Memorial

MemorialComo todos los días, Salvador se sienta ante la pantalla del ordenador. Y las noticias comienzan a pasar a la velocidad acostumbrada. Suenan viejas melodías. La mañana inicia su curso a través de sus meandros.

Sin embargo, ese día: lunes, 15 de enero de 2029, la mañana se detiene a las ocho menos dos minutos. Salvador ha clavado sus pupilas en una breve reseña: “El Consorcio europeo para la reconciliación en la Franja anuncia la inmediata inauguración del Centro Memorial en recuerdo a las víctimas de la contienda”. La mente de Salvador se recoge sobre sí misma y da un salto sideral.

Ha saltado hasta marzo de 1998, o puede que fuera abril, Salvador se encuentra en el patio del instituto jugando un partido de baloncesto, José se le acerca en el descanso y aunque apenas han hablado un par de veces le invita a una salida de fin de semana, vamos a sacar fotos y he pensado que a lo mejor te apetece venir, le dice (suele ocurrir así: sus viajes siderales comienzan por el principio y luego continúan a través del espacio temporal donde dormitan los recuerdos). Recuerda fines de semana en la montaña o en el mar: José dispara su cámara digital sobre todo lo que se mueve o permanece quieto, recuerda aquella larga etapa en la que dejaron de verse: él cursa la carrera de Traducción e Interpretación en la capital y José trabaja de fotógrafo para periódicos, revistas y agencias de publicidad, recuerda su vuelta a casa y el rencuentro con su amigo: él llega con un título bajo el brazo, José tiene una cartera repleta de clientes exigentes, recuerda su matrimonio y su posterior divorcio, recuerda los años de intenso trabajo, ahora es todo un referente en el mundo de los audiovisuales, recuerda que José siempre estuvo allí, en la distancia, a su lado, recuerda aquella llamada de teléfono: ¿te has enterado?, le pregunta José, han entrado en la Franja y la Alianza acaba de comunicar su inmediata intervención, me mandan a cubrir el conflicto, Salvador le pide que tenga cuidado, José le dice que siempre lo tiene, ya sabes que a miedoso pocos me ganan, bromea, recuerda que cuatro días después, el 8 de abril de 2018, asesinaron a su amigo… Y entonces (suele ocurrirle) el viaje se adentra en la nada blanca de su mente y finaliza de manera abrupta.

La noticia de la pronta inauguración del Centro Memorial de la Franja continúa en la pantalla del ordenador, Salvador permanece con la mirada clavada en ella. Sin embargo, mira sin ver. Es posible que le ciegue la ira, al fin y al cabo aquellos que han echado y siguen echando paletadas de olvido sobre el asesinato de su amigo son los mismos que ahora anuncian memoriales del recuerdo. O puede que la noticia le haya recordado lo poco que ha hecho él durante todos estos años en favor de la justicia debida y se avergüence por ello. ¿Qué ha hecho él a parte de dar el pésame a la familia? Nada. No ha hecho nada. Ni una sola vez les acompañó en las concentraciones mensuales que durante años realizaron ante la sede de los partidos que han sustentado los sucesivos gobiernos, ni ha estado a su lado en las manifestaciones que reclamaban responsabilidades por el asesinato. Tampoco se ha sumado a la plataforma ciudadana que sigue exigiendo justicia, ni mucho menos ha encabezado una, y mira que hubiera podido… Rabia ciega. Culpa ciega. La mente de Salvador es un puño cerrado sobre sí mismo.

Entonces da un fuerte golpe en la mesa con la palma abierta y se pone en pie. Se acerca a la ventana de la habitación que le sirve de estudio. El sol despunta por detrás de los rascacielos. Y comprende que la muerte de su amigo seguirá ocurriendo una y otra y otra vez.

Vuelve a su mesa, se conecta al servidor de la Agencia de la que es socio y accede al gestor de proyectos. Efectivamente, tal y como ha supuesto han presentado una oferta para hacerse con el servicio de apoyo a la visita del Centro Memorial de la Franja. Despliega el móvil y habla con la directora gerente de la Agencia: prestará su voz para los dispositivos de auto guía, ¿y eso?, pregunta la directora extrañada, razones personales, responde él, antes de colgar pregunta con quién habría que hablar para interesarse por la adjudicación del contrato, yo mismo me encargaré de la gestión, añade. Luego pliega el teléfono, pero vuelve a desplegarlo, entra en la “Plataforma José C” y se da de alta. Mira el reloj. Son las ocho y siete minutos. Quién sabe, a lo mejor se toma el día libre.

***

El autobús se ha detenido en la explanada, frente al edificio. Como hace frío y ha comenzado a llover, nadie parece tener prisa en abandonar sus asientos. Sin embargo, poco a poco van descendiendo del vehículo y cruzan la explanada a buen paso. Al entrar en el edificio resoplan. Dentro hace calor, pero no demasiado. Dejan los abrigos y los paraguas en el guardarropa y se encaminan hacia una de las esquinas del hall donde les aguarda el guía que se encuentra a su cargo. Este reparte las entradas y les indica cómo pueden descargar el plano del recorrido y el audio guía. Todos lo hacen. Muy bien, ahora ya pueden iniciar la visita.

Les recibe una tenue oscuridad remarcada por un haz de luz que desciende de lo alto de la bóveda. Una voz calmada, profunda y expresiva les da la bienvenida a través de los auriculares de sus dispositivos móviles:

Bienvenido al Centro Memorial de la Franja, un edificio diseñado para dialogar con la conciencia y el entendimiento de las personas que nos visitan. Ahora es usted parte del edificio. Acaba usted de penetrar en su propio interior…

El grupo pasa a una sala de paredes curvas que van desde el suelo hasta el techo iluminadas por un espejo de agua que refleja el cielo. Mientras la voz desgrana las distintas circunstancias que rodearon la contienda conocida con el nombre de “Guerra de la Franja” se van desplegando diversos hologramas que ilustran los acontecimientos. Después el grupo abandona la sala por un lateral y continúa por un pasillo iluminado por unos amplios ventanales que se abren a la derecha. La voz surge de nuevo, ha cambiado de registro, se ha vuelto cercana y franca, es la voz con la que nos confesaríamos a un amigo:

Antes de continuar quisiera que se asomara conmigo por los ventanales que tiene a su derecha. Cuidado con el escalón. Eso es, perfecto. Ahora, si la niebla no lo impide, tendremos ante nosotros una buena vista de la ciudad. Mire hacia su izquierda. ¿Ve ese gran espacio al lado de aquellos grandes edificios?  Es el río que cruza la urbe. Pues bien, desde uno de sus puentes, el 8 de abril de 2018, un tanque de la Alianza disparó contra el hotel Capitol. El proyectil impactó en el piso quince, donde se encontraban varios periodistas que cubrían el conflicto. A consecuencia del impacto murió en el acto Yure G., cámara de la agencia Reuters, y resultaron heridos otros cuatro periodistas. Uno de ellos, José C., cámara de televisión, murió horas después en el hospital mientras era operado. Quienes ordenaron disparar sabían lo que hacían. La guerra estaba siendo retransmitida en directo y no convenía que periodistas “neutrales” tomaran imágenes. Es decir, aquel disparo fue lo que vulgarmente conocemos como un “un aviso a navegantes”. Pero fue y es mucho más. Aquella acción constituyó un crimen de guerra. Un crimen que ha sido durante todos estos años silenciado y que aún hoy continúa impune. Ahora usted ya sabe lo que ocurrió aquel 8 de abril de 2018. Era necesario que lo supiera. Pues sin los dos muertos que le hemos confiado (sí, ahora también son suyos) la visita al Memorial sería una pura pantomima. Sigamos…

El grupo entra en una sala circular. Caminan un poco más despacio. Cualquiera diría que llevan dos muertos sobre sus espaldas.

A la memoria de José Couso, asesinado el 8 de abril de 2003 por el disparo de un tanque de EE.UU. contra el hotel Palestine en Bagdad. A fecha de hoy, 12 de noviembre de 2019, el crimen continúa impune.

JoseCouso_Asesinado

Un muchacho somalí

Un muchacho somaliYaya es un muchacho somalí de 17 años. Con 15 años, huérfano de madre y con su padre en un campo de refugiados, abandonó su casa de Mogadisquio para escapar de la guerra. Todo el mundo que abandona su casa escapa de algo, nadie lo hace sin una buena razón.

En compañía de otros tres amigos, Yaya cruzó Etiopia y Sudan. Y llegó a Libia. “Libia muy malo”, dice Yaya. E imitando el sonido de una descarga de metralleta: “tatatata”, añade que  en Libia mataron a uno de sus amigos. Luego te enseña una gran cicatriz en la muñeca: “machete”, dice.

En diciembre de 2018 Yaya subió (embarcar es un término improcedente) a una patera con rumbo a Italia. La patera zozobró en alta mar y fue rescatada por el Open Arms. La Italia de Salvini negó una vez más el desembarco en sus costas y, tras largos días de incertidumbre, recibieron autorización del gobierno español para arribar al puerto de Algeciras.

Yaya es menor de edad. Yaya es un niño de ojos expresivos. Allí donde no llegan sus palabras, llegan sus ojos. Muy dentro.

Como era menor de edad ingresó en un centro de menores en Jerez de la Frontera y, según le entendí, pasó luego a otro centro de menores en Sevilla. Pero llegó el verano. Y Yaya se marchó a París. “Francia no bueno. Muchos negros en la calle”, dice. “Alemania no bueno, mucho somalí en Alemania, no quieren más somalí”, añade. Así que regresó a España.

Yaya entró en contacto con la gente de la red de acogida de Irún (Irungo Harrera Sarea, en euskera), le ayudaron y le llevaron al centro de menores de Amorebieta (Bizkaia). El viernes, una compañera de la red de Irún nos llama y nos pide que salgamos a recibir a Yaya cuando llegue a Bilbao, pues tiene que ir a un centro de menores de Andalucía (las fotos que le sacó la policía, la ficha de ingreso en el centro de menores…, todos sus papeles se encuentran allí).

El domingo a mediodía, Yaya llega en autobús a Bilbao. Le llevamos a Arrigorriaga y después de comer algo y descansar, nos acompaña al gaztetxe donde viven diez personas subsaharianas desde octubre de 2018. Le damos un poco de ropa, un poco de dinero y a las 21 horas Yaya coge el autobús para Sevilla.

Ayer llamó y dijo que estaba en Jerez de la Frontera. “¿Te esperan?, le pregunté. Me respondió que sí. “Todo bien”, me dice. También añade que está sorprendido de que tanta gente ayude a un muchacho somalí y me pide que dé las gracias a todos los amigos. ¡Ay!, Yaya, Yaya…

El rato que estuvo en mi casa antes de continuar viaje hacia Sevilla, Yaya miraba las fotos que cuelgan de las paredes o se apoyan en las estanterías. “¿Foto familia?”, preguntaba. Yo le decía que no: “Foto de monte”, “Foto de amigo”, “Foto de tren”. Sin embargo, todas las fotos eran fotos de familia para Yaya. Al final descubrió las de mis padres y las de los padres de mi mujer. “¿Foto de familia?”. “Sí Yaya, fotos de familia, son nuestros padres”. “¿Dónde padres?”. “Murieron. Eran muy mayores”. “Mi madre muerta también”. No dije nada. No me atreví.

El padre de Yaya espera desde hace años en el campo de refugiados a entrar en un programa de protección internacional para ir a Inglaterra. Yaya confía en que llegue ese día y pueda reunirse con él.

Ahora escucho la canción “Somalia” que cierra el último disco de Lagartija Nick: “Los cielos cabizbajos” (Montgrí, 2019). Habré escuchado este disco más de veinte veces. Me parece un disco estremecedor, bello y necesario, un poema sinfónico que recorre los perfiles de la guerra y la barbarie: Hiroshima, Gernika, Sarajevo, Somalia… Ahora “Somalia” tiene el rostro de YaYa.

La madre enlutada, sus brazos sin piel, los cielos añicos al anochecer. La madre sin hijos a la intemperie, una madre sin más.
El humo extranjero, el aire en Berlín, el mar atrapado en otro trozo de mar, la madre vaciada, la madre desecha en un desierto de horror.
La madre de fuego, la madre de pie, la madre en la tumba puesta del revés.
Esto es Somalia.

Somalia es el grito de todas las penas, con su amarga dignidad. Somalia es la madre ????? por la furia más letal.

Hay un cementerio en cada mujer que tiene un niño muerto rascado en la piel. Hay un cementerio en cada mujer que ?????
Quizá, de repente, la luna en su ardor. Un niño parado en unos pechos en flor. La madre en la sombra, cuchillo de rabia. La muerte ?????

La tierra está descuartizada por el odio de la piel. La tierra gime en carne viva rota de mercurio y sed.
Somalia es la madre ensangrentada que no acierta a comprender que quien te viola ????? no te puede ver morir. La madre es un clamor.

Somalia. Somalia. Somalia. Somalia…

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Jon Sistiaga pone voz al epilogo de la canción. Dice así:

En Somalia decir que uno es un muerto de hambre no es un insulto, es una obviedad. Y quizás repetir que casi un millón de personas está en riesgo inmediato de hambruna, o que tienen la mayor tasa de mortalidad infantil, sean ya una letanía. Aquí la vida no vale nada y se mata por muy poco.

Desde la ventana de mi hotel en Mogadisquio me acuerdo de este viejo poema somalí:

Yo y mi clan contra el mundo.
Yo y mi familia contra el clan.
Yo y  mi hermano contra la familia.
Yo contra mi hermano.
Así es el caos.