufrió y que estuvo allí”, nos dice Withman desde su siglo XIX.

Los movimientos sociales que defienden los derechos de las personas migrantes y que ponen en marcha proyectos de acogida son reales. Mi experiencia en la plataforma Ongi etorri Errefuxiatuak (Bienvenidos refugiados) y en Arrigorriaga Harrera (Arrigorriaga acoge) es real. Por esa razón me lancé a fabular: para hablar de esta experiencia y poder entenderla un poco mejor.

Marco es real. Vive aquí, en mi pueblo. Está entre los “Contactos” de mi móvil. La historia que Marco me ha contado es real, es la de miles y miles como él, es la de muchos. Por eso me puse a fabular también: para poder contármela y, de este modo, hacerla mía. Al igual que le sucediera a Unamuno con “Niebla” —salvando las distancias, claro está—, a mí también me visitaba el personaje de mi novela: estaba escribiendo sobre Marco y, en ese preciso instante, Marco me mandaba un wasap, lo cual no dejaba de ser desconcertante.

El Marco que aquí aparece es el que se me ha ido revelando. El Marco que aquí aparece es el protagonista de esta novela y, como tal, es un personaje (me pregunto en qué medida se reconocerá Marco en él).

Marco es muchos Marcos. Mi encuentro con Marco es muchos encuentros. Una línea de vida tendida a la luz de mi vieja lámpara de carburo. Eso es esta historia.

(Marco me ha regalado este libro. Le doy las gracias por ello).

Si quieres adquirir un ejemplar lo puedes hacer en esta página.

Un muchacho somalí

Un muchacho somaliYaya es un muchacho somalí de 17 años. Con 15 años, huérfano de madre y con su padre en un campo de refugiados, abandonó su casa de Mogadisquio para escapar de la guerra. Todo el mundo que abandona su casa escapa de algo, nadie lo hace sin una buena razón.

En compañía de otros tres amigos, Yaya cruzó Etiopia y Sudan. Y llegó a Libia. “Libia muy malo”, dice Yaya. E imitando el sonido de una descarga de metralleta: “tatatata”, añade que  en Libia mataron a uno de sus amigos. Luego te enseña una gran cicatriz en la muñeca: “machete”, dice.

En diciembre de 2018 Yaya subió (embarcar es un término improcedente) a una patera con rumbo a Italia. La patera zozobró en alta mar y fue rescatada por el Open Arms. La Italia de Salvini negó una vez más el desembarco en sus costas y, tras largos días de incertidumbre, recibieron autorización del gobierno español para arribar al puerto de Algeciras.

Yaya es menor de edad. Yaya es un niño de ojos expresivos. Allí donde no llegan sus palabras, llegan sus ojos. Muy dentro.

Como era menor de edad ingresó en un centro de menores en Jerez de la Frontera y, según le entendí, pasó luego a otro centro de menores en Sevilla. Pero llegó el verano. Y Yaya se marchó a París. “Francia no bueno. Muchos negros en la calle”, dice. “Alemania no bueno, mucho somalí en Alemania, no quieren más somalí”, añade. Así que regresó a España.

Yaya entró en contacto con la gente de la red de acogida de Irún (Irungo Harrera Sarea, en euskera), le ayudaron y le llevaron al centro de menores de Amorebieta (Bizkaia). El viernes, una compañera de la red de Irún nos llama y nos pide que salgamos a recibir a Yaya cuando llegue a Bilbao, pues tiene que ir a un centro de menores de Andalucía (las fotos que le sacó la policía, la ficha de ingreso en el centro de menores…, todos sus papeles se encuentran allí).

El domingo a mediodía, Yaya llega en autobús a Bilbao. Le llevamos a Arrigorriaga y después de comer algo y descansar, nos acompaña al gaztetxe donde viven diez personas subsaharianas desde octubre de 2018. Le damos un poco de ropa, un poco de dinero y a las 21 horas Yaya coge el autobús para Sevilla.

Ayer llamó y dijo que estaba en Jerez de la Frontera. “¿Te esperan?, le pregunté. Me respondió que sí. “Todo bien”, me dice. También añade que está sorprendido de que tanta gente ayude a un muchacho somalí y me pide que dé las gracias a todos los amigos. ¡Ay!, Yaya, Yaya…

El rato que estuvo en mi casa antes de continuar viaje hacia Sevilla, Yaya miraba las fotos que cuelgan de las paredes o se apoyan en las estanterías. “¿Foto familia?”, preguntaba. Yo le decía que no: “Foto de monte”, “Foto de amigo”, “Foto de tren”. Sin embargo, todas las fotos eran fotos de familia para Yaya. Al final descubrió las de mis padres y las de los padres de mi mujer. “¿Foto de familia?”. “Sí Yaya, fotos de familia, son nuestros padres”. “¿Dónde padres?”. “Murieron. Eran muy mayores”. “Mi madre muerta también”. No dije nada. No me atreví.

El padre de Yaya espera desde hace años en el campo de refugiados a entrar en un programa de protección internacional para ir a Inglaterra. Yaya confía en que llegue ese día y pueda reunirse con él.

Ahora escucho la canción “Somalia” que cierra el último disco de Lagartija Nick: “Los cielos cabizbajos” (Montgrí, 2019). Habré escuchado este disco más de veinte veces. Me parece un disco estremecedor, bello y necesario, un poema sinfónico que recorre los perfiles de la guerra y la barbarie: Hiroshima, Gernika, Sarajevo, Somalia… Ahora “Somalia” tiene el rostro de YaYa.

La madre enlutada, sus brazos sin piel, los cielos añicos al anochecer. La madre sin hijos a la intemperie, una madre sin más.
El humo extranjero, el aire en Berlín, el mar atrapado en otro trozo de mar, la madre vaciada, la madre desecha en un desierto de horror.
La madre de fuego, la madre de pie, la madre en la tumba puesta del revés.
Esto es Somalia.

Somalia es el grito de todas las penas, con su amarga dignidad. Somalia es la madre de vientre ultrajado por la furia más letal.

Hay un cementerio en cada mujer que tiene un niño muerto rascado en la piel. Hay un cementerio en cada mujer que ?????
Quizá, de repente, la luna en su ardor. Un niño parado en unos pechos en flor. La madre en la sombra, cuchillo de rabia. La muerte ?????

La tierra está descuartizada por el odio de la piel. La tierra gime en carne viva rota de mercurio y sed.
Somalia es la madre ensangrentada que no acierta a comprender que quien te viola ????? no te puede ver morir. La madre es un clamor.

Somalia. Somalia. Somalia. Somalia…

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Jon Sistiaga pone voz al epilogo de la canción. Dice así:

En Somalia decir que uno es un muerto de hambre no es un insulto, es una obviedad. Y quizás repetir que casi un millón de personas está en riesgo inmediato de hambruna, o que tienen la mayor tasa de mortalidad infantil, sean ya una letanía. Aquí la vida no vale nada y se mata por muy poco.

Desde la ventana de mi hotel en Mogadisquio me acuerdo de este viejo poema somalí:

Yo y mi clan contra el mundo.
Yo y mi familia contra el clan.
Yo y  mi hermano contra la familia.
Yo contra mi hermano.
Así es el caos.