La historia de mi padre

LaHistoriademiPadrePara adentrarse en este rincón del norte es preciso hacerlo por valles encajonados entre montañas, y para ensanchar la mirada es necesario ascender hasta lo alto de una de ellas, pues aquí, en este rincón del norte, no cabe ni un monte más. Por eso, se convencieron de que la línea defensiva que iban a construir sería inexpugnable: ochenta kilómetros de acero, cemento y hormigón, innumerables trincheras y túneles, una gran obra de ingeniería, el orgullo de todo un pueblo, banderas al viento y todo eso…

A la Compañía de mi padre la destinaron a una apartada sección de aquel cinturón aún en construcción, únicamente cielo sobre sus cabezas y el mar a sus pies. ¿A quién se le podía ocurrir atacar por allí?, se preguntaban mientras la rutina de las guardias, el rancho y las partidas de cartas se instalaba en el lugar. Si no fuera por el dolor de huesos y los piojos…

Pero uno de esos días, al atardecer, aparecieron unos puntitos en el cielo que se fueron haciendo más y más grandes a medida que se acercaban. Eran aviones. Y los aviones descendieron, soltaron sus bombas y sus granizadas de ametralladora y, seguido, remontaron los aires con la gracia de un halcón peregrino y desaparecieron. Así una y otra y otra vez durante dos largos días en los que el dolor de huesos y los picotazos de los piojos pasarían a un segundo plano. La tierra temblaba, el aire temblaba, los hombres temblaban…

Y aquella línea supuestamente inexpugnable, ochenta kilómetros de acero, cemento y hormigón, con sus innumerables trincheras y túneles, el orgullo de todo un pueblo, se desmoronó al segundo día como si de una hilera de fichas de dominó se tratara. Y se dieron las órdenes de retirada. La Compañía de mi padre aún no había llegado al pie de la montaña, cuando sonaron los primeros disparos. Entonces fue la desbandaba. Mi padre tiró el fusil –¿importa saber si lo hizo antes de toparse con los moros o si lo arrojó al suelo al verse encañonado por uno de ellos?–, levantó las manos y se preparó para lo peor. Pero el moro que le encañonaba sería un moro bueno –¿importa saber si también era un buen mahometano?–, pues, en lugar de disparar, condujo a mi padre hasta la carretera: «Aquí, tú», le dijo señalando el grupo de soldados que se iba formando en una de las cunetas.

Mi padre acababa de convertirse en prisionero de guerra.

***

Formando una larga fila carretera adelante, arrastrando los pies y el alma… Así llegaron al campo de prisioneros.

Del campo mi padre recordaba dos cosas. Una era el miedo. Se trataba de un miedo diferente al de las trincheras, menos fiero, menos intenso, pero más íntimo, más suyo y, por lo tanto, inconfesable. Era el miedo a ser señalado y castigado, era el miedo a que las faltas de los demás cayeran sobre su cabeza, era la temible certeza de estar a merced de la fatalidad. Es cierto, en el campo de prisioneros el castigo podía suponer la muerte, pero en esencia se trataba del mismo miedo que conoció en la escuela. Por eso sabía cómo entenderse con él. Desempeñaría su viejo papel y sería ese tipo despistado y retraído que vagaba por el campo sumido en sus pensamientos. De este modo, a ojos de sus compañeros de infortunio, la angustia de su miedo, sordo y profundo, su mansedumbre, serían simples contornos de su vasto mundo interior, ojala ellos dispusieran de semejante refugio, quién pudiera… La segunda cosa que mi padre nunca pudo olvidar d fue el hambre. En aquel lugar, el hambre era la lata de sardinas y el chusco de pan que les repartían para todo el día, era la administración de ese chusco –unos lo devoraban y otros, entre ellos mi padre, le daban un mordisco y guardaban el resto en el bolsillo para ir comiéndolo poco a poco, proporcionándose, de esta manera, la tortura de la desesperante espera–, era la búsqueda obsesiva de cualquier cosa que pudiera servir para aplacar el hambre insaciable. El hambre era el vacío interior y era el todo interior. El hambre era el perpetuo presente, era cada rincón del campo, era cada paso, cada palabra, cada respiración. Todo lo que hacían y decían (aunque nadie hablara allí del hambre) venía dictado por él. El hambre suponía, a la postre, la pérdida de cualquier atisbo de dignidad –curiosa palabra esta de la dignidad cuando el hambre se enrosca en las entrañas y las aprieta con todas sus fuerzas, que son muchas, que son todas–. Miedo y hambre: la argamasa de los días y de las noches, la de sus recuerdos en aquel lugar de pesadilla…

¿Cómo olvidar aquel incidente? ¿Cómo recordarlo sin sentir la dentellada del animal que todos llevamos dentro, el escalofrío de saberse animal? Ocurrió al mes de su llegada –para entonces mi padre ya era aquel tipo reconcentrado y solitario en el que nadie reparaba.

Aquella mañana, el encargado de repartir la lata de sardinas y el chusco de cada día denunció el robo de varias barras de pan y de otras tantas latas de sardinas. Al anochecer, tras el toque de retreta, el suboficial que pasaba revista paseo su miraba por encima de las filas, en silencio, para que el nerviosismo fuera creciendo entre los prisioneros -aquello no pintaba bien: estaba claro que algo había ocurrido y, fuera lo que fuese, ellos pagarían las consecuencias-. Un largo tiempo después, hizo su aparición el capitán del campo. No se anduvo por las ramas y, tras dar a conocer el motivo que le llevaba a dirigirse a ellos, les hizo saber que, en tanto en cuanto no saliera el culpable o los culpables del hurto, allí se quedarían, «hasta el juicio final si es necesario», puntualizó sin modificar el tono neutro de voz que había empleado a lo largo de su breve alocución. La noche cayó sobre el campo y las filas se cubrieron de oscuridad, al tiempo que los murmullos crecían entre ellas. «Ni una puta palabra, no quiero oír ni una puta palabra», tronaba el suboficial exigiendo silencio. Los murmullos se apagaban, pero, al rato, volvían a reavivarse. Y mi padre temblaba en la noche, más por miedo que por frío. Antes de que saliera el sol, el nombre del supuesto culpable ya corría de boca en boca: «Lucio. Ha sido Lucio». Y a pesar de que muchos, entre ellos mi padre, sabían que Lucio era inocente -pues se había pasado todo el día junto a las letrinas por haber comido desperdicios de la basura-, guardaron silencio. Y Lucio fue sacado de las filas y, al rato, se ordenó el rompan filas.

Así se las gasta el miedo. Así se las gasta el hambre. Así se las gasta la memoria (dicen que solo recordamos las condenaciones).

Mientras tanto, la guerra continuaba y los campos de prisioneros no daban más de sí. Había que hacer sitio a los nuevos vencidos y, para ello, se aceleraron los procesos de clasificación. Los presos considerados “desafectos” eran juzgados y aquellos que no habían tenido mando o no habían militado en ningún partido político o agrupación sindical se incorporaban a los batallones de trabajo.

Mi padre fue destinado a un batallón con base en un campo cercano al frente de Teruel.

***

Mi padre cargó con su miedo y con su hambre y puso su vida en manos de Dios (que sería su manera de conjurarse en el afán de sobrevivir). ¿Le alcanzarían las fuerzas, le alcanzaría el valor y la inconsciencia para resistir en aquel mundo de pesadilla? Mi padre rezaba…

Pero resulta que el mundo es un enigma, una caja de sorpresas. A veces es así, en ocasiones ocurre. Más o menos sucedió de esta manera:

La compañía a la que pertenecía mi padre regresaba al campo tras haber realizado diversos trabajos de fortificación en el frente, cuando la noticia empezaba a correr por los barracones: la comandancia del campo requería los servicios de un oficinista que dominara el oficio y los necesitaba de marera urgente; «Absténganse quienes carezcan de capacidades, pues serán enviados a cavar trincheras», rezaba la amenaza que remataba el anuncio. Y como mi padre había cursado estudios de comercio en los Maristas de su pueblo, no dudó en presentarse. La prueba se celebró en uno de los barracones que servían de comedor y se presentaron doce aspirantes -«una docena de lechuguinos», en palabras del cabo furriel encargado de supervisar el traslado e instalación del mobiliario y el material necesarios para la prueba-. En primer lugar, los doce aspirantes, sentados en mesas corridas, realizaron dos dictados. Con el primero se evaluaría la ortografía y la caligrafía de cada candidato y, para ello, el propio comandante leyó con voz de barítono el contenido de un breve oficio al uso: «En contestación a su escrito número 252 de fecha 18 del corriente, le manifiesto que Fernando Ramírez Andel no figura en el fichero de este campo». El segundo de los dictados tenía como finalidad valorar la rapidez de cada escribiente; y aquí fue donde mi padre, ducho en la técnica de la taquigrafía, destacó sobre sus rivales. El tercer y último ejercicio consistía en una prueba de mecanografía en la que se tomarían tiempos y se valoraría la limpieza de los escritos y el número de los errores cometidos. Para realizarla, los aspirantes fueron pasando de uno en uno ante la máquina de escribir para copiar el contenido de una hoja que se encontraba al lado de la máquina -mi padre recordaba perfectamente que lo hizo en cuarto lugar-. Cuando terminó de escribir, el comandante no tenía dudas: había encontrado a su hombre.

Y así fue como mi padre dejó atrás el traqueteo de los cañones y las ametralladoras e ingresó en el selecto y arcano universo de la burocracia militar donde reinaba el de las máquinas de escribir con sus: “Dios guarde a usted muchos años”, y sus: “Años de la Victoria”, y sus: “Por la presente”, y sus: “Excmo. Sr.”, y su larguísimo y altisonante etcétera. Y dio gracias a Dios. Y también a los Hermanos Maristas que le habían educado, regla en mano, en el esfuerzo y el amor al trabajo.

***

La vida en la oficina transcurría entre cartas, oficios, circulares, minutas, acuses de recibo, comunicados varios, autorizaciones, agradecimientos, felicitaciones y memorándums, ocupándole toda la mañana y buena parte de la tarde. Después salía al patio, hablaba con este o con aquel o con ninguno, más tarde se acercaba al comedor a por el plato de sopa aguada y ya, por fin, tras la retreta y el pase de lista, esperaba el toque de silencio para abandonarse al sueño. Así, día tras día. La guerra pasaba a su lado casi sin sentir…

Fue en uno de esos días cuando conoció a Jaime –hasta entonces era una cara anónima, uno de tantos rostros consumidos por el hambre y la fatiga–. Lo encontró sentado en su banco (por estar expuesto a las miradas de la gente, aparte de mi padre, nadie solía ocuparlo). Mi padre lo saludó y se sentó a su lado. Jaime rompió el silencio: «¿Puedo pedirte un favor?», le preguntó sin mirarle. Y como mi padre asentiría o guardaría silencio, continuó: «Si llegara una orden de traslado a mi nombre…, cuando llegue… ¿Podrías avisarme? Me llamo Jaime. Jaime Ruiz Berrocal». Mi padre no vería inconveniente y accedió. Luego, cuando leyó en su ficha que el tal Jaime Ruiz Berrocal figuraba como “desafecto” por haber estado afiliado a la CNT y que le habían incluido en el grupo “C” de los individuos responsables de delitos de traición, rebelión y actos de hostilidad contra las tropas sublevadas, posiblemente se arrepentiría; pero había dado su palabra y no tendría valor para romperla. Eso sí, mi padre calificaba a Jaime como un tipo prudente, pues no volvió a sentarse en el banco y evitó en todo momento cruzar palabra con él.

Por fin llegó a la oficina la orden de traslado a la prisión provincial del recluso Jaime Ruiz Berrocal para ser sometido a juicio, “Dios salve a España y guarde a Vd. muchos años”, finalizaba la misiva. Tal y como había prometido, esa misma tarde mi padre se lo comunicó a Jaime: «Será el próximo lunes, de aquí en cuatro días». Jaime palideció: «Esos hijos de puta me fusilan, seguro. Tengo que escapar», dijo. Mi padre le miró espantado: «¿Te has vuelto loco, o qué? En cuanto te acerques a la alambrada los moros te pegan un tiro». Pero Jaime estaba decidido: «Abandonar el campo no es difícil, con este frío los moros se arrebujan en sus mantas y se hacen los dormidos para no sentirlo, me he estado fijando. No, lo difícil es burlar las patrullas de ahí fuera. En cuanto comprueben mi falta, se lanzaran detrás de mí como perros… Pero debo intentarlo: no puedo quedarme aquí». Si pudiera ayudarle, si estuviera en mi mano, pensaría mi padre… Dice que se le ocurrió en ese mismo instante: eliminaría su nombre de la lista de reclusos, y así, no le echarían en falta durante los recuentos. «¿Cuántos días necesitas para cruzar las líneas y llegar al otro lado?», le preguntó. «Dos días. En dos días cruzo el páramo y ya me han visto».

Y lo hizo. Mi padre retuvo la orden y quitó el nombre de su amigo de la lista. Tres días después puso la orden en el casillero y volvió a incluir el nombre de Jaime en la lista de prisioneros. Esa misma noche se descubría su falta. Pero, cuando salieron en su busca, Jaime ya se habría puesto a salvo.

Dicen que solo recordamos las condenaciones, que la absolución no tiene memoria. Pero no siempre es así.

***

La vida en la oficina continuó hasta el fin de la guerra –mi padre aseguraba que no pegó ni un solo tiro en toda la contienda y a mí no me cuesta ningún esfuerzo creerlo–. Al terminar la guerra, tuvo que repetir el servicio militar –así de cruel se mostró la Victoria, así de miserable– donde volvió a desempeñar su oficio de oficinista. Se licenció y entró a trabajar en el ferrocarril como oficinista –¿de qué si no?–. Luego se casó y nací yo.

Esta es la historia de mi padre. La que jamás me contó.

Presagio

Presagio

Escena de guerra. Francisco de Goya.

Veo un río de inmundicia corriendo calle abajo.

Veo un flamear de sábanas sobrevolando las callejas del barrio alto.

Veo un vacío gris de niebla entre los tejados.

Veo el olor a leña que esparcen las chimeneas por el cielo encapotado.

Veo el silencio de bronces y engranajes del campanario.

Veo el vuelo aparentemente errático de los pájaros.

Veo las corrientes de viento y su copiosa cosecha de plásticos y papeles, veo la marejada de los charcos, veo una flotilla de papeles y broza a punto de naufragar.

Veo el paso cansino de una vieja; dobla la esquina y se va.

Veo vidrios de botellas estampadas contra el suelo, veo regueros de meadas, veo el salpicón de un vómito incontenible.

Veo una paloma muerta y ya reseca.

Y pienso que estaba dormida (con un ojo abierto y con el otro cerrado), que ya ha despertado.

Y pienso que es una y es todas, que siempre es la misma.

Y digo que huele a mesa de operaciones y a letrina.

Y digo que duele a manos llenas.

Y digo que mata a manos llenas.

Y me acuerdo del poeta: “Veréis llanuras bélicas y páramos de asceta / ¿no fue por estos campos el bíblico jardín?: / son tierras para el águila, un trozo de planeta / por donde cruza errante la sombra de Caín“.

Y me quedo callado.

Botas

BotasBotas de caña alta y botas de caña baja, botas de la mejor piel, del mejor cuero, botas resistentes, ligeras, confortables, polivalentes, botas impermeables, transpirables, ¿te lo imaginas?, los pies secos y calientes, sin una sola rozadura, si acaso una pequeña molestia en el empeine o en un juanete, nada del otro mundo, una cosa como de risa, y luego las suelas, suelas con el máximo agarre y la máxima resistencia a la abrasión, suelas para todo tipo de terreno, suelas para patear la tierra alta y la tierra baja, suelas para caminar bajo el diluvio universal o bajo el sol de la justicia divina, ¿te haces una idea?, ni una mala pisada, ni el más leve indicio de fascitis plantar, poder caminar todo el santo día y acabar como si nada, con los pies prestos para el masaje reparador o para el cuidado de las uñas, un verdadero sueño…, sin embargo, mira tus pies, mira los míos, mira los de cualquiera, no me digas que no es para montar en cólera, es más, si nos quedara un miligramo de cordura en la sesera pararíamos esta guerra de mierda, sí, no me mires así, tiraríamos los fusiles al suelo y exigiríamos unas botas nuevas, unas como las que usan los oficiales de mayor graduación, siempre limpias y lustradas y minuciosamente acordonadas, siempre en perfecto estado de revista, botas de la mejor piel y con la mejor de las suelas, si tuviéramos un mínimo de cordura…, vale, que sí, que tienes razón, que ya me callo.

Victoria

Victoria

Portada del disco “Los cielos cabizbajos” de Lagartija Nik

Déjame decirte:

La Victoria es el triunfo de la sinrazón (lo digo así, de entrada, para que sepas por donde respiro).

La Victoria es la razón del más fuerte, la más primaria de las razones, la más troglodita, la más primate. Así de simple es la razón del vencedor, así de contundente.

La Victoria es, a la postre, el poder de matar.

La Victoria es, a ratos, clemente (La clemencia como privilegio. La clemencia como inversión).

La Victoria gusta del Boletín Oficial y de los calendarios.

La Victoria cubre su primaria desnudez con palabras nobles, redondas, imponentes, estratosféricas.

La Victoria alquila poetas, los alimenta.

La Victoria ama los himnos, los desfiles, las canciones.

La Victoria es emocionante, presumida, impúdica, pornográfica.

La Victoria es mentirosa (lo digo antes de que se me olvide).

La Victoria es la guerra que no cesa. Es el ajuste de cuentas. Es la cárcel, los fusilamientos, las fosas comunes, el destierro… Es el hambre y es la humillación del vencido. La Victoria es inmisericorde.

La Victoria es oscura y muy profunda, inacabable.

La Victoria es el olvido.

¡Ay de los vencidos!, dicen que exclamó el galo Breno al rendir la ciudad de Roma.

Puedes creerme, no he querido molestarte.

Apoyado en un árbol, parece descansar

Apoyado en un árbol parece descansar

Apoyado en un árbol parece descansar de la larga caminata que le habrá traído hasta aquí, tan lejos de aquello. Sin embargo, bastaría con acercarse un poco y modificar el ángulo de visión para descubrir el charco de vísceras y sangre que se extiende a sus pies. Creo que lo sospechas y que por eso aceleras el paso y pasas de largo mirando las nubes. No quieres ver. Aquí no, no al lado de tu casa. Tan lejos de aquello parecía.

Refugiados

Refugiados

Fila de refugiados caminando por las vías del tren. Plano

Les dijeron que debían escapar del horror de las bombas y poner rumbo al norte, hacia la civilizada Europa, tierra prometida de promisión. Y aunque no sería una decisión fácil de tomar, terminaron por comprender que no tenían otra alternativa. Así pues, pusieron en orden sus cosas, vendieron cuanto pudieron –muchos lo vendieron todo–, se despidieron de sus vecinos y amigos, cerraron sus casas y, sin creérselo aún del todo, salieron al camino.

Después de muchos afanes y avatares, consiguieron llegar ante las puertas de Europa. Pero las encontraron cerradas y bien cerradas además –vallas, alambradas, carteles de aviso, cordones policiales, campos de internamiento, ambiente de campaña–. La vieja Europa, egoísta y miedosa, les niega el paso y, al hacerlo, se niega a sí misma, demos ejemplo al mundo, esta es la dirección, este es el camino: una gran familia de toda la humanidad.

Ahora, sin sitio a donde ir, ni lugar al cual regresar, les vemos caminar entre el hierro y las traviesas. Las vías del tren, las filas de refugiados…; la imagen del desamparo y la ignominia de nuevo.

En primer plano, la mujer le planta cara al infortunio mientras aprieta la mano de su hijo. No desfallezcas corazón, verás como al final todo se arreglará, parece decir.

Fila de refugiados caminando por las vías del tren. Contraplano

Al final todo se arreglará. Uno se imagina esas palabras en los labios de la mujer que aparece en primer plano de la fotografía y no puede dejar de preguntarse qué demonios estamos haciendo para solucionar esta situación pues, al fin y al cabo, son nuestras puertas las que se mantienen cerradas. Y la pregunta, como una bomba de racimo, me explota en plena cara.

¿Acaso estimamos en poco nuestra estatura al compararla con la enormidad de las sombras que mueven los hilos y hemos acabado por creer que las cosas son como son y que no pueden ser de otra manera?

¿Acaso nos paraliza las pulsiones que recorren nuestro tiempo: inconsistencia de las cosas, continúo fluir, precariedad, fragmentación e incertidumbre, y nos retiramos a nuestro rincón para refugiarnos en los reflejos donde danzan los señuelos?

¿Quizá nos cueste dar y recibir y pedir ayuda o prestarla y decir lo siento o decir te quiero, y nos refugiamos también en la banalidad de las innovaciones que se suceden, las unas a las otras, como las olas del mar?

¿Tal vez desconfiamos de nuestros hermanos y repudiamos su color y sus creencias y los juzgamos ajenos y nos volvemos hacia las identidades más allá de las tumbas?

¿O puede que nos hayamos acostumbrado a exigir lo que no estamos dispuestos a dar? (6.000 millones de euros: ¿es ese el valor de decencia?).

No desfallezcas corazón, verás como al final todo se arreglará.