La montaña y su llamada

El valle se ve muy verde desde lo alto. Aunque luego, si te fijas un poco más, puedes distinguir las líneas pardas e irregulares de los muros que delimitaban las parcelas cuando estas tenían dueño, y las manchas oscuras de los árboles y de los espinos, y las fachadas semiderruidas de unos pocos caseríos dispersos que ya no logran sostener el peso de los tejados. Eso sí, para poder entrever el viejo sendero tienes que descender un poco más, justo hasta la altura de una gran piedra.

Hay tanto silencio, tanta quietud, que las piernas toman la iniciativa arrastradas por esa inercia difícil de descifrar. Poco después, casi sin darte cuenta, llegas hasta él y lo sigues. Y el sendero desaparece y al rato vuelve a aparecer, y así muchas veces, tantas, que el valle va quedando a tu espalda, con sus casas derruidas y sus muros derruidos, suspendido entre montañas. Sobre la cabeza: el vuelo supuestamente errático de los pájaros y unas nubes blancas y consistentes surcando los cielos.

Has llegado al pie de una vaguada que se despeña entre arbustos y matorrales. Ahora el camino se ha vuelto definitivamente imposible, aunque tal vez el lecho de aquel arroyo agostado…

Y de nuevo, desde lo profundo de esa espesura, escuchas la llamada. Y te hundes en su oscuridad, con el estómago repleto de mariposas y dando saltos como un potrillo que acabara de alcanzar la libertad.