I love Neil Young

I love neil YoungCae la tarde a pico sobre los campos amarillos del otoño. Las montañas a lo lejos son de oro y el aire es azul.

Allí está, recostada contra la colina, frente al riachuelo de plata que serpentea por el fondo del valle. Hablo de la casa cuyo granero aparece en la contraportada del disco “Harvest”. La he soñado tantas veces que la reconocería entre un millón.

La tarde se va apagando a toda velocidad. Ahora las montañas son azules, al igual que el aire. Hay una estrella en el cielo. Hace calor. Siento que algo nuevo está creciendo.

Lo sabes, ¿no es cierto?

Eres un corazón de oro tañendo tu Old Black. Eres un cañón tañendo tu Old Black. Eres un Piel Roja tañendo tu Old Black. Eres un huracán tañendo tu Old Black. Te necesitamos Tío Neil. Te necesitamos con tu Old Black. Os necesitamos por lo de siempre. Por lo de toda la vida. Por los cuatro muertos en Ohio. Porque llegaron con sus galeones y sus cañones, y el mundo conoció el odio y la guerra se adueñó de él. Porque no se puede seguir dando sin recibir nunca nada. Porque no podemos permanecer cruzados de brazos mientras la rapiña continúa imparable. Por la valla de Ceuta y por la de Melilla. Por el muro de Trump. Por todas las fronteras. Para seguir resistiendo en el mundo libre… Necesitamos un corazón de oro. Y un cañón. Y un Piel Roja cabalgando por las praderas. Necesitamos un huracán.

Si lo deseas puedes venir acompañado de los Crazy Horse y su aquelarre eléctrico. También vendrá Woody Guthrie con su máquina de matar fascistas. Y Jimi Hendrix me pide que te diga que si tú te animas, él también lo hará. Ya ves: esto nos concierne a todos, a los muertos también. Seremos multitud.

Por mil razones. Por mil canciones.

Somos el océano y no vamos a parar.

Constantin

ConstantinHay historias que revolotean a nuestro alrededor, como motas de polvo suspendidas en el aire, deseosas de existir. Y, de pronto, una de ellas te elige y comienza a lanzar destellos para llamar tu atención. Y ya no descansará hasta que tú -sí, precisamente tú- repares en ella y, narrándola, reveles su existencia. Pues bien. Eso me ocurrió a mi con Constantin.

Vino en las serranías del sur, entre el polvo y el calor del verano. Recuerdo que andaba sediento y magullado, tratando de dar con un camino que me llevara al cauce del río y así poder poner fin a una larguísima jornada de montaña. Entonces me topé con él. Se llamaba Constantin y apenas intercambiamos un par de palabras. Sin embargo, días después seguía allí, en mi cabeza, pidiéndome nacer.

Era la historia de Constantin. Mi historia.

La vida de Constantin saltó por los aires el día en el que las autoridades de la ciudad de Alba Iulia, Transilvania, decidieron cerrar la orquesta en la que tocaba el clarinete. Y Constantin se convirtió en un inmigrante rumano. La historia sigue sus pasos a lo largo de una década (de abril de 1997 a abril de 2007) y cuenta las peripecias que hubo de protagonizar para poder sobrevivir sin perder la dignidad.

Nuestra historia -la de Constantin, la que yo he narrado- es una historia de amor. De amor a la música y a su poder sanador. De amor a las ciudades y al camino que nos lleva de uno a otro lugar  -pasaremos por Múnich, Pisa y Barcelona y navegaremos por el Mediterráneo-. De amor cargado de pólvora contra los bien pensantes y los hipócritas. Pero, por encima de todo, es una historia de amor hacia la libertad y el valor que se necesita para ser libres.

Con todos ustedes: ¡CONSTANTIN!

En la historia van apareciendo distintos temas musicales que fueron sonando en mi reproductor al tiempo que trabajaba los pasajes en los que se insertan. Los he recopilado en esta esta lista de reproducción:

Lhasa De Sela

«Si un día te vas y ya no vuelves más»
«Si un día me voy y ya no vuelvo yo». (1)

Me imagino un día cualquiera, no importa que luzca el sol o que llueva. Lo importante es que se trata de ese día. Ahí está, mirándote fijamente a los ojos: «ya estoy aquí», te dice.

«He encontrado un hogar. Ahora comienza la vida. Puedo esperar un año o dos. Pero ni un momento más». (2)

Y te imagino aterrada y sofocada por la congoja, desesperada por hallar una mano amiga a la que poder asirte. ¿Y sabes?, me gusta pensar que no necesitaste buscarla, que estaba allí y que simplemente alargaste la tuya y la estrechaste; mi amigo del alma, dirías.

«Capturada en una tormenta. Las cosas volaban. Estaba sublevándome. Golpeando el suelo». (3)

Y todo lo que fue y todo lo que ya nunca será, todo lo sabido, todo lo ignorado, el gozo, el dolor…, pronto todo estará a buen recaudo. Por eso te vuelcas hacia ti y te ofreces en canciones. Jamás antes te sentiste tan viva, nunca antes fuiste tan clarividente. Tu voz no miente.

«Ahora que mi corazón está abierto voy a tener que vivir con amor hasta el final». (4)

Alguien dijo que la enfermedad nos ofrece la licencia y la absolución para desvelar nuestros secretos. A la sombra de tu sombra, nítida y rotunda, tu voz persigue la verdad y la canta y la celebra con hondo deseo de vida. Pues morir, alguien lo dijo también, es una cuestión de estilo.

«Mi cárcel se descompone. Las mil y una noches llegan a su fin. Pronto seré libre». (5)

Por encima de pasillos y salas de espera, por encima de habitaciones y cables y agujas y máquinas que inoculan cócteles coloreados para parecer inocuos, por encima de la administración de tu enfermedad que tantas y tantas veces, sin duda demasiadas, ni siquiera dejaron que fuera tuya, a pesar de tantas y tantas y tantas cosas, nos dejas tu voz y tu verdad. Desde el centro de tu soledad, nos regalas tu despedida.

«Mi muerte habrá comenzado. Voy a entrar». (6)

«Ahora abro la ventana y entra la luz con el viento». (1)

Adiós Lhasa de Sela.

lhasa-de-sela

(1) Abro la ventana – The living road (2003)
(2) Is Anything Wrong – Lhasa (2009)
(3) Rising – Lhasa (2009)

(4) Love came here – Lhasa (2009)
(5) 1001 Nights – Lhasa (2009)
(6) I´m going in – Lhasa (2009)

Solo de saxo

Se ha situado en la confluencia de dos pasillos que comunican sendos andenes de metro, en pleno tránsito de la gente que camina atada a sus pasos. El ruido de esos pasos recorre el contorno de las bóvedas y los siente resbalar, amplificados, como goterones de agua turbia que habrán de caer sobre su cabeza. Y como sabe que debe ignorarlos, los ignora. Bueno, se dice, es hora ya de ponerse manos a la obra.

Y será entonces cuando la voz del saxo comience a surgir sedosa, si bien no tardará en tornarse afilada para abrirse camino hacia ese pantano donde habitan las arañas. Una vez allí, la hundirá en lo hondo y removerá el cieno con los tonos más lacerantes hasta que las arañas, importunadas por su irrupción, se vean obligadas a abandonar su ensimismamiento y desplegar sus patas de alienígena para ir a ocultarse por entre el tumultuoso ondular de la ciénaga. Y antes de abandonar la morada de las arañas como el intruso que será, permanecerá un buen rato en su compañía, susurrante, sabiéndose observado desde la oscuridad por miles y millones de ojos miopes hasta que, ya por fin, salga sin mirar atrás para alzarse hacia la luz, tan alto como le sea posible.

Etzanda

Bajaré la cuesta, cruzaré los campos que vacas y pottokas riegan con su orina y subiré entre aquellas rocas. Hasta llegar a tu lado.

Pues me gustaría acostarme junto a ti a observar el reflejo del mundo allí en lo alto, entre las nubes. Yo me callaría y tú… (aún recuerdo el día en que subí tu voz a lo alto de aquella montaña).

“…mundua bizirik da, begiak itxi, sentitu eguzkia. Oh, oh, oh, oh…”

Fly

Para todos era Steve, sobrenombre al que se había hecho acreedor por su querencia casi reverencial hacia Steve Winwood (además de su música, le gustaba su aspecto, de ahí la caída de su melena y las camisas y pantalones ajustado que solía vestir). Un día Steve vino a mi casa con un disco debajo del brazo y me lo tendió; toma, me dijo, para que alucines un poco. Era de un tal Nick Drake y tenía por título “Bryter Layter”.

Eran los tiempos del vinilo –si bien entonces los llamabamos discos o LPs (ya sabes, del inglés Long Play)–, tiempo de aquellas redes sociales analógicas y de corto alcance tan imprescindibles entonces (uno se compraba el disco y, tras exprimirlo con sus cuatro sentidos –y hasta es posible que alguno conociera el roce del quinto– lo ponía en circulación como si lo acabara de grabar él mismo en su habitación).

Pero volvamos a Steve. Aparte de ser un gran tipo, era el epicentro de nuestra red social, el más activo de sus miembros, pues pinchaba discos en salas de fiesta y en pubs y frecuentaba determinados ambientes en la ciudad, lo cual nos permitía acceder a un material (en sentido amplio) que, de otra manera, posiblemente no hubiéramos podido obtener –en cierta ocasión le acompañe en una de sus salidas a la capital y…, no diré más sin la presencia de mi abogado–. También jugaba de defensa central en el equipo del pueblo (decían que tenía maneras de Beckenbauer, opinión que yo apoyaba con entusiasmo), lo cual nos abría la posibilidad de frecuentar otros círculos de relación y acercarnos, así, a otros tipos de música y a diferentes maneras de vivirla (aquellas voces entonando a coro el hit de Desmadre 75: “saca el güiski, cheli, para el personal…”; simplemente inolvidables. Por cierto, años después conocí a Seju, líder del Desmadre –hoy sé que es hermano del Gran Wyoming–, cuando hacia salsa con el Combo Belga y muy bien por cierto).

Hoy, como siempre que escucho Fly de Nick Drake, Steve llama a mi puerta de nuevo. Gracias amigo.

Fireside song

Genesis, Fireside Song

Genesis, 1969

Me cobija la suave luz de la lámpara alógena que alumbra en el rincón, mientras el piano que suena en el reproductor va preludiando el inicio de “Fireside song” de los primeros Genesis.

Me estiro, lanzo la mirada hacia la punta de mis pies, allí, a lo lejos, y sonrío dejando que la atmosfera me envuelva más y más, pues sería del género tonto resistirse a su influjo.

Y, puesto que la levedad cimenta el instante, me quedo quieto y apenas respiro (incluso aspiro mi propia sonrisa y la vuelvo hacia dentro).

Ahora, reclino la cabeza sobre el cojín treinta y tres grados a babor, la inclinación precisa para que las cosas que permanecen agazapadas en ella vayan cayendo, una tras otra, al suelo. Muy bien; ahora hay sitio suficiente para que la dulce voz de Peter Gabriel –“And as the peace descended all around”– ocupe su lugar…