Coloniales (2)

Conferencia de Berlín (2/2)

(Del libro «Marco. Historia de un encuentro«)

La Conferencia de Berlín comenzó el 15 de noviembre de 1884 y finalizó el 26 de febrero de 1885. Fueron más de tres meses de debates y controversias, de propuestas y contrapropuestas, de malas palabras y también de buenas, meses de discusiones a cara de perro, «Pero modérense, señores, modérense, no se olviden de que estamos aquí para llegar a acuerdos», repetían los mediadores cada vez que las disputas subían de tono, «No olviden que es preferible un mal acuerdo a una buena guerra», remachaban los leguleyos cuando el tono de las disputas alcanzaba niveles inaceptables y peligrosos. Así es, se necesitaron cien días de tiras y aflojas para alcanzar un cierto consenso sobre la verdadera tarea que les había llevado hasta allí: repartirse África —claro que, si uno lo piensa: tantos ríos, tantas selvas, tanta riqueza, tantos intereses cruzados, tantos caminos imaginados, tantos sueños y proyectos…, convendrá en que la tarea requería su tiempo.

Sin embargo, más allá de los resultados específicos obtenidos, las mayores aportaciones de la Conferencia de Berlín fueron de naturaleza intangible. Por un lado, estaban los métodos utilizados para gestionar las discrepancias y poder alcanzar algún tipo de consenso. Por ejemplo, el tamaño del salón posibilitó dividir el espacio en dos ambientes: uno para las negociaciones de carácter político y otro para la discusión técnica y jurídica. Y aquella gran mesa con forma de “U” permitió a los representantes de las potencias invitadas mirarse a la cara en todo momento. O aquel enorme mapa de África, siempre a la vista de todos, facilitó que cada cual tuviera en todo momento presente sus posiciones de partida y pretensiones y los avances en las negociaciones. Pero con todo, el gran hallazgo de la Conferencia fue de carácter jurídico y espiritual y se lo debemos a los juristas James Lorimer y Franz Ritter von Liszt, los cuales plantearon la conveniencia de diferenciar entre pueblos civilizados, bárbaros o salvajes a la hora de establecer relaciones entre los mismos. Vamos a detenernos un momento en este punto y, para ello, tomaremos prestadas algunas palabras de José María Ridao que explican con claridad de qué va este invento. Veamos. Las normas que regirían las relaciones entre países civilizados serían las que estos pactaran libremente en virtud de su plena soberanía. En cambio, con los pueblos bárbaros —árabes y asiáticos mayormente— se establecerían acuerdos solamente en los asuntos en los que aquellos tuvieran alguna competencia. Y con los salvajes —los pueblos más retrasados en la escala de la civilización, entre los que se encontraban las poblaciones autóctonas del África negra—, el comportamiento de la metrópoli se ajustaría a los principios generales que inspiran el derecho humanitario. Lo cual venía a decir, simple y llanamente, que los pueblos salvajes no estaban capacitados para decidir por sí mismos, ni siquiera respecto a la tierra que les había dado cobijo durante siglos. O dicho de otro modo, África se convertía en una especie de res nullius, o cosa de nadie, es decir, en un continente sin dueño a merced de cualquier pueblo civilizado que siguiera las normas que las propias metrópolis pactaran entre sí. Lo cual no podía ir más en consonancia con el espíritu y el propósito de la Conferencia que no era otro que el de llegar a acuerdos entre gentes civilizadas a la hora de repartirse el continente.

No había duda, la Conferencia llegaba en el momento oportuno: con los últimos espacios en blanco del continente desvelados o a punto de serlo, con la malaria, si no vencida, sí al menos controlada, con la fuerza del vapor remontando el curso de los grandes ríos, con la opinión pública europea convencida de que la colonización constituía un deber civilizatorio, una empresa eminentemente filantrópica, con el firme convencimiento de que las inversiones no deberían tener límite, con los vientos de la civilización y del derecho de gentes a favor…, y claro, con el invento reciente de la ametralladora Maxim a favor también.

Así era. El tiempo de los exploradores: los Mungo Park, René-Auguste Caillié, Mary Kingsley, Livingstone, Speke, Burton, Stanley, y tantos otros, habría quedado atrás. Todas aquellas fantásticas aventuras: el descubrimiento de las fuentes del Nilo, la navegabilidad del río Congo y del río Niger, la exploración de los últimos desiertos, habían servido para que, en cada selva, en cada sabana, en los recodos de cada río, pudieran levantarse las estaciones comerciales, auténticos faros que alumbran el avance de la civilización, así les denominaban los periódicos de la época. De manera que había llegado la hora de los emprendedores, el momento de incrementar las inversiones y los rendimientos.

En definitiva, las potencias europeas poseían el impulso y ya solo restaba proceder de manera civilizada, sin necesidad de acudir a la fuerza militar que a nadie convendría, bastantes quebraderos de cabeza tenía cada cual en su propia casa, bastantes diferencias tenían por resolver entre ellos en la vieja Europa. Para eso montaron la Conferencia en la sede de la cancillería alemana. Para eso han estado negociando durante más de tres meses en el gran salón del viejo palacio Schulenburg —el mismo en el que Chopin interpretó sus nocturnos en tiempos del príncipe Anton Radziwill, el mismo que en un futuro próximo servirá de despacho a Adolf Hitler—. Para repartirse África. Para hacerlo de manera civilizada.

***

Es jueves. El día amanece gris y hay momentos en los que nieva de manera copiosa. La mañana va ya muy avanzada, cuando Otto von Bismark, en su calidad de anfitrión, inicia el discurso que habrá de servir de colofón a la Conferencia. El canciller celebra que se haya podido alcanzar el mejor acuerdo posible sobre los derechos de navegación en los ríos Níger y Congo, convirtiendo sus orillas en una zona comercial franca para las potencias europeas. El canciller celebra igualmente que se hayan aceptado las reivindicaciones de Leopoldo II y de esta forma se haya reconocido el Estado Libre del Congo. Además, se congratula por el acuerdo logrado entre franceses y británicos para dirimir de manera bilateral sus legítimas reivindicaciones, a condición, por supuesto, de no limitar los intereses comerciales del resto de naciones. Ensalza también el acuerdo alcanzado respecto a la prohibición del comercio de esclavos. Pero sobre todas las cosas —y entonces el tono de voz del canciller se vuelve grave y solemne— celebra que se hayan sentado las bases para solventar futuras reivindicaciones que pudieran surgir sobre cualquier territorio y que, resumiendo, deberán ajustarse a los siguientes criterios: a la firma de tratados con los poderes locales, a la efectiva ocupación del territorio en cuestión, a la capacidad para proteger a los europeos que en él residan y, por último, a la plena garantía de que se permitirá el libre comercio en su seno. Además —añade sin cambiar de tono de voz—, los contenciosos suscitados entre dos potencias habrán de resolverse mediante convenios bilaterales. Y tras reafirmar que se han sentado las bases para que la empresa colonial se desarrolle de manera civilizada, Otto von Bismark da por finalizada su alocución. Y todos los presentes prorrumpen en aplausos y en exclamaciones de aprobación y contento.

Fuera, en la Wilhelmplatz, frente a la residencia oficial del canciller, la nieve se ha ido acumulando sobre los coches oficiales —todos ellos señoriales e impolutos, tirados por dos o más caballos, a cada cual más moderno y mejor acabado—. Ya salen. Todos elegantísimos, los unos con sus uniformes militares repletos de medallas, los otros con sus abrigos largos y sus sombreros de copa. Todos cruzan el patio a paso lento y, sin cambiar el paso, todos desaparecen en el interior de sus respectivos coches. La Conferencia de Berlín ha terminado.

Coloniales (1)

Conferencia de Berlín (1/2)

(Del libro «Marco. Historia de un encuentro«)

El día amanece frío y gris y una cortina de lluvia lo empapa todo. Sin embargo, en la Wilhelmplatz, frente a la residencia oficial del canciller Otto von Bismarck, y desde muy temprano además, se ha venido desplegando una inusitada actividad. Los primeros coches en llegar eran simples carruajes tirados por un solo caballo, pero luego, a medida que el día ha ido avanzando, los coches se han vuelto cada vez más señoriales y elegantes, todos ellos tirados por dos o más caballos, a cada cual más cómodo y fiable, de una gran perfección técnica y magnífico acabado todos ellos. Estos que ahora llegan se detienen ante la verja que defiende el acceso al patio del antiguo palacio Schulenburg que ahora alberga la sede de la cancillería del imperio alemán. Del interior de esos carruajes se apean unos caballeros elegantemente ataviados, los unos con uniforme militar y cargados de medallas, los otros con abrigos largos y sombreros de copa. Todos cruzan el patio a paso lento, todos desaparecen en el interior del edificio sin cambiar el paso. Hoy sábado, 15 de noviembre de 1884, dará comienzo la Conferencia de Berlín.

***

Son veinte hombres —sin contar, claro está, a los subalternos que les acompañan, abogados y hombres de negocios mayormente, ni a los delegados de las asociaciones filantrópicas, misionales, culturales o colonialistas que han sido invitados como observadores—. Todos ellos, sin excepción, cargan una pesada carga a sus espaldas, hay es nada tener que representar a sus respectivos países e imperios y defender sus intereses. De esos veinte hombres, diecisiete encarnan a doce potencias europeas: el Imperio alemán, el Imperio austrohúngaro, Bélgica, el Reino de Dinamarca, el Reino de España, Francia, el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda, el Reino de Italia, el Reino de Portugal, Países Bajos, el Imperio ruso y la Unión entre Suecia y Noruega. Dos más representan a los Estados Unidos de América, potencia emergente que muestra un interés tímido, pero creciente, sobre los asuntos coloniales del continente africano. El que hace el número veinte, y no por ser citado el último es por ello menos importante, viene en representación del Imperio Otomano que, como todo el mundo sabe, se extiende por el norte de África, el Próximo Oriente y los Balcanes. Como puede verse, ningún reino, imperio o país africano ha sido invitado.

Los veinte hombres se han despojado de sus gabanes y sombreros y ahora se dirigen hacia la enorme puerta que da acceso al gran salón en el que tendrá lugar la Conferencia, el mismo en el que Chopin interpretó, en tiempos del príncipe Anton Radziwill, sus nocturnos más celebres, el mismo salón que, años después, habrá de convertirse en uno de los despachos de Adolf Hitler. La puerta del salón se abre y los invitados comienzan a entrar, de uno en uno, siguiendo el estricto orden que marca el protocolo. Dentro les espera Otto von Bismarck.

Todo resulta allí solemne y hasta majestuoso: el entrechocar de los talones, las inclinaciones de cabeza, los apretones de manos, los amplios ademanes… La mesa en la que tendrán lugar las negociaciones es enorme y tiene forma de “U”, también el mapa del continente africano que cuelga de una de las altas paredes es enorme, al igual que las alfombras que cubren los suelos —más adelante, cuando Hitler tome posesión del salón, mandará retirar esas alfombras para dejar al descubierto el suelo pulido y deslizante; de esta manera, los políticos, dignatarios y diplomáticos extranjeros que entren a su despacho comprenderán que el mundo ha cambiado, que se han acabado los equilibrios de siempre, que su posición es precaria y resbaladiza, y que el único punto de apoyo que el mundo conocerá a partir de entonces será el del reconocimiento de la supremacía aria.

Ya están todos sentados. Ha llegado el momento de los discursos de bienvenida. Otto von Bismarck recuerda que han sido convocados para discutir y acordar las medidas que han de presidir la misión civilizadora en el continente africano. Y tomando aire, asegura que es necesario respetar los más elementales preceptos humanitarios, y para ello, añade, es conveniente proseguir la lucha contra el tráfico de esclavos, así como limitar el comercio de armas y el de bebidas alcohólicas e impulsar la imprescindible labor evangelizadora. Entonces Otto von Bismarck, sin cambiar de tono de voz, desliza que también será preciso abordar algunos litigios y malentendidos sobre determinados territorios y estaciones comerciales. Además, y esto a petición de su buen amigo Leopoldo II de Bélgica, les recuerda que será preciso tratar diversos aspectos relativos a los derechos de navegación y comercio a través del río Congo y, ya puestos, también sobre los del río Nilo, el Níger y el Zanbeze. Y a todos los presentes les habrá parecido bien, pues asienten con sus cabezas y dejan escapar murmullos de aprobación y contento.

Hay tanta camaradería en esa mesa…, que nadie diría que, apenas dos décadas antes, el mismo Bismark se las ha tenido tiesas con Dinamarca, con Austria y con Francia; o que Rusia y el Imperio Otomano llevan tiempo a la gresca; o que el propio Imperio Otomano no sepa ya qué lado de su imperio defender; o que el Reino Unido vaya perdiendo los nervios a medida que pierde poder y mercados; o que el imperio Austro-Húngaro sienta sus pilares tambalear; o que la unión entre Suecia y Noruega esté cosida con alfileres… Se les ve tan contestos y felices que nadie imaginaría que están allí para plantear reivindicaciones y exigir derechos más o menos legítimos respecto a la misión civilizadora que cada cual viene desarrollando o pretende desarrollar en el continente africano. Por ejemplo, la Asociación Internacional Africana, esa sociedad filantrópica promovida por Leopoldo II y financiada por grandes fortunas europeas, pretende hacer valer sus derechos sobre los vastos territorios que recorre el río Congo, aunque tampoco hay por qué preocuparse, al fin y al cabo la Asociación se muestra dispuesta a permitir, e incluso impulsar, el libre comercio por el río. Por su parte, el Reino Unido lo quiere todo. Y los franceses también lo quieren todo. Y los alemanes, ahora que se han unido y son un imperio con su káiser y todo, se muestran dispuestos a reclamar un lugar bajo el sol. Ni tampoco le tiene por qué extrañar a nadie que el Imperio Otomano acuda cargado de razones, no en vano sigue siendo un imperio y no se va a dejar arrebatar sus posesiones así como así. Y tampoco es raro que los italianos aspiren a alcanzar su lugar bajo el sol. ¿Y los portugueses?, los portugueses llevan más de doscientos años varados en sus posesiones de siempre sin habérseles permitido avanzar ni un ápice, y no hay derecho, al menos que les oigan, qué menos que eso. ¿Y los españoles?, ellos bastante tienen con intentar conservar Cuba, Puerto Rico, las Filipinas y sus posesiones en el norte de Marruecos; si acaso intentarán mejorar su posición en el protectorado de Guinea, con eso se darían con un canto en los dientes. ¿Y los americanos?, ellos más que nada han venido como oyentes, así que no hay cuidado. ¿Y el Imperio ruso?, ellos están más interesados en estabilizar sus fronteras en Europa y alargarlas por Asía, así que África no constituye una prioridad, pero bueno, si les han invitado tampoco era cuestión de hacer un feo. Se les ve tan contentos, felices y despreocupados que nadie diría que están allí dispuestos a repartirse el continente africano a cara de perro. (Continuará).

Marco. Historia de un encuentro

“Marco. Historia de un encuentro” narra mi relación con un joven camerunés llamado Marco, el cual, como tantos y tantos jóvenes africanos, se ha visto obligado a migrar en busca de una vida digna.

Para ello, además de hablar sobre el proyecto de acogida “Arrigorriaga Harrera” (Arrigorriaga Acoge) que lo propició, me propuse narrar el propio viaje de Marco (su peregrinaje a través de Nigeria, el desierto de Níger, Argelia y Marruecos), así como recrear determinados hechos históricos que ponen de manifiesto algunas de las causas que se hallan detrás del drama y la gran injusticia que encierra la migración forzosa. Pero entonces, cuando ya llevaba un buen número de páginas escritas, caí en la cuenta de que estaba narrando mi propio viaje interior, ese que había emprendido para acercarme a Marco y reconocerme en él. En este sentido, el libro es también la crónica del propio proceso de descubrimiento y de escritura. “Escribir para descubrir. Arriesgar. Escribir arriesgando”. De esto habla también el libro.

Para escribir este libro no he tenido que desplazarme a lugares lejanos ni a tiempos remotos, sino que, bien al contrario, he debido abrirme paso por el intrincado sistema de simas y galerías que nos recorren por dentro, allí donde anidan las preguntas más íntimas, allí donde surgen y explosionan los sentimientos más elementales. Por eso este libro me rasca tanto, por eso me emociona tanto también.

En esta historia hay mucha realidad y también mucha ficción, si bien, tratar de establecer dónde empieza lo uno y dónde acaba lo otro es un empeño que, por su futilidad, no viene a cuento.

Si hay algo incuestionablemente real es el dolor. Probad si no a meter el dedo en el quicio de una puerta y a cerrarla de golpe. Pero también es real el escalofrío que nos recorre con solo visualizar la escena. Si bien nadie puede dolerse en cuerpo ajeno, podemos imaginar ese dolor y hacerlo nuestro. Tal vez en esto consista esa extraña facultad —la llamemos como la llamemos— que nos permite ponernos en el lugar del otro y convertir en propio aquello que ocurre más allá de nuestros límites corporales.

El orden mundial y económico que origina las migraciones es real, lo tenemos delante de las narices —en estos precisos instantes mata a manos llenas en Ucrania—. Los efectos de la política migratoria europea y las leyes de extranjería también son reales, lo son los muertos y el dolor que traen consigo. Y aunque sus efectos los sufran otras personas, podemos imaginárnoslo y, de esa manera, hacerlo nuestro: “Porque yo fui el hombre que sufrió y que estuvo allí”, nos dice Withman desde su siglo XIX.

Los movimientos sociales que defienden los derechos de las personas migrantes y que ponen en marcha proyectos de acogida son reales. Mi experiencia en la plataforma Ongi etorri Errefuxiatuak (Bienvenidos refugiados) y en Arrigorriaga Harrera (Arrigorriaga acoge) es real. Por esa razón me lancé a fabular: para hablar de esta experiencia y poder entenderla un poco mejor.

Marco es real. Vive aquí, en mi pueblo. Está entre los “Contactos” de mi móvil. La historia que Marco me ha contado es real, es la de miles y miles como él, es la de muchos. Por eso me puse a fabular también: para poder contármela y, de este modo, hacerla mía. Al igual que le sucediera a Unamuno con “Niebla” —salvando las distancias, claro está—, a mí también me visitaba el personaje de mi novela: estaba escribiendo sobre Marco y, en ese preciso instante, Marco me mandaba un wasap, lo cual no dejaba de ser desconcertante.

El Marco que aquí aparece es el que se me ha ido revelando. El Marco que aquí aparece es el protagonista de esta novela y, como tal, es un personaje (me pregunto en qué medida se reconocerá Marco en él).

Marco es muchos Marcos. Mi encuentro con Marco es muchos encuentros. Una línea de vida tendida a la luz de mi vieja lámpara de carburo. Eso es esta historia.

(Marco me ha regalado este libro. Le doy las gracias por ello).

Si quieres adquirir un ejemplar lo puedes hacer en esta página.