El lado oculto de la montaña

Estabas pensando en que afortunadamente todo había quedado en un buen susto, cuando te envolvió aquella fina niebla que parecía surgir del mismísimo suelo. Es curioso, te dijiste, hace solo un instante el sol brillaba en el cielo azul y, de pronto… Pero te obligaste a salir de aquel extraño estado de estupor en el que te habías sumido y continuaste ascendiendo.

Lo cierto es que apenas te costó alcanzar el collado; tenías la cumbre a la alcance de la mano. Sin embargo, en lugar de trepar peña arriba, tus pasos se encaminaron hacia una canal que descendía por la cara opuesta de la montaña. Y como haría un patinador, te deslizaste por la pendiente, entre la niebla.

Poco después, pisabas el caos de la morrena y sin detenerte continuaste la marcha, piedra sobre piedra, con la agilidad de un corzo. Más abajo, la niebla comenzó a disolverse. Y surgiste al sol. El agua corría bajo las rocas. Su murmullo te acompañaba. Te sentías flotar…

Entonces sucedió:

Primero fue apenas una silueta que, al instante, se difumino. Después, bajo la exigua sombra de los primeros árboles que colonizaban la pendiente, fue la figura de un muchacho con una gran mochila a la espalda; aquella mochila, aquella forma de andar… Más adelante, cuando el fragor del torrente dejó paso a las aguas remansadas en sus meandros, distinguiste a un hombre y a una mujer que se encontraban sentados a la sombra de una gran piedra. Y te acercaste hasta ellos. Y te quedaste petrificado.

De pronto, la montaña se pobló de presencias. Y reconociste al guarda de aquella granja a la que de niños acudíais en busca de aventuras, y te cruzaste con varios montañeros que ya eran veteranos cuando comenzabas a salir a la montaña, y te saludó el vecino del cuarto derecha que murió hará cosa de un par de meses…

Fue entonces cuando te vino a la cabeza el incidente de la mañana, la piedra a la que te agarraste sin haber comprobado previamente su solidez, aquel error de principiante…

Claro que tampoco habría para tanto: el mismo cielo azul, el mismo aire de la montaña en tus pulmones, la molestia de siempre en el tobillo izquierdo…

La turista

La turista

…pálidos, destrozados, como después de una noche de batalla.

Dino Buzzati: “El pasillo del gran hotel”

Es su costumbre y también su secreto: aguardar al último tren de la capital y unirse a los pasajeros que llegan en él como si fuera una turista más. Como casi todos los viernes, Amalia se sentó en una de las mesas de la cafetería del andén, frente a las vías de largo recorrido. Llevaba un sombrero azul de ala ancha y un poco caída, gafas de cristal oscuro sobre la frente, una blusa blanca que le cubría el culo, pantalón vaquero y sandalias fucsia con plataforma; una maleta de viaje rosa que había dejado bajo la mesa completaba su atuendo. Pidió una coca-cola light y seguido sacó del bolso un mapa de la ciudad bastante usado. De vez en cuando echaba rápidas miradas al reloj del andén y al de pulsera que lucía en su muñeca derecha (el orden era cambiante y, además, irrelevante) como si quisiera comprobar la sincronía de ambos aparatos, como si eso fuera importante.

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La montaña y su secreto

Hubo un tiempo en el que las montañas de mi niñez cobijaron el pozo más profundo y oscuro que quepa imaginar. Al menos eso era lo que decían los pastores que llevaban los rebaños a los altos pastos, entre roquedales. A los vecinos de la aldea les gustaba hablar y hasta presumir del pozo, ahora bien, por nada del mundo revelarían su emplazamiento: «Tendrán que cruzar la montaña por caminos de cabras y les caerá la noche encima antes de poder regresar», les decían a los forasteros que llegaban preguntando por el pozo. A los que insistían, procuraban borrarles la idea con historias que hablaban de espíritus y desaparecidos, y así, bajando la voz y mirando fijamente a los ojos de su interlocutor, contaban que un hombre desoyó sus consejos y ya jamás regresó (aunque en ocasiones variaban el final y el hombre regresaba con los ojos fuera de sus cuencas y con el juicio perdido). Y si aún con todo alguien persistía en su propósito, entonces se volvían hoscos y esquivos y ya no decían ni esta boca es mía.

Pero la modernidad llegó también hasta las montañas de mi niñez y fueron declaradas parque natural. De esta manera, se trazaron rutas y se señalizaron caminos, se levantó un refugio y un centro de información, habilitaron un aparcamiento y dos áreas recreativas, posicionaron el parque en internet… Y como en ninguna guía o mapa aparecía el pozo, ya nadie volvió a preguntar por él.

Ahora permanece olvidado, en lo alto del roquedal, entre dos rocas con forma de joroba, cubierto de zarzas. El pozo más profundo y oscuro que quepa imaginar.

La revelación (relato anti-épico)

La revelacionCuando escuchó el sonido del cuerno elevándose en las primeras luces del alba entre las nieblas que ocultan las montañas, arrojó al suelo las mazorcas de maíz que llevaba entre los brazos y echó a correr cuesta abajo, de manera que fue el primero en acudir junto al árbol. Esperó dando numerosos paseos bajo las ramas desnudas de marzo que interrumpía para saludar con una amplia sonrisa a cuantos iban llegando, también a los que venían del otro lado de la montaña pelada, pues en aquel lugar, junto al árbol, todos eran la misma gente y familia.

Cuando el cuerno dejó de sonar, el anciano ataviado con el casco y la coraza de bronce se puso en pie y pronunció las palabras del ceremonial; después, paseó su vista por el círculo y, sin más preámbulo, anunció que una nueva oleada de extranjeros había desembarcado y se internaba valle arriba saqueando e incendiando cuantas casas encontraba a su paso; tendremos que hacerles frente, concluyó. A partir de ese instante, todo lo que allí se dijera carecería de interés para él, pues ya solo esperaba, con impaciencia creciente, a que llegara el momento de unir su grito al gran grito de guerra que pondría fin a la asamblea.

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En el sueño

En el sueñoHabías ido dejando a tu espalda un rastro de ausencia, pero no de ti, sino de la seguridad que proporcionan las vendedoras de recuerdos y abalorios, de flores y hechizos que, día sí y día también y desde la primera hora de la mañana hasta la última de la tarde, aguardan a la entrada del barrio viejo la llegada de los turistas para abalanzarse sobre ellos no bien los ven llegar. Caminabas obedeciendo una voluntad que no es la tuya, ni es de nadie y, sin embargo, alguien la habría puesto allí, en tus piernas, para que las mueva, pues no dejabas de caminar, un paso, otro paso, otro más, como un autómata, siempre en la misma dirección, enfilando la calle empedrada que se adentra en lo viejo, dejando tras de ti la seguridad de la plaza de la Catedral, a esa hora en la que el sol está a punto de iniciar su caída, como la piedra que hecha a rodar por la pendiente de una montaña.

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Jinetes en la tormenta

Jinetes en la tormentaUna estampa irreal, cuatro jinetes surgiendo del bosque que asciende las cuestas de un valle que se recoge hasta quedar remansado por el norte entre los contrafuertes de las montañas. Una estampa irreal, insólita, nubes brotando de los hocicos de las cuatro bestias y de los oscuros huecos donde deberían estar los rostros de sus jinetes, ocultos, los rostros, tras las oquedades, como bocas de lobo, moldeadas, las oquedades, por los paños con que protegen sus cabezas del frío que viene de la montaña, nubes surcando el breve espacio azul y frío que respiran las bestias y los hombres, cuatro jinetes surgiendo del bosque para penetrar en el valle que se remansa contra los contrafuertes de las montañas. Una estampa irreal, insólita, como sacada de un sueño, cuatro bestias cabeceando en las cuestas del valle que ya no es valle sino cuestas acostadas en las montañas, cuatro jinetes respirando el aire azul y frío que introducen en los pulmones con gran esfuerzo, para nada, o para casi nada, apenas un breve alivio azul y frío en los pulmones, cabeceando las bestias en las cuestas que llevan a ningún sitio, únicamente blancos contrafuertes tras la niebla blanca que absorbe la respiración de las bestias y la de los jinetes, y la ventisca azul y fría que lo llena todo.

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Aprendiendo a dormir

aprendiendo a dormir 2La primera manera de dormir que Moisés probó fue la de dejarse arrullar por los sonidos de la noche: escuchó al viento sonar en el aire, en la piedra, en la madera, en las ramas del árbol y en la hierba, escuchó el parloteo de los pájaros nocturnos y el de los insectos, se ensimismó con el incansable ir y venir de los ratones en la cuadra y, en una ocasión, se vio sobresaltado con el andar sigiloso del zorro en el prado y, en otra, sintió el corazón salírsele por la garganta al sentir, cercano, el gruñido del jabalí, y cuando comenzó a imaginar que oía el culebrear de la culebra, y cuando empezó a sentir las presencias que están pero que ni se ven ni se oyen, cayó en la cuenta que atender a los sonidos de la noche no iba a ser el mejor camino para llegar al sueño.

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Cuando llegué ya me habían enterrado

Cuando llegueCuando llegué ya me habían enterrado. Mi mujer estaba junto a mi tumba, llevaba unas enormes gafas oscuras que no recordaba habérselas visto antes. A su lado, se encontraban nuestros dos hijos, recién estrenados en los oropeles de la muerte, nerviosos. Y un poco más atrás, como si quisieran mantenerse en un segundo plano, vi a mi hermana mayor y a mi hermano pequeño, reconciliados ambos en el dolor de la perdida. Y comprendí que mi cuerpo mortal (para entonces carne muerta ya) me había precedido en mi regreso de Singapur, que las cosas estaban como estaban y que nada podría hacerse para cambiarlas. Me había convertido en lo que siempre seré: un espíritu condenado a vagar errante por esos mundos de dios.

Un día de tantos

Un dia de tantosHabía salido a pasear sin rumbo, posiblemente aproveche para comprar cualquier cosa, un libro, una camiseta, o puede que no compre nada y simplemente se deje llevar por el curso de la gente que camina por las calles del centro (quien sabe, a lo mejor se enfrasca en reñidas carreras con quienes llevan su misma dirección –la meta sería el quiosco, luego sería la papelera, más adelante el banco en el que está sentada aquella señora, y en todas esas ocasiones, tras un apretado sprint, resultaría el vencedor de la carrera–, o tal vez prefiera ver en quienes caminan en dirección contraria a la suya las primeras oleadas de un ejército invasor, y él sería entonces el jefe de la partida que ha sido enviada para salirles al paso, y los semáforos en rojo alinearían a los dos bandos, uno frente al otro, en espera de que se alcen los verdes estandartes que señalarán el momento en el que habrán de arrojarse, los unos contra los otros, con fiera determinación de victoria, él a la cabeza de los suyos).

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