La montaña y los detalles

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Abandono el vendaval que me arrastra y pongo pie a tierra y la siento firme bajo mis pies y me sonrío. Y aunque no sepa si huyo o persevero (en realidad, eso me importa un bledo), sé muy bien a lo que vengo.

Vengo a reencontrarme con el paso lento del tiempo (Tiempo mineral, meteoro; viejo amigo).

Vengo a desnudarme y a recorrer desnudo los detalles de las cosas, su concisa circunstancia. Pues aquí, en la montaña, hasta el más mínimo detalle cuenta.

Cuenta el vuelo de las aves y la hierba cobriza que mece el viento del otoño.

Cuenta la curvatura de una arista y cada palmo de su laberinto encantado.

Cuentan el color de cada nube y sus contornos.

Cuenta el olor del viento y cada esquirla de silencio.

Vengo porque nada de lo que haga o deje de hacer resulta aquí intrascendente.

Vengo para ver lo que veo y para no ver lo que no veo, ni más ni menos.

Vengo para sentir la sencilla y escueta realidad de las cosas que me rodean.

Para eso vengo.

La montaña y el silencio

La montaña y el silencio

Los cencerros del ganado sonando a lo lejos.

La lenta marcha de las nubes por el cielo.

El rumor de un salto de agua que llega regular y narcótico.

El viento que sopla suave y agita la tienda (me recuerda el batir de las olas del mar en un día calmo).

El canto de los pájaros.

El paso de las hojas del libro que estoy leyendo.

Los latidos de mi corazón.

Ecos del lento paso del tiempo, su hondo y denso discurrir.

La montaña y lo efímero

La montaña y lo efimero

Los ciclos de las estaciones sobre los árboles. Las distintas texturas del musgo que recubre las piedras en lo profundo del bosque. Las delicadas obras de las incansables arañas. La muerte diaria de las flores y su diaria resurrección.

Los caminos hasta entonces inexistentes y el fugaz rastro que dejamos al pasar. El efímero y decisivo sentido que una mano le confiere a una grieta. Cada una de las piedras del camino. El caudal de los torrentes en los días del verano.

Las mutaciones de las nubes. La veleta del viento. La azarosa caída de la nieve y su mudable disposición sobre las cosas. Las distintas fases de la luna.

El vertiginoso vuelo de las aves y su inmóvil planear. La vigilancia de las marmotas y su veloz retirada. La insondable mirada de una vaca.

El reflejo del lado oculto de la montaña en los ibones de ese mismo lado.

El principio y el fin de la jornada.

Hablo de la quietud y del lento paso del tiempo. Hablo de las cosas en permanente transformación.

Impasible el ademán

Impasible el ademanEl Teniente General en la reserva, digno continuador de una larga saga de hidalgos, héroe de la Patria y reputado estratega, está recostado a la sombra de una acacia con el sol en lo más alto y toda la tarde por delante, leyendo un libro que apoya en su voluminoso abdomen, los brazos en los costados, seguro de sus méritos y galardones, Gran Cruz con distintivo rojo y Gran Cruz con distintivo blanco, Cruz de Honor, incontables Medallas al Mérito militar, Medalla de las Naciones Unidas, Medalla de la OTAN, muchísimas Bandas, numerosísimas Encomiendas, presidente emérito de Patronatos y museos, le pica un huevo y se lo rasca con la mano derecha, reputado articulista, autor de numerosos escritos militares y de un par de libros, setenta y siete años de vida, uno setenta de estatura, ochenta y dos kilos de peso, ancho de espaldas y de caderas, de aspecto rebolludo y, sin embargo, gallardo, resoplando en el calor de la tarde bajo el lento viaje del sol por el cielo azul e inmenso, le sigue picando un huevo y se lo rasca de nuevo, daría cualquier cosa por una jarra de cerveza, pero ya no bebe, tiene la tensión por las nubes y el corazón no marcha como debiera, tiene tanta sed que se bebería la piscina que centellea a unos veinte metros de donde se encuentra reclinado, «que sede, ¿verdad hijo?», leyendo “Los pilares de la tierra”, si bien hace tiempo que ha perdido el hilo de la historia, le aturden tantos amoríos y conspiraciones, además le duele el brazo derecho de sostener el peso del libro y le escuecen los ojos a causa de las gotas de sudor que se multiplican en su frente y le resbalan por el rostro, el sol continúa ahí arriba, de haberse movido habrá sido apenas nada, las ensoñaciones le embargan: siempre le gustó escuchar la radio, siempre la llevó consigo en todas las misiones y en todas las campañas, bajo su almohada siempre, pero hace tiempo que perdió el oído, a decir verdad, lo único que lee con gusto son los periódicos de la mañana, dos y hasta tres periódicos, las mañanas pasan rápido, el desayuno, la lectura de los periódicos, el ir y venir del servicio por la casa, la correspondencia, el aroma de la comida, se le hace la boca agua.., en cambio las tardes se abisman y transcurren eternas, como ésta, la casa a su espalda, la piscina enfrente, la acacia a su lado, los setos que separan su propiedad de las propiedades adyacentes, insigne teniente general en la reserva, leyendo un libro indescifrable recostado en su tumbona frente a la piscina del jardín de su casa de campo.

El jardín luce lustroso y bien equilibrado, la envidia de toda la urbanización. Y lo suyo les cuesta, disponer de un jardinero titulado y ducho en preparar, abonar, plantar, recortar, podar, regar, limpiar, arreglar, conservar y mil cosas más. El resultado salta a la vista: el césped verde y mullido, los setos recortados y verdes, el esplendor verde de los árboles, sobre todo el esplendoroso verdor del limonero, y los parterres de flores malvas y blancas, y los juegos de sombras del madroño, las grandes rocas simulando islas en el centro del pequeño y coqueto estanque, el camino de graba que serpentea entre la casa y la piscina… Todo armoniza y, sin embargo, el Teniente General solo atiende al paso lento del tiempo, al paso de cada segundo, les ve venir y les ve alejarse, vacíos y perezosos. Si al menos soplara la brisa y moviera las hojas de los árboles… Tanta quietud. Este silencio. Es posible que venga esta misma tarde. O tal vez lo haga mañana, o uno de estos días. ¿Y si no viniera nunca? ¿Y si fuera inmortal? Pero vendrá. Si hay algo seguro es que acabará viniendo.

La montaña y los pasos

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Pasos rápidos y pasos lentos.

Pasos leves y pasos fuertes.

Pasos decididos y pasos vacilantes.

Pasos gloriosos y pasos dolientes.

Pasos que temí dar y pasos que temí no dar jamás.

Pasos soñados.

Pasos perdidos.

Pasos equivocados.

Pasos extraordinarios.

Más de cien millones de pasos (millón arriba, millón abajo).

Todos innecesarios. Todos imprescindibles.

Esta entrada pertenece a una serie de textos que estoy agrupando bajo el titulo “Escenas de montaña”.