Un muchacho somalí

Un muchacho somaliYaya es un muchacho somalí de 17 años. Con 15 años, huérfano de madre y con su padre en un campo de refugiados, abandonó su casa de Mogadisquio para escapar de la guerra. Todo el mundo que abandona su casa escapa de algo, nadie lo hace sin una buena razón.

En compañía de otros tres amigos, Yaya cruzó Etiopia y Sudan. Y llegó a Libia. “Libia muy malo”, dice Yaya. E imitando el sonido de una descarga de metralleta: “tatatata”, añade que  en Libia mataron a uno de sus amigos. Luego te enseña una gran cicatriz en la muñeca: “machete”, dice.

En diciembre de 2018 Yaya subió (embarcar es un término improcedente) a una patera con rumbo a Italia. La patera zozobró en alta mar y fue rescatada por el Open Arms. La Italia de Salvini negó una vez más el desembarco en sus costas y, tras largos días de incertidumbre, recibieron autorización del gobierno español para arribar al puerto de Algeciras.

Yaya es menor de edad. Yaya es un niño de ojos expresivos. Allí donde no llegan sus palabras, llegan sus ojos. Muy dentro.

Como era menor de edad ingresó en un centro de menores en Jerez de la Frontera y, según le entendí, pasó luego a otro centro de menores en Sevilla. Pero llegó el verano. Y Yaya se marchó a París. “Francia no bueno. Muchos negros en la calle”, dice. “Alemania no bueno, mucho somalí en Alemania, no quieren más somalí”, añade. Así que regresó a España.

Yaya entró en contacto con la gente de la red de acogida de Irún (Irungo Harrera Sarea, en euskera), le ayudaron y le llevaron al centro de menores de Amorebieta (Bizkaia). El viernes, una compañera de la red de Irún nos llama y nos pide que salgamos a recibir a Yaya cuando llegue a Bilbao, pues tiene que ir a un centro de menores de Andalucía (las fotos que le sacó la policía, la ficha de ingreso en el centro de menores…, todos sus papeles se encuentran allí).

El domingo a mediodía, Yaya llega en autobús a Bilbao. Le llevamos a Arrigorriaga y después de comer algo y descansar, nos acompaña al gaztetxe donde viven diez personas subsaharianas desde octubre de 2018. Le damos un poco de ropa, un poco de dinero y a las 21 horas Yaya coge el autobús para Sevilla.

Ayer llamó y dijo que estaba en Jerez de la Frontera. “¿Te esperan?, le pregunté. Me respondió que sí. “Todo bien”, me dice. También añade que está sorprendido de que tanta gente ayude a un muchacho somalí y me pide que dé las gracias a todos los amigos. ¡Ay!, Yaya, Yaya…

El rato que estuvo en mi casa antes de continuar viaje hacia Sevilla, Yaya miraba las fotos que cuelgan de las paredes o se apoyan en las estanterías. “¿Foto familia?”, preguntaba. Yo le decía que no: “Foto de monte”, “Foto de amigo”, “Foto de tren”. Sin embargo, todas las fotos eran fotos de familia para Yaya. Al final descubrió las de mis padres y las de los padres de mi mujer. “¿Foto de familia?”. “Sí Yaya, fotos de familia, son nuestros padres”. “¿Dónde padres?”. “Murieron. Eran muy mayores”. “Mi madre muerta también”. No dije nada. No me atreví.

El padre de Yaya espera desde hace años en el campo de refugiados a entrar en un programa de protección internacional para ir a Inglaterra. Yaya confía en que llegue ese día y pueda reunirse con él.

Ahora escucho la canción “Somalia” que cierra el último disco de Lagartija Nick: “Los cielos cabizbajos” (Montgrí, 2019). Habré escuchado este disco más de veinte veces. Me parece un disco estremecedor, bello y necesario, un poema sinfónico que recorre los perfiles de la guerra y la barbarie: Hiroshima, Gernika, Sarajevo, Somalia… Ahora “Somalia” tiene el rostro de YaYa.

La madre enlutada, sus brazos sin piel, los cielos añicos al anochecer. La madre sin hijos a la intemperie, una madre sin más.
El humo extranjero, el aire en Berlín, el mar atrapado en otro trozo de mar, la madre vaciada, la madre desecha en un desierto de horror.
La madre de fuego, la madre de pie, la madre en la tumba puesta del revés.
Esto es Somalia.

Somalia es el grito de todas las penas, con su amarga dignidad. Somalia es la madre ????? por la furia más letal.

Hay un cementerio en cada mujer que tiene un niño muerto rascado en la piel. Hay un cementerio en cada mujer que ?????
Quizá, de repente, la luna en su ardor. Un niño parado en unos pechos en flor. La madre en la sombra, cuchillo de rabia. La muerte ?????

La tierra está descuartizada por el odio de la piel. La tierra gime en carne viva rota de mercurio y sed.
Somalia es la madre ensangrentada que no acierta a comprender que quien te viola ????? no te puede ver morir. La madre es un clamor.

Somalia. Somalia. Somalia. Somalia…

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Jon Sistiaga pone voz al epilogo de la canción. Dice así:

En Somalia decir que uno es un muerto de hambre no es un insulto, es una obviedad. Y quizás repetir que casi un millón de personas está en riesgo inmediato de hambruna, o que tienen la mayor tasa de mortalidad infantil, sean ya una letanía. Aquí la vida no vale nada y se mata por muy poco.

Desde la ventana de mi hotel en Mogadisquio me acuerdo de este viejo poema somalí:

Yo y mi clan contra el mundo.
Yo y mi familia contra el clan.
Yo y  mi hermano contra la familia.
Yo contra mi hermano.
Así es el caos.

Victoria

Victoria

Portada del disco “Los cielos cabizbajos” de Lagartija Nik

Déjame decirte:

La Victoria es el triunfo de la sinrazón (lo digo así, de entrada, para que sepas por donde respiro).

La Victoria es la razón del más fuerte, la más primaria de las razones, la más troglodita, la más primate. Así de simple es la razón del vencedor, así de contundente.

La Victoria es, a la postre, el poder de matar.

La Victoria es, a ratos, clemente (La clemencia como privilegio. La clemencia como inversión).

La Victoria gusta del Boletín Oficial y de los calendarios.

La Victoria cubre su primaria desnudez con palabras nobles, redondas, imponentes, estratosféricas.

La Victoria alquila poetas, los alimenta.

La Victoria ama los himnos, los desfiles, las canciones.

La Victoria es emocionante, presumida, impúdica, pornográfica.

La Victoria es mentirosa (lo digo antes de que se me olvide).

La Victoria es la guerra que no cesa. Es el ajuste de cuentas. Es la cárcel, los fusilamientos, las fosas comunes, el destierro… Es el hambre y es la humillación del vencido. La Victoria es inmisericorde.

La Victoria es oscura y muy profunda, inacabable.

La Victoria es el olvido.

¡Ay de los vencidos!, dicen que exclamó el galo Breno al rendir la ciudad de Roma.

Puedes creerme, no he querido molestarte.