El lado oculto de la montaña

Estabas pensando en que afortunadamente todo había quedado en un buen susto, cuando te envolvió aquella fina niebla que parecía surgir del mismísimo suelo. Es curioso, te dijiste, hace solo un instante el sol brillaba en el cielo azul y, de pronto… Pero te obligaste a salir de aquel extraño estado de estupor en el que te habías sumido y continuaste ascendiendo.

Lo cierto es que apenas te costó alcanzar el collado; tenías la cumbre a la alcance de la mano. Sin embargo, en lugar de trepar peña arriba, tus pasos se encaminaron hacia una canal que descendía por la cara opuesta de la montaña. Y como haría un patinador, te deslizaste por la pendiente, entre la niebla.

Poco después, pisabas el caos de la morrena y sin detenerte continuaste la marcha, piedra sobre piedra, con la agilidad de un corzo. Más abajo, la niebla comenzó a disolverse. Y surgiste al sol. El agua corría bajo las rocas. Su murmullo te acompañaba. Te sentías flotar…

Entonces sucedió:

Primero fue apenas una silueta que, al instante, se difumino. Después, bajo la exigua sombra de los primeros árboles que colonizaban la pendiente, fue la figura de un muchacho con una gran mochila a la espalda; aquella mochila, aquella forma de andar… Más adelante, cuando el fragor del torrente dejó paso a las aguas remansadas en sus meandros, distinguiste a un hombre y a una mujer que se encontraban sentados a la sombra de una gran piedra. Y te acercaste hasta ellos. Y te quedaste petrificado.

De pronto, la montaña se pobló de presencias. Y reconociste al guarda de aquella granja a la que de niños acudíais en busca de aventuras, y te cruzaste con varios montañeros que ya eran veteranos cuando comenzabas a salir a la montaña, y te saludó el vecino del cuarto derecha que murió hará cosa de un par de meses…

Fue entonces cuando te vino a la cabeza el incidente de la mañana, la piedra a la que te agarraste sin haber comprobado previamente su solidez, aquel error de principiante…

Claro que tampoco habría para tanto: el mismo cielo azul, el mismo aire de la montaña en tus pulmones, la molestia de siempre en el tobillo izquierdo…

La montaña y su llamada

El valle se ve muy verde desde lo alto. Aunque luego, si te fijas un poco más, puedes distinguir las líneas pardas e irregulares de los muros que delimitaban las parcelas cuando estas tenían dueño, y las manchas oscuras de los árboles y de los espinos, y las fachadas semiderruidas de unos pocos caseríos dispersos que ya no logran sostener el peso de los tejados. Eso sí, para poder entrever el viejo sendero tienes que descender un poco más, justo hasta la altura de una gran piedra.

Hay tanto silencio, tanta quietud, que las piernas toman la iniciativa arrastradas por esa inercia difícil de descifrar. Poco después, casi sin darte cuenta, llegas hasta él y lo sigues. Y el sendero desaparece y al rato vuelve a aparecer, y así muchas veces, tantas, que el valle va quedando a tu espalda, con sus casas derruidas y sus muros derruidos, suspendido entre montañas. Sobre la cabeza: el vuelo supuestamente errático de los pájaros y unas nubes blancas y consistentes surcando los cielos.

Has llegado al pie de una vaguada que se despeña entre arbustos y matorrales. Ahora el camino se ha vuelto definitivamente imposible, aunque tal vez el lecho de aquel arroyo agostado…

Y de nuevo, desde lo profundo de esa espesura, escuchas la llamada. Y te hundes en su oscuridad, con el estómago repleto de mariposas y dando saltos como un potrillo que acabara de alcanzar la libertad.

Tensa espera

Los primeros rayos de sol despuntaron por detrás de las cumbres azules e incendiaron las cimas del otro lado. Después, por esa misma esquina, el cielo se fue tiñendo de naranja, y la luz comenzó a descender lentamente a lo largo de la montaña partiéndola en dos: una parte era luz y la otra sombra.

Aguardabais, tal vez imaginando que amanecíais en un planeta lejano en el que nada de lo que allí estaba ocurriendo, todo aquel horror, toda esa barbarie, podría suceder jamás.

***

Copio aquí una vieja entrada que algún tipo de parentesco tiene con la actual. Dice así:

Apoyado en un árbol parece descansar de la larga caminata que le habrá traído hasta aquí, tan lejos de «aquello».

Sin embargo, bastaría con acercarse un poco y modificar el ángulo de visión para descubrir el charco de vísceras y sangre que se extiende a sus pies. Creo que lo sospechas y que por eso bajas la mirada y aceleras el paso. No quieres ver, no al lado de tu casa. Tan lejos de «aquello» parecía.

La montaña y los detalles

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Abandono el vendaval que me arrastra y pongo pie a tierra y la siento firme bajo mis pies y me sonrío. Y aunque no sepa si huyo o persevero (en realidad eso me importa un bledo), sé muy bien a lo que vengo.

Vengo a reencontrarme con el paso lento del tiempo (Tiempo mineral, meteoro; viejo amigo).

Vengo a desnudarme y a recorrer desnudo los detalles de las cosas, su concisa circunstancia. Pues aquí, en la montaña, hasta el más mínimo detalle cuenta.

Cuenta el vuelo de las aves y la hierba cobriza que mece el viento del otoño.

Cuenta la curvatura de una arista y cada palmo de su laberinto encantado.

Cuentan el color de cada nube y sus contornos.

Cuenta el olor del viento y cada esquirla de silencio.

Vengo, entonces, porque nada de lo que haga o deje de hacer resulta aquí intrascendente.

Vengo para ver lo que veo y para no ver lo que no veo, ni más ni menos.

Vengo para sentir la sencilla y escueta realidad de las cosas que me rodean.

Para eso vengo.

Los pasiegos

Este texto se inspira en uno de los psalmos de título “Los gauchos” que J. L. Borges incluyó en las páginas de su “Elogio de la Sombra”.

El Bernacho nevado

El Bernacho nevado

Dice que los vio surgir, sombras de entre las sombras, a la orilla del camino y que le parecieron supervivientes de un naufragio en pleno mar de Bering (las montañas serían entonces enormes olas coronadas de espuma blanca). Dice que los recuerda inmóviles y erguidos, sosteniendo la postura frente a la intemperie. Dice que ese recuerdo le ha servido para sujetar la realidad a ras de tierra: que somos lo que hacemos, solamente eso. Eran pasiegos y yo, ahora, les celebro:

Fueron ganaderos, pero antes debieron desbravar la tierra fiera y yerma que les tocó en suerte hasta transformarla en seles y praderas, con sus suertes, sus lindones, sus rozaúcas, sus lenes y sus brenas y campizas.

A pesar de que les cubrieron con un aura de misterio y de que les fabricaron antepasados semitas, celtas o de irredentos cántabros, su epopeya la cantan sus cabañas.

Aprendieron los designios del viento, las costumbres de los pájaros, los enigmas de las manchas de la luna y los de las chispas del tizón. El misterio del tiempo se les reveló epidérmico y circular siempre.

Las primeras flores, los primeros calores, las primeras nieves les sacaban al camino con su ganado, sus catres y sus aperos. Siguiendo los dictados de la hierba, completaban los círculos del tiempo a los que ellos llamaron mudas.

Las vacas, su devoción; el fruto de sus ubres, su tesoro: pan y leche para el desayuno, leche y pan para la cena… Y, sin embargo, con sus cántaras y odres, en sus cubíos y bodegas, realizaron la alquimia de la mantequilla y las mantecas.

Eran sufridos y pobres, pero la pandereta y el pito solía acompañar las celebraciones, la romería de cada año y algunas mañanas de mercado.

De niños: la escuela de los prados. De jóvenes: las rondas, los apedreos y las proclamas. Ya hombres: el diálogo parco, el naipe y el tabaco. De viejos: el paso lento del tiempo junto a la puerta. Después, la muerte.

No murieron por las razones que regían en otros lugares: o no conocieron las palabras patria y revolución, o no las entendieron. A parte de la ira, la muerte, como la vida, la suministraban los planetas.

Dice que los vio surgir a la orilla del camino. Dice que, desde entonces, no deja de buscarlos. En las geometrías de sus prados. En sus cabañas. Bajo sus bravas montañas.

Los pasos que acompaño

Fuente de la imagen: Wikipedia

Una tenue luz anuncia el nuevo día. Ahí está, siento el roce de tus pasos por mis primeras revueltas.

Me desperezo y, como de costumbre, recompongo mi identidad de camino con el recuerdo de los pasos que me han ido labrando. Los primeros llegaron arrastrados por el hambre y el viento helado que sopla del norte buscando su tierra prometida, luego, cuando esa promesa hubo germinado en los frutos de la tierra y el ganado, aparecieron los pasos de aquellos que venían a cosechar a sangre y fuego, y el mundo se fue poblando y le nació la historia y con ella surgieron los reinos y las naciones, entonces me fueron ensanchando los pasos de los peregrinos y el de los comerciantes, los de las comitivas del poder y sus ejércitos, el ir y venir de los contrabandistas, el de los perseguidos y el de sus perseguidores. Y ya, por fin, conocí otros pasos similares a los tuyos, los que ahora aguardo.

Los he reconocido al instante (a esta hora tan temprana no caben demasiadas dudas). Caminas solo y es como yo lo prefiero. De manera que acompaso mi ritmo al tuyo y, antes de alcanzar lo más alto del puerto, ya seré uno contigo. Y entonces, cuando las Maladetas y el esbelto Aneto (a la luz oblicua del amanecer) se suban a tu mirada y tiren de ti y tú atiendas su dictado, más que testigo, seré parte del sortilegio, pues sin mi concurso no tendría lugar.

Y te veré partir y te imaginaré sumergido en la montaña siguiendo el camino que tengas elegido: tal vez la concurrida senda, o la arista que ya habrás recorrido y que guarda para ti la revelación del reencuentro entre aquel que fuiste y el que ahora eres, o puede que hayas escogido la ruta solitaria y desconocida que te brindará el espejo en el que podrás reconocerte. En cualquier caso, te querré (y me disculpo por la licencia) franco y sencillo, lejos de la pomposa gravedad que tan mal combina con la montaña.

Y si hubieras decidido regresar por dónde has venido, tienes que saber que aquí estaré, esperándote. Uno contigo de nuevo, nos giraremos y clavaremos en la montaña nuestra incipiente nostalgia; será la más hermosa de las miradas.

La montaña y su secreto

Hubo un tiempo en el que las montañas de mi niñez cobijaron el pozo más profundo y oscuro que quepa imaginar. Al menos eso era lo que decían los pastores que llevaban los rebaños a los altos pastos, entre roquedales. A los vecinos de la aldea les gustaba hablar y hasta presumir del pozo, ahora bien, por nada del mundo revelarían su emplazamiento: «Tendrán que cruzar la montaña por caminos de cabras y les caerá la noche encima antes de poder regresar», les decían a los forasteros que llegaban preguntando por el pozo. A los que insistían, procuraban borrarles la idea con historias que hablaban de espíritus y desaparecidos, y así, bajando la voz y mirando fijamente a los ojos de su interlocutor, contaban que un hombre desoyó sus consejos y ya jamás regresó (aunque en ocasiones variaban el final y el hombre regresaba con los ojos fuera de sus cuencas y con el juicio perdido). Y si aún con todo alguien persistía en su propósito, entonces se volvían hoscos y esquivos y ya no decían ni esta boca es mía.

Pero la modernidad llegó también hasta las montañas de mi niñez y fueron declaradas parque natural. De esta manera, se trazaron rutas y se señalizaron caminos, se levantó un refugio y un centro de información, habilitaron un aparcamiento y dos áreas recreativas, posicionaron el parque en internet… Y como en ninguna guía o mapa aparecía el pozo, ya nadie volvió a preguntar por él.

Ahora permanece olvidado, en lo alto del roquedal, entre dos rocas con forma de joroba, cubierto de zarzas. El pozo más profundo y oscuro que quepa imaginar.

Relato de una ascensión

Habitación con vistas

Habitación con vistas

Un objetivo se convierte en reto cuando pone en entredicho nuestras propias capacidades.

Precisamente por eso lo odiamos y lo queremos tanto.

Al principio, siempre: la pereza. Pues deberás abandonar el calor del saco para enfrentar el frio de la madrugada y el temor que te provoca la empresa a la que has de enfrentarte. Al principio, siempre: la voluntad.

Y, cuando te pongas en movimiento, el temor se irá retirando a su rincón empujado por el aluvión de acontecimientos que reclamarán tu cuidado: localizar la frontal, incorporarte y vestir las distintas capas de ropa, y ya estás en pie, y ahora tu atención se centra en el desayuno y luego, o antes quizá, deberás repasar la mochila, las cosas que llevarás y las que dejarás aquí, en el valle, el lugar que ocuparán en su interior, su peso, su volumen, su forma. Y, como posiblemente el frío aún te atenace, deberás ponerte en marcha cuanto antes. Entonces te sentirás mucho mejor.

Caminas en la oscuridad, o fuera de ella ya, acompasas la respiración al esfuerzo, y los pensamientos se acompasan, ellos también, al ritmo de tus pasos. Y es posible que sonrías entonces, pues si todavía no ha sucedido, no tardarás en disfrutar en el esfuerzo, sobre todo cuando los contornos de las cosas se tiñan de la sal de tu frente, sobre todo entonces.

Y te dejas llevar…

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Jinetes en la tormenta

Jinetes en la tormentaUna estampa irreal, cuatro jinetes surgiendo del bosque que asciende las cuestas de un valle que se recoge hasta quedar remansado por el norte entre los contrafuertes de las montañas. Una estampa irreal, insólita, nubes brotando de los hocicos de las cuatro bestias y de los oscuros huecos donde deberían estar los rostros de sus jinetes, ocultos, los rostros, tras las oquedades, como bocas de lobo, moldeadas, las oquedades, por los paños con que protegen sus cabezas del frío que viene de la montaña, nubes surcando el breve espacio azul y frío que respiran las bestias y los hombres, cuatro jinetes surgiendo del bosque para penetrar en el valle que se remansa contra los contrafuertes de las montañas. Una estampa irreal, insólita, como sacada de un sueño, cuatro bestias cabeceando en las cuestas del valle que ya no es valle sino cuestas acostadas en las montañas, cuatro jinetes respirando el aire azul y frío que introducen en los pulmones con gran esfuerzo, para nada, o para casi nada, apenas un breve alivio azul y frío en los pulmones, cabeceando las bestias en las cuestas que llevan a ningún sitio, únicamente blancos contrafuertes tras la niebla blanca que absorbe la respiración de las bestias y la de los jinetes, y la ventisca azul y fría que lo llena todo.

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