NO A LA GUERRA

(Las escribí hace tiempo; las recupero ahora):

Apareció de improviso, al doblar la esquina. En cuanto lo vio, se detuvo y se quedó quieto; lo tenía enfrente, muy quieto también. Ambos mantenían la misma actitud de alerta y ambos también, de manera rápida y al unísono, adoptaron idéntica posición de antagonismo abierto y sin ambages: muy erguidos, pelo erizado, mostrándose los dientes mutuamente. La rabia del uno incendiaba la del otro, y ya solo cabía un único desenlace. Sin esperar más, se lanzó contra su enemigo con toda su rabia, su enemigo hizo lo propio y, al instante, estaban cabeza contra cabeza, los ojos inyectados en sangre, echando espumarajos por la boca. Espantado, retrocedió. El otro hizo lo mismo. Volvían a estar como antes, frente a frente, dispuestos a pasar al ataque. Y cada vez que eso ocurría, la secuencia se repetía de manera similar: se abalanzaban el uno contra el otro, entrechocaban con fiereza y luego retrocedían. Y vuelta a empezar, una y otra y otra vez, con furia creciente.

La mayor parte de la gente pasaba a su lado indiferente. Algunas personas, en cambio, se detenían y se quedaban un rato, entre expectantes y entretenidas, observando la escena para continuar luego su camino acera adelante. Solo una de esas personas, apenas una muchacha, tuvo la delicadeza y el valor suficiente para acercarse y retirarlo de su reflejo en aquel espejo. Poco a poco el perro se fue calmando y, al rato, correteaba alegre y relajado.