Coloniales (4)

La culpa colectiva

(Del libro «Marco. Historia de un encuentro«)

Algunas pintadas con simbología nazi y alusiones racistas en Madrid. EFE

Así es. Leopoldo II, rey de Belgica y señor del Congo nos trae la culpa. Nos trae la suya propia, que es muy grande y son muchas. Es culpable por no saberse culpable, al fin y al cabo hacía lo que muchos otros hacían, es decir, engrandecer su patria —no en vano le llamaron el rey constructor— y, de paso, enriquecerse a costa de violentar personas, pueblos y culturas que consideraban incivilizados y salvajes, poco más que animales. Es culpable de tanto saqueo, sufrimiento y muerte. Es culpable por el burdo y mísero cinismo que derrochó al querer hacerse pasar por un filántropo humanista dispuesto a llevar la civilización y el progreso al corazón de África, mientras planeaba sacar todo el marfil y el caucho y cuanto encontrara de valor para transformarlo en francos y palacios. Pero, además, Leopoldo nos trae también nuestra propia culpa. ¿Cómo pudo suceder todo aquello? Y sobre todo, ¿cómo puede seguir sucediendo?

Cuarenta y nueve años después de la muerte de Leopoldo, en 1958, se celebró en Bruselas la primera exposición universal tras el fin de la segunda guerra mundial. El país anfitrión presentó el pabellón del Congo —que por aquel entonces seguía siendo colonia belga— en el que se recreaba una aldea africana. Chantal Maillard recoge en su libro “La compasión difícil” cómo llevaron a las niñas de algunos colegios públicos —la propia Chantal fue una de ellas— y cómo, embardunadas de betún, embutidas en sacos de café y engalanadas con los collares de papel que habían confeccionado en las horas de manualidades, saltaban sobre un pie y sobre otro con los brazos en alto mientras cantaban: «He nacido en África, en el país de los caníbales. Soy negra como un borrico, pero no me importa. Uyuyuy ayáya». Habían pasado casi cincuenta años y los africanos seguían siendo eso: caníbales. Desde luego, las niñas no fueron culpables de semejante bufonada. ¿Lo fueron los encargados de diseñar el pabellón del Congo? ¿Lo fueron los comisarios de la exposición por permitirlo? ¿O tal vez lo fue el público que acudió a ver tamaño espectáculo?

La culpa colectiva es amarilla.

Es amarillo el sonido que imita al mono y que se levanta en los estadios de futbol cuando el que recibe el balón es un jugador negro del equipo contrario. Son amarillas las agresiones en el metro: «No te pego porque eres mujer»; «Vete a tu país. Lo que tenéis que hacer es trabajar»; «El metro lo pagamos los españoles»; etc. Son amarillos los insultos y las miradas esquivas. Es amarillo ese refrán que dice: “De fuera vendrá quien de casa nos echará». Son amarillos los vetos en las discotecas y en las inmobiliarias. Son amarillas las identificaciones y las agresiones policiales. Son amarillas las colas ante extranjería. Es amarilla —y roja— la ley de extranjería. Es amarilla — y azul y tiene estrellas doradas— la política de migración de la Unión Europea y el Frontex. Son amarillos los muros. Son amarillas las devoluciones en caliente. Son amarillos los campos de refugiados. Es amarilla la indiferencia ante los disparos en el Tarajal y ante tanta muerte en mares y desiertos. Son amarillos los invernaderos. Es amarilla la competitividad a ultranza y la sacrosanta productividad que esquilma y devasta tierras y mares y condena a pueblos enteros a la miseria. Es amarillo el maldito y fructífero miedo. Es amarillo mirar para otro lado. La indiferencia es amarilla.

La culpa colectiva es la violencia de la historia.

Y la historia es un cuerpo con remordimientos, nos dice Manuel Vilas —y creo que acierta.